El hombre es un constante luchador, un eterno buscador, un inconforme en todo aquello que tiene que ver con su conocimiento, con sus ideales, con su felicidad, con su vida.
Según la antropología filosófica, el hombre vive de aspiraciones: aspiración al conocimiento, aspiración a la felicidad, aspiración a la vida eterna. Los estudios han constatado cómo el hombre se sumerge en la búsqueda de la verdad consciente que al hallarla, ésta no se impone, sino que ella misma es atractiva por sí misma. Muchos han sido los sistemas filosóficos que en esta búsqueda han dado grandes aportes y grandes aciertos, sin embargo en medio de la fatiga y desencanto humano unos creyendo encontrar la verdad se alejan de la misma y otros alejándose la han encontrado. San Agustín encarna estos dos tipos de situaciones humanas.
En un primer momento buscándola se alejó de sí mismo, de la fuente, cayó en el error y el desencanto, pero fue así como descubre poco a poco, y de manera gradual, que ese deseo insaciable de conocimiento lo atraía hacia aquello que había rechazado llegando a tener ese contacto y relación con lo que buscaba partiendo desde sí mismo, hasta el punto que exclama: “¡Tarde te hallé, hermosura tan antigua y tan nueva! ¡Tarde te hallé!. Yo buscando lejos y tú cerca. Yo buscándote fuera y tu tan dentro de mí” y exclamará más adelante “Busquemos como buscan los que están encontrando y encontremos como encuentran los que aún han de buscar, porque escrito está que el hombre que ha terminado no ha hecho sino comenzar”.
El hombre aspira también a la felicidad y la mayor parte de su vida la busca fuera de sí, la busca en las cosas terrenas, en las cosas vanas y pasajeras. Sin embargo, son grandes y abundantes los testimonios de tantos hombres y mujeres que han encontrado la felicidad en el servicio a los demás, que han ido descubriendo que la grandeza de la vida está en el servicio y que “quien no vive para servir no sirve para vivir”, al igual que “sólo merece vivir quien por un noble ideal está dispuesto a morir”.
Nuestra existencia lo constata. Muchas vidas gastadas en el sin-sentido asumiendo actitudes y políticas que van en contra del mismo hombre, pero muchas otras desgastadas poco a poco en aquello que le da sentido a su existencia, donde se corrobora lo que dijese Pablo VI con respecto al hombre que construye el mundo con Dios, siempre en bien del mismo hombre: “Ciertamente el hombre puede construir el mundo sin Dios. Pero si construye el mundo a espaldas de Dios, construye un mundo en contra del hombre”. Son muchos los que abrazando la cruz de Cristo están dispuestos a dejarse crucificar por la verdad que anuncian, por la verdad que salva, por la verdad que libera. Son muchos los que dejándose guiar por los sentimientos que inspira la cruz de Jesús han construido grandes imperios, liderado grandes empresas y cambios en la vida y en la historia. Pero son muchos también los que olvidan que ese mismo Cristo crucificado, no se quedó allí, sino que por el contrario ha resucitado y que por lo tanto nuestra vida tiene que ser una verdadera superación de lo que aparentemente es un fracaso para dar el paso último y definitivo hacia la libertad plena, porque donde termina la obra de los hombres comienza la obra de Dios.
Seguramente como a los discípulos de Emaús, puede suceder que nos quedamos con el Cristo de la Cruz y no damos paso al Cristo de la Luz, a aquél manifestado a los peregrinos en aquella aldea, a aquél manifestado a los discípulos reunidos en Pentecostés, a aquél que nos ha mostrado que la muerte no tiene la última palabra ya que él la ha vencido con su resurrección.
Ese Cristo resucitado, Luz del mundo, aquél que pendió de la Cruz se ha convertido para todos los hombres en la máxima de sus aspiraciones. Si el hombre aspira a conocer logra descubrir que sólo entrando en ese diálogo profundo, íntimo y sincero con Jesucristo puede acceder a la verdad como el mismo lo dijo: “Tu palabra es verdad. Santifícalos en la verdad… que te conozcan a ti y a tu enviado Jesucristo” y “La voluntad de Dios es que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”.
El hombre que aspira a la felicidad y acepta a Cristo en su vida es consciente que “Él no quita nada, él lo da todo” logrará descubrir que “hay más alegría en dar que en recibir porque Dios ama al que da con alegría” y que nuestra existencia nos ha sido dada para ser felices sin desconocer la realidad del otro, la realidad de mi prójimo, la dimensión de la alteridad donde nuestra vida es proyectada y felizmente vivenciada, como el mismo Jesús lo anunció en su sermón de la montaña ofreciendo y llamando felices, dichosos, bienaventurados a todos aquellos perseguidos, con hambre y sed de justicia, que trabajan por la paz porque serán herederos de la tierra prometida y serán llamados Hijos de Dios.
El hombre que aspira a la vida eterna ha de ser consciente que aceptando a Cristo en su vida manifestado a los hombres como “la vida en abundancia” aquél que se ofreció a sí mismo como “el pan de vida” y como “el agua de vida eterna” logrará tener vida abundante en Cristo y desde allí logrará proyectar su ser y su existir. El hombre, que ha sido definido como “una especie en decadencia” puesto que desde que surgió en el mundo está destruyéndose, es un hombre “enfermo por el pecado”, es un verdadero misterio, un verdadero enigma, es una “caña cascada por el viento” que unas veces se define como lo máximo, pero otras veces lo vemos arrastrado por el suelo como la más vil de las criaturas.
A lo largo de la historia del cristianismo, ha tenido constatación lo expresado por el Concilio Vaticano II que “el hombre es el camino de la Iglesia” pero éste, es un hombre concreto con rostros sufrientes que nos interpelan, rostros que con el paso del tiempo siguen siendo el grito vivo de Cristo desde la cruz, con nuevas perspectivas, con nuevos sufrimientos. Pero “el sufrimiento es un aspecto de la vida que no puede erradicarse, como no pueden apartarse el destino o la muerte. Sin todos ellos la vida no es completa”como lo afirma uno de los estudiosos del hombre contemporáneo que vivió en carne propia el desprecio, el insulto, la lucha por el sentido de la vida en medio del desprecio y la tortura del dominio nazi y los campos de concentración. En medio de esa “situación límite”, como es definida la situación angustiante del hombre en la que tiene que luchar por encontrarle un sentido a su vida, es cuando el hombre se descubre lanzado y con la responsabilidad de vivir con intensidad puesto que “cuando uno se enfrenta con una situación inevitable… siempre que uno tiene que enfrentarse a un destino que es imposible cambiar, precisamente se le presenta la oportunidad de realizar el valor supremo, de cumplir el sentido más profundo, cual es el del sufrimiento. Porque lo que más importa de todo es la actitud que tomemos hacia el sufrimiento, nuestra actitud al cargar con ese sufrimiento. El sufrimiento deja de ser en cierto modo sufrimiento en el momento en que encuentra sentido, como puede serlo el sacrificio” ya que el interés principal del hombre es encontrarle un sentido a la vida, razón por la cual está dispuesto incluso a sufrir a condición de que ese sufrimiento tenga un sentido.
“El ser humano no es una cosa más entre otras cosas; las cosas se determinan unas a otras; pero el hombre, en última instancia, es su propio determinante. Nuestra generación es realista, pues hemos llegado a saber lo que realmente es el hombre. Después de todo, es ese ser que ha inventado las cámaras de gas de Auschwitz, pero también es el ser que ha entrado en esas cámaras con la cabeza erguida y el Padrenuestro o el Shema Israel en sus labios” musitando con fe y esperanza una oración.
“Hemos sido salvados en la esperanza”, nos recuerda el Apóstol Pablo en unas de sus cartas, y es esta esperanza la que nos mantiene siempre con el anhelo de caminar hacia el final deseosos de transformar el mundo y ayudar a menguar en parte el dolor y el sufrimiento humano. El cristiano sabe que es necesario pasar de la cruz a la luz, pero es consciente además que el sufrimiento es necesario, que es purificador y en la medida que se asocie al dolor de Cristo en la cruz se convierte en un sufrimiento redentor por amor, ya que “el amor es la meta última y más alta a que puede aspirar el hombre. Este es el significado del mayor de los secretos que la poesía, el pensamiento y el credo humano intentan comunicar: la salvación del hombre está en el amor y a través del amor… El hombre desposeído de todo en este mundo, todavía puede conocer la felicidad… El amor trasciende la persona física del ser amado y encuentra su significado más profundo en su propio espíritu, en su yo íntimo ya “que el amor es más fuerte que la muerte” .
Con frecuencia el hombre de fe le encuentra un verdadero sentido a su existencia, pero sucede que cuando se pierde el punto de referencia en nuestra vida caemos en el error y en la confusión. Cuando nos quedamos simplemente con el espectáculo exterior se nos olvida la grandeza y magnitud, los alcances de nuestras acciones y valor interior al igual que su poder transformante. La iglesia ha ido viviendo en la historia un proceso de maduración comprendiendo cada vez más que es necesario pasar por la cruz para llegar a la alegría de la luz; que es necesario pasar por el dolor para vivir plenamente el amor, que es necesario pasar por el “escándalo de la cruz” para llegar a la gloria de la Resurrección.
Al perderse el punto de referencia nos desviamos de lo que buscamos y corremos el riesgo de buscarnos a nosotros mismos. El cristiano corre el riesgo de quedarse con los dones del Señor y olvidarse del Señor de los dones. Un filósofo existencialista haciendo un comentario al acontecimiento en Jerusalén cuando Pedro y Juan suben al templo y se encuentran con un paralítico que les pide limosna y en Nombre de Jesús lo sanan escribía: Pedro dice al paralítico “no tenemos oro ni plata, pero lo que tenemos te damos: en Nombre de Jesús levántate y anda”, pero hoy la iglesia tiene que decir: “Tenemos oro y tenemos plata, pero no tenemos nada que dar”. No podemos perder de vista de donde somos, de donde venimos y hacia dónde aspiramos llegar. Es necesario volver a las fuentes donde encontramos la razón de ser de nuestra vida y de nuestros ideales.
Pasar de la Cruz a la Luz exige un verdadero proceso de conversión en los diferentes ámbitos de nuestra vida. Exige que vivamos la alegría pascual sin olvidar el sufrimiento de la cruz, pues “a la luz de la cruz el dolor se transforma en esperanza, fe y amor”. Es necesario que estemos dispuestos a ser instrumentos de salvación y no sentirnos los salvadores o la salvación misma. Es necesario que vivamos la espiritualidad del Bautista “que él crezca y nosotros disminuyamos”. Hoy más que nunca nuestra iglesia y nuestra patria necesita pasar de la cruz a la luz, pero sobre todo vivir en la luz desde la cruz, para no olvidar que ha sido concebida y ganada “a precio de la cruz de Cristo” y que exige de cada uno de nosotros un verdadero compromiso.
P. Fabio López Mejía
Abril 3 de 2008