P. Fabio López Mejía
Hablar del hombre en la Sagrada Escritura es algo valioso pero complejo. Es valioso en cuanto que toda la Sagrada Escritura es Historia de salvación y como tal está dirigida al hombre, la más perfecta de las criaturas; es complejo puesto que el hombre siempre es un gran interrogante, o como lo diría Sófocles: “Muchos son los misterios pero el mayor enigma es el hombre”.
Para asumir nuestra reflexión tenemos que partir ante todo del concepto cristiano de el “hombre, ser creado a imagen y semejanza de Dios”. Es un hombre con una dignidad, con un valor único e irrepetible que le viene de ser creado a imagen de Dios, pero es un hombre envuelto a la vez en un profundo deseo de conocer, de buscarle sentido a su propia existencia, de progresar en la ciencia, en la sabiduría que como tal le viene de Dios. Es precisamente el tema del Qohelet. El predicador, asume la vocería de la asamblea, del hombre que se ubica frente a la vida y logra experimentar el vacío y la impotencia del mismo, frente a la muerte, como un destino igual para todos: sabios y necios, justos e impíos, buenos y malos, y aún más, hombres y animales, “a todos les llega su tiempo de morir”. Sólo le queda al hombre “abandonarse en las manos de Dios”, “que ha hecho todas las cosas apropiadas a su tiempo”.
El Predicador, hace todo un recorrido a lo largo de la vida humana, y como buen sabio, sacando enseñanzas de cada momento, de cada situación que vive el hombre, dice que todo cuánto éste hace es “vanidad de vanidades” y que en últimas, “Dios hizo sencillo al hombre, pero él se complicó con muchas razones”, volviéndose individualista, egoísta, ambicioso, queriendo construir su propio mundo a espaldas de Dios y como diría Pablo VI, “construyendo el mundo en contra del mismo hombre”.
Para el hombre de fe, el hombre de la Biblia, no se puede entender alejado de la comunidad, sólo y alejado de Dios ya que Dios mismo es “comunidad”. Es por eso que cuanto se tiene y se posee, viene de Dios y su suerte está encomendada a él, que siempre es justo. De ahí entonces, en palabras de Pablo VI “construir el mundo a espaldas de Dios, es construir su propia autodestrucción”.
Si nos detenemos en el Qohelet, nos da la impresión de ser un hombre totalmente pesimista y sin ninguna esperanza, paradójicamente, la única esperanza que le queda es la muerte y ésta como un dejar de existir ya que no se tenía desarrollado aún el concepto de la retribución post mortem.
Hasta aquí, podríamos decir que, esta es la visión del hombre ateo, del hombre que cifra sus razones y esperanzas de existir en lo pasajero, que no quiere aceptar o mejor que rechaza la existencia de “Alguien” que puede llenarle plenamente y hacerle encontrar un sentido a su vida. Es la “visión errada e inadecuada” del hombre que denuncia la iglesia Latinoamericana en la III Conferencia General del Episcopado en Puebla.
Una visión determinista, donde el hombre no es dueño de sí mismo, sino víctima de fuerzas ocultas; una visión psicologista, donde la persona humana se ve reducida, en última instancia a su psiquismo y siempre víctima del instinto fundamental erótico o como un simple mecanismo de respuesta a estímulos, siempre carente de libertad; una visión economicista, con sus tres manifestaciones: consumista, el liberalismo económico y el marxismo clásico, que buscan poner al hombre como un simple objeto de consumo y por lo tanto manipulable y al servicio del estado y del dinero, teniendo como meta de la existencia humana, el desarrollo de las fuerzas materiales de producción, desconociendo los derechos del hombre y reduciendo el ser humano a estructuras exteriores; una visión estatista, donde se pone al individuo al servicio de la guerra, limitando las libertades individuales y presentando al estado como un absoluto sobre las personas; una visión cientista, cuya vocación es la conquista del universo y que sólo reconoce como verdad lo demostrable por la ciencia, justificando todo por ella y convirtiéndose es una afrenta de la dignidad humana.
Pero la Iglesia, como Madre y Maestra, cumpliendo con su misión profética y como heraldo del Evangelio, no se contenta sólo con denunciar esta situación angustiante del “Qohelet latinoamericano”, sino que además busca dar algunas soluciones a este problema que se desencadena en la angustia humana y en el “sin-sentido de la existencia”. Propone entonces como punto de reflexión, el misterio de Cristo, en el cual, Dios baja hasta el abismo del ser humano para restaurar desde dentro su dignidad. En otras palabras, siguiendo al Concilio Vaticano II, “el misterio del hombre sólo se esclarece a la luz del misterio redentor de Cristo”.
El hombre del Qohelet, no es otro que la Iglesia, bajo un doble aspecto: como el hombre que se cuestiona ante la muerte y como el hombre que enseña la doctrina al pueblo, que le muestra el verdadero camino al hombre, ya que el “hombre es el camino de la Iglesia”, camino que debemos recorrer siempre guiados por el Espíritu Santo.