P. Fabio López Mejía
El hombre contemporáneo, tan acostumbrado a racionalizar cuanto se le presente, incluyendo la fe misma, se siente cada vez más atraído por las manifestaciones que implican cierto grado de misterio o aproximación a lo desconocido. “No es raro que muchos cristianos consideren hoy día como caducada la noción de milagro y que, inversamente, otros se muestren ávidos de falsas maravillas”. Son muchos los que so pretexto de evadir las responsabilidades ante el mundo, desean “utilizar-manipular”, o al menos así lo pretenden, el poder de Dios y las necesidades de las gentes para generar cierto grado de admiración manifestado en la repercusión de su mensaje, posición e influencia en la sociedad y creando a la vez un gran caos y confusión.
El milagro es un hecho extraordinario que, al carecer de explicación científica o racional, se considera una manifestación del poder de la divinidad. Las Sagradas Escrituras consideran milagrosas las curaciones, los fenómenos sobrenaturales, los estigmas o las apariciones de los seres especiales, como los ángeles. Por lo general, los milagros tienen un carácter positivo o benéfico y reciben también el nombre de portento, maravilla, prodigio, señal u obra poderosa. En los milagros se revela de forma especial la voluntad, la gloria o el poder divinos… por eso los milagros se veían también como signos que debían ser interpretados.
Cuando nos detenemos a contemplar la Sagrada Escritura, notamos que en ella, el pueblo de Israel, el pueblo de Yahvé, el pueblo que el Señor se escogió como heredad, un pueblo de una fe viva, que profesa su fe cada que recuerda la historia y el recuerdo de su historia es una verdadera profesión de fe, ve en todo la mano de Dios que manifiesta a los suyos su poder y su amor, hasta el punto que el milagro es utilizado como un medio, un recurso literario dentro de la pedagogía divina que busca afianzar y acrecentar la fe de los destinatarios de ayer y de hoy que somos todos los creyentes.
En los Evangelios, todos los milagros exigen como condición previa el hecho de que el afectado tuviera fe en Dios, en el poder de Jesucristo y creyera, al mismo tiempo, que el propio Jesús era el Hijo del Hombre que venía a redimir al mundo. En este sentido se sostiene que donde el Mesías no hallaba fe no podía curar (Mc.6,5), pues faltaba una condición indispensable para su obra.
“Los milagros de Jesús son signos ciertos de la revelación, adaptados a la inteligencia de todos”. Jesús acompaña sus palabras con milagros, prodigios y signos que manifiestan que el Reino está presente en Él. Los milagros de Jesús impresionan a las muchedumbres más que su Palabra, porque ellos son portadores de liberación, hasta el punto que la gente admirada exclamaba “ya no creemos por lo que nos dices, sino porque lo hemos visto con nuestros propios ojos” (Jn. 4, 42).
Los milagros de Cristo y las obras de los discípulos cuando brillan con la justicia nueva del Evangelio, tienen la misma capacidad de publicitar a Dios y atraerle gente (1 Pd.2, 12), hasta el punto que por mandato del mismo Cristo, la Iglesia, sus discípulos y continuadores del plan divino “podrían hacer milagros aún mayores”. Pero, los milagros no están dados a todos, son un don de Dios (1 Cor.12, 29-30), es Dios mismo quien va asociando a su Plan a muchos hombres y mujeres contemplativos que llenos de fe se dejan tocar por la acción del Espíritu Santo para que puedan irradiar, traslucir el amor de Dios manifestado en nuestros corazones (Rom.5,5), a través de muchas obras, signos y prodigios, que de manera extraordinaria –dentro del plan salvífico- se obran en el Nombre de Jesús, con el Poder del Espíritu Santo y para la Gloria del Padre.
A modo de conclusión, podemos decir que, el milagro se hace en respuesta a la fe. Hoy los milagros los percibe el que sabiendo que “nada es imposible para Dios” (Gn.18, 14 = Lc. 1, 37), se abre a los requerimientos de la fe y del amor, cuando el contexto religioso del hecho indica que Dios “ha hecho señas”, es decir que Dios se ha manifestado, que Dios “ha visto la opresión de su pueblo y decide bajar a liberarlo” (Ex. 3, 7-8). “Todo el mundo sabe que Dios no escucha a los pecadores; pero si un hombre es religioso y hace su voluntad, a ése lo escucha… si éste no viniera de parte de Dios no podría hacer nada de eso” (Jn.9,31-33). Los milagros de los santos son señales de su consentimiento perpetuo a la voluntad de Dios; Dios escucha a sus amigos y les comunica su gloria. Es Dios quien tiene el poder para hacer los milagros; el papel que desempeñan los santos es sólo de intercesión.
Cuando el Sacerdote confecciona, celebra el Sacramento de la Eucaristía, también él es un instrumento de salvación de Dios mediante el cual, Cristo mismo se nos ofrece como comida, el mismo Cristo se nos presenta como Sacerdote, Víctima y Altar. El sacerdote, configurado con Cristo, el sacerdote que obra “en la persona de Cristo” (“in persona Christi”), el sacerdote que es “otro Cristo” (“Alther Christus”) o como dicen algunos “el mismo Cristo” (“ipso Christo”), en el ejercicio de su ministerio debe transparentar siempre el amor de Dios hasta el punto de ser un verdadero canal, un medio eficaz para transmitir la Gracia de Dios a sí mismo y a los demás hermanos que Dios le ha confiado en su misión. El Sacerdote ha de tener siempre presente que “el sacramento opera, actúa por sí mismo” (“ex opere operato”), sin importar la santidad del ministro, aunque, si el ministro con sus convicciones, su fe, su estilo de vida y compromiso cristiano, respalda su ministerio, seguramente las obras por él realizadas serán más fructíferas. Cada uno ha de ser pues un verdadero milagro de amor para los demás viviendo a plenitud el milagro de la vida y de la fe; cada uno ha de ser testigo de las maravillas que Dios ha realizado y efectivamente realiza cada día y a cada instante manifestándonos su gloria y su amor.