P. Fabio López Mejía
El hombre contemporáneo le da un nuevo sentido al universo, por ser un “microcosmos” dentro del “macrocosmos” y asumiendo el mundo por medio del conocimiento, por su ser espiritual viene a instaurar una radical novedad, su interioridad es la de la riqueza única de la persona. El espíritu es capaz de “saber que sabe”, de tomar perspectiva en relación al mundo y a su propia situación en él.
El mensaje cristiano realza la misión del hombre porque el cristianismo es humanismo por excelencia, ya que tiene un mensaje liberador de un Dios que se hace hombre para redimir a la misma humanidad. El hombre está llamado a prolongar la obra creadora de Dios, está llamado pues, a dar a este movimiento (glorificación de Dios) toda su plenitud, por el hecho de que puede hacerlo con la lucidez de su pensamiento y el amor de su voluntad libre.
“La vocación del cristianismo no es una invitación de Dios a la sola contemplación estética de su orden admirable, sino la llamada obligatoria a una acción incesante, rigurosa y dirigida en todos sentidos hacia todos los aspectos de la vida”. El hombre ha de poner en práctica siempre el binomio oración-acción, que le ha de comprometer con el hermano que sufre reconociendo el rostro de Cristo en el rostro de tantos niños abandonados, jóvenes drogadictos, campesinos abandonados, maltratados o masacrados, hombres y mujeres que venden su cuerpo como único medio de subsistir y tantos otros tipos de violencia que se le presentan hoy más que nunca al hombre contemporáneo y de manera especial al hombre latinoamericano.
En la historia de la filosofía son muy conocidos los llamados “profetas de la sospecha”, así llamados porque le movieron el puso a la iglesia con sus afirmaciones. Ludwig Feuerbach, quien dice que “Dios fue creado a imagen y semejanza del hombre, no el hombre a imagen y semejanza de Dios”, considerando a Dios simplemente como una forma infantil del hombre proyectar su grandeza; Karl Marx, con su afirmación “La religión es el opio del pueblo”, es decir, una droga, un dopante que adormece al pueblo para que sufra con paciencia esperando un más allá que no existe y que lleva al hombre a no luchar por la transformación del más acá que es lo único existente y aceptable para el materialismo; Friedrich Nietzsche, quien se atrevió a afirmar categóricamente: “Dios ha muerto”, según él, Dios es enemigo del hombre porque mientras se le ha rendido culto, el hombre ha permanecido en una condición infrahumana y viviendo una moral de esclavos seducido por los principios del dios Apolo en contraposición con el verdadero ideal del hombre regido por los principio éticos del dios Dionisio del placer, el goce y lo pasajero que han de identificar y encarnar el ideal de vida del superhombre; Sigmund Freud, quien afirmó que en toda forma de religiosidad está latente el egoísmo y la sexualidad. El miedo forja a los dioses; porque tenemos miedo buscamos apoyo y consuelo. La religión para Freud no es más que el deseo infantil de un padre que nos proteja; porque todo hombre ve que para llegar a ser adulto necesita liberarse de su propio padre, que lo mantiene en una situación de infantilismo y dependencia. El hombre entonces, tiene que dar muerte a su Padre y de ahí el complejo de Edipo.
Los cristianos frente a estos postulados materialistas que son un alarma para la iglesia, deben despertar, deben asumir posición y tomar conciencia que Jesucristo, el hombre para los otros hombres, revela la imagen de Dios como un ser para los demás y fundamenta el sentido de la verdadera religiosidad, que es vivir para los demás y así lograr una verdadera dinámica de la fe en Dios.
“La pretensión humana de afirmar la divina realidad, de conocerle y denominarla, parece condenada a sucumbir en diversas tentaciones: antropomorfismo idolátrico o fuga en la irracionalidad, racionalismo intelectualista o voluntarismo fideísta, tiranismo ilusorio o capitulación supersticiosa”; éstos son una serie de retos que la iglesia tiene que asumir y revisar al interior de sus estructuras para conocer las posibles fallas y causas que no permitan que ésta llene el gran vacío que hay en los hombres; es así como surge el Concilio Vaticano II, como respuesta a los muchos interrogantes planteados por el hombre hasta el punto que llega a la comprensión del principio básico de la antropología conciliar, desarrollada sobre todo en la primera parte de la constitución pastoral: “el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo Encarnado”.
“Ante el desafío moderno de la incredulidad y el ateísmo, la doctrina tradicional del magisterio eclesial en relación a la afirmación de Dios, debe afrontar sobre todo la cuestión de la superación del Nihilismo y Materialismo, de la incredulidad e indiferencia religiosa, anatematizando el ateísmo teorético y toda negación del monoteísmo cristiano. El magisterio eclesial supone siempre una noción de Dios como absoluto misterio, trascendente y personal, incomprensible e inefable, tanto en su realidad, cuanto en su autocomunicación salvífica. El Concilio Vaticano II ha afirmado no sólo la posibilidad real del conocimiento natural de Dios, además constata la realidad del conocimiento religioso y la positividad de la experiencia de lo sagrado, como búsqueda constante de lo divino que encontrará sus formas más significativas en las grandes religiones históricas”.
Los problemas del mundo contemporáneo que la iglesia quiere iluminar son problemas del hombre. Sólo desde la antropología, tiene sentido abordarlos, ya que de la visión que se tenga del hombre dependerá la solución que se les dé. El hombre en todas sus dimensiones personales y sociales, es el que Dios quiere salvar y son precisamente las alegrías y las esperanzas, las angustias y las tristezas de nuestro tiempo las que la iglesia comparte. “Esta solidaridad con los hombres no se ve desde fuera, porque la iglesia y los cristianos forman parte del mundo, viven las mismas circunstancias y situaciones de los demás hombres, comparten las dichas y desdichas de toda la humanidad”.
Como vemos, el hombre de nuestro tiempo juega un papel muy importante para el cristianismo, ya que la pérdida de su conciencia de trascendencia, condena al hombre a permanecer como problema no resuelto; es de vital importancia reconocer que “todos los caminos de la iglesia conducen al hombre”, puesto que éste hombre es el camino fundamental y primero que la Iglesia debe recorrer puesto que fue trazado por Cristo mismo, a través del misterio de la Encarnación y la Redención.
La iglesia por tanto, debe ser consciente de todo lo que es contrario al proceso de humanización y debe considerar siempre como su misión, la lucha por la dignidad de la persona humana, para tratar de iluminarlo en todos los momentos difíciles y especialmente en la situación de miedo en que se encuentra sumido el hombre contemporáneo debido al desarrollo de todas sus potencialidades que pueden ser convertidas, como se ha hecho y la historia lo ha demostrado, en una poderosa arma de autodestrucción.
En conclusión, podríamos decir que en la contemporaneidad se ve superada la problemática moderna acerca de la razón excesiva que había sacado de un primer plano a Dios de la existencia del hombre. El gran salto que da la contemporaneidad es concebir nuevamente a Dios desde una reflexión personal, rescatando así el significado del hombre como individuo, como persona y enfatizando nuevamente con mayor fuerza que “el problema de Dios es el problema del hombre” y como tal, si se quiere dar solución a los muchos interrogantes y problemas del hombre, necesariamente se tiene que volver a Dios, pero eso sí, teniendo en cuenta la posición de los ateos, para poder fundamentar una religión como la cristiana que parta de los problemas mismos del hombre y que pueda por lo tanto llenar el vacío existencial del hombre en todos los tiempos y en nuestro tiempo más que nunca.
Tarea difícil es la que le espera al cristianismo hoy, una labor de concienciación de todos los hombres y reconociendo siempre en el hombre el rostro vivo de Dios, para continuar diciendo junto con el Gran Papa Juan Pablo II: “El camino del hombre es el camino de la iglesia”, “es el camino de Dios, a través de su Hijo Jesucristo”.