José Reinel Rendón
Exalumno de Filosofía
Una de las mayores debilidades de nuestra Iglesia en el mundo moderno, es su atraso con respecto de los avances registrados en otras esferas de la realidad, esto unido a la falta de comprensión real que tenemos frente a los fundamentos de nuestra fe: confundimos la doctrina, no conocemos los mandamientos ni los sacramentos, no conocemos lo que creemos; practicamos algunos ritos o actos de piedad pero en el fondo la seguridad catequética es una de las dificultades. Necesitamos nuevos aires, nuevos vientos, una nueva luz, un nuevo despertar, un renacimiento en la evangelización.
La historia de la humanidad siempre ha estado caracterizada, no por el estancamiento, sino por su desarrollo y por su avance, por su evolución en todos los campos; es precisamente el principio filosófico de Heráclito, en su teoría del devenir: “todo cambia, todo fluye, todo renace, nada permanece estable”.
Ahora bien, la historia del hombre en los momentos actuales tiene sus propias particularidades: una de ellas es la búsqueda con ansia de Dios. Busca a Dios por muchos caminos, lo quiere tener cerca, busca una experiencia de Dios; pero paradójicamente cuando el hombre contemporáneo busca a Dios, lo hace por caminos totalmente equivocados, pues no conocemos aún el verdadero camino, el verdadero sendero que conduce al Padre, Jesucristo.
De esto se sigue que cuando la sed es demasiado desesperante y agotadora, tratamos de saciarla en la primera fuente de agua que veamos ante nuestros ojos, en el primer oasis que encontremos. Así le ocurre nuestra humanidad, se adhiere a cualquier corriente “religiosa”, la “Nueva Era” por ejemplo, sin discernir sobre ella, sin lanzar su propio criterio, y como no tienen bases o fundamentos sólidos sobre su fe, dicen haber encontrado la verdad.
La Nueva Era designa para muchos, la esperanza en un mundo totalmente diferente, un renacimiento en el ámbito de lo religioso, cósmico, político, científico, cultural, personal y de relaciones interpersonales, de tal manera que entremos todos en una época de armonía, felicidad y abundancia que llenaría totalmente las aspiraciones del hombre.
Esto es lo único bueno que se puede rescatar de dicha corriente pseudorreligiosa, que frente a una realidad de violencia, desasosiego, intranquilidad, incomprensión, intolerancia, desunión de los hogares, y muchas otras calamidades que sufre nuestra sociedad, no ve un futuro incierto, sino todo lo contrario, lleno de paz, armonía y tranquilidad. Lástima que las directrices a seguir no son las mas adecuadas, pero es un hecho que la “Nueva Era” es un renacimiento:
Se pretende pasar de la verdad fundada en la fe y en la razón, a la verdad de carácter metafísico (esoterismo, espiritismo, magia, hechicería); de la religión institucionalizada, a una donde cada cual construye la propia; de verdades absolutas, configuradas y demostrables a verdades de tipo individual, es decir, todos tienen su propia verdad, cualquiera puede decir que es verdad la idea mas absurda que se le ocurra; de un Dios que es uno, a otro de carácter panteísta, etc.
Ahora la pregunta que fluye de estas ideas expuestas no puede ser otra. Nosotros como Iglesia Evangelizadora, frente a las ideas renacentistas del mundo y en especial las ideas de la “Nueva Era”, ¿Cuál es nuestro propio Renacimiento? ¿Cuál es la Nueva Era de la Iglesia? ¿Que estamos haciendo usted y yo frente a esta realidad? ¿Se justifica o no un Renacimiento?.
Esto implica para el Cristiano un reto: Tenemos que comprometernos a buscar con mayor certeza el fundamento de nuestra fe. No podemos exponer nuestra fe al peligro de ser ofendida o cambiada por ideas vagas, que no tienen sentido ni fundamento alguno. Necesitamos en la Iglesia una catequesis bien organizada, que nazca desde la familia, que los padres vallan enseñando a los niños desde pequeños las ideas fundamentales en las que se sustenta nuestra fe.
Nosotros, desde el Seminario, debemos comprometernos verdaderamente con la Iglesia para dar razón de nuestra fe, y poder calmar la sed de Dios que tiene la humanidad, y ante todo caminar a la par del mundo y adaptar el Evangelio a las diferentes épocas y circunstancia del hombre. No podemos quedarnos anquilosados dejando espacio a que el mundo contemporáneo arraigue mas sus postulados.
Por eso con toda certeza podemos decir que:
Es renacimiento cuando me preocupo por la Iglesia.
Es renacimiento cuando abro el corazón a la acción del Espíritu Santo para cambiar aquello que desdice de mi condición de Cristiano.
Es Renacimiento cuando dejo fluir de mi mente iniciativas para hacer una comunidad mas agradable.
Es Renacimiento cuando nos interesamos por los temas de la actualidad.
Es renacimiento cuando nos sentimos jóvenes y consideramos la posibilidad de realizar nuestros sueños.
LA IGLESIA NECESITA UN RENACIMIENTO, Y DEBE EMPEZAR CON EL COMPROMISO DE CADA UNO DE NOSOTROS.