Al analizar detalladamente la sociedad, sus comportamientos y modos de vivir, podríamos afirmar que el hombre ha tenido grandes avances, pero en detalladas cuentas va retrocediendo y perdiendo sus fines iniciales a los que debería estar impulsado.
Al hombre como “ser superior” del universo, le corresponde -y es de su competencia- el transformarlo y velar por el mismo, a fin de hacer de este mundo algo agradable y maravilloso en el que la vida sea más digna y justa para todos, sin importar fines u objetivos diferentes a ella.
El mundo está conformado por gran variedad de “seres” que hacen de él una realidad armónica donde se resalta al hombre como “ser” superior y señor del universo gracias a su capacidad de razonar y su inteligencia. Por lo tanto, es al hombre a quien le corresponde velar por el orden del mundo y de sí mismo; pero, si somos críticos y detallistas, sin ser tildados de pesimistas, podríamos afirmar que el hombre, el “ser” más perfecto de la naturaleza, es a la vez el más “imperfecto”, y esto porque ha olvidado sus fuentes y sus fines, pues ¿cómo decir que el hombre es el ser más perfecto sobre la naturaleza y el ser más inteligente cuando destruye su propia vida y la de los demás, cuando con sus inventos desarmoniza el universo?.
Es cierto que la ciencia y la técnica prestan gran utilidad y engrandece al hombre, pero a veces lo “cosifica” y lo destruye. Hoy no podríamos hablar de un humanismo como se hablaba en el renacimiento, período de la historia de la Filosofía en el que se ensalzaba y resaltaba el valor del hombre, hasta encumbrarlo por encima del mismo hombre y equipararlo incluso con Dios o un ser superior. Hoy el hombre es un simple objeto que es valorado sólo por la función que presta. Es una máquina, o un simple comando con una función específica al que se utiliza y manipula según los caprichos e intereses humanos. Por eso se siente más tristeza cuando se nos daña una computadora, un equipo, un televisor, o una máquina cualquiera, que al morir un ser humano y más cuando éste es asesinado y hasta masacrado vilmente.
Basta simplemente con ver cómo en muchas empresas o fábricas se despiden diez, quince o más trabajadores y son reemplazados por una máquina. Hoy lo que interesa son los fines y no los medios que se utilicen. Aquí cobra sentido la expresión de Maquiavelo tan mal interpretada: “El fin justifica los medios” porque para alcanzar una meta o un fin, se utiliza al otro como un peldaño en el cual se apoyan para escalar y una vez conseguido el objetivo, si éste es “impedimento” para la felicidad del mismo hombre, sencillamente es sacado del camino, desaparecido o aniquilado.
Ya es hora de hacer un “pare” en el camino. Mirar hacia delante para lanzarse y construir al hombre nuevo. Pero también es necesario mirar hacia atrás para rescatar todos esos valores que hemos perdido, romper con todo lo que no tenga importancia y seguir con lo que sea útil para la humanidad y así poder construir el mundo que tantos hombres y mujeres han soñado y continuamos soñando.