Espiritualidad y carisma
Introducción
Cuando hablamos del tercer milenio corremos el riesgo de hablar de utopías o de decir tópicos. Las utopías, como sabemos, no tienen lugar; los tópicos, son lugares comunes.
Y sin embargo no podemos dejar de soñar la Iglesia del próximo milenio: cómo debería ser; especialmente: cómo la sueña Dios, si los sueños de Dios los podemos ver en la Escritura y en los signos de los tiempos.
Un Pastor de la Iglesia de nuestro tiempo, el Card. Carlo María Martini, nos ha dejado una hermosa página con el título «La Iglesia que yo sueño» para que seamos también nosotros sacerdotes, no sólo soñadores sino capaces de realizar este sueño de Dios, a través de nuestro ministerio sacerdotal.
« Al final del milenio, decía del Cardenal, dejadnos soñar...
Una Iglesia totalmente sometida a la Palabra de Dios, alimentada y liberada por la Palabra.
Una Iglesia que pone la Eucaristía en el centro de su vida, contempla su Señor, y realiza todo lo que hace «en memoria de El», modelándose con su capacidad de don...
Una Iglesia que desea hablar al mundo de hoy, a la cultura, a las diversas civilizaciones, con la palabra sencilla del Evangelio.
Una Iglesia que habla más con los hechos que con las palabras: que no dice sino palabras que partan de los hechos y se apoyan en los hechos.
Una Iglesia atenta a los signos de la presencia del Espíritu allí donde se manifiestan...»
Son apenas algunas de las características de esa Iglesia. Otras las recordaremos a lo largo de estos días.
Y sin embargo, me ha parecido oportuno poner d ante de nosotros estos sueños, cuando estamos ya en el año 2000, para que nuestro tiempo sea el tiempo de Dios.
Y tengamos la audacia de soñar, ya que según la profecía de Joel (Cfr. He 2,17; Jl 3, 1-5), el Espíritu se derrama en la Iglesia para que hombres y mujeres del Espíritu tengan visiones y sueños: sueños y visiones de Dios. Como nos conviene a nosotros, sacerdotes, hombres del Espíritu.
Para que esto sea posible reavivemos en nosotros la llama del Espíritu Santo.
Reavivar el don de Dios recibido con la imposición de las manos
Leemos en la segunda Carta de San Pablo a Timoteo: «Te recomiendo que reavives el carisma de Dios que está en ti por la imposición de mis manos» (1,6).
Este texto bíblico puede ser un buen punto de partida para este momento espiritual que vivimos juntos como presbíteros, llamados y ungidos por el Espíritu Santo, con el deseo de renovar, a partir del don que hemos recibido, nuestra vida, con la certeza del amor de Dios que está en lo más profundo y en lo más personal de nuestro ser.
La palabra griega que Pablo usa en este texto es precisamente el verbo «anaxopirein», que significa avivar el fuego de una brasa, soplando para que desaparezca la ceniza y brote de nuevo la llama. Esta figura nos llena de esperanza. A veces nos encontramos con una brasa que parece muerta, pero basta un soplo y de nuevo la luz y el calor, la llama y el fuego, nos dicen que está ahí todavía, aunque mortecina, la fuerza viva del fuego.
Aunque nos parezca que la llama de nuestro sacerdocio está apagada, cubierta por las cenizas de la vida, hemos de tener esperanza. Es suficiente un soplo, esta vez también el soplo del Espíritu, para que se reavive la luz y la llama. Es el soplo de la oración intensa, de la caridad generosa, de la comunión sacerdotal, que puede de nuevo hacer de nuestro corazón un hogar sacerdotal de vida y de luz.
Por eso hemos querido ofrecer esta reflexión o esta meditación en la que queremos recordar que el sacerdote es un hombre pneumático, una persona plasmada por el Espíritu. Espíritu de la comunión y de la misión, Espíritu de santidad, invocado sobre nosotros y transmitido por Cristo el día de nuestra ordenación. Don del Señor Resucitado que se nos ha comunicado como aliento vital, símbolo de la interioridad y de la fuerza creadora del que es la nueva creación, como aparece en la pascua pentecostal del Evangelio de Juan (Cfr. Jn 20, 21-23).
Hablar del Espíritu en nosotros: dificultad y necesidad
No es fácil hablar del Espíritu Santo. Se dice que la palabra sobre el Espíritu es siempre aproximativa, simbólica. Hablamos de sus acciones, de sus dones, de sus símbolos. Pero no es fácil hablar de El. Está unido a nuestro espíritu, como dice Pablo ( Rm 8,18) y no parece que tenemos conciencia de su intimidad y de su distancia. Hablamos del Espíritu en esas otras personas en las que el Espíritu tiene una especie de «kénosis», de vaciamiento y de escondrijo. En Cristo, en María, en la Iglesia, en nosotros. A veces gime en nosotros, a veces nos pide nuestra total colaboración o sinergía.
Lo que está claro es que nosotros no podemos hacer nada sobrenatural, nada de lo que corresponde a nuestro ministerio, sin el Espíritu Santo. Y por eso es necesario tomar conciencia de su presencia en nosotros y de las buenas relaciones que hemos de tener con él, con el «bueno, vivificante y santísimo Espíritu», como lo llama la liturgia oriental.
Vida en Cristo, vida en el Espíritu
Por eso vamos a profundizar en nuestra relación con El, a partir de una convicción fundamental. La vida sacerdotal es una vida en Cristo y en el Espíritu. O si queremos, es una vida en Cristo con la energía vital del Espíritu Santo. Ese mismo Espíritu con el cual Cristo ha sido ungido y enviado en el mundo - he aquí su consagración y su misión - se nos transmite con el bautismo y la confirmación, y se nos comunica, de un modo especial, para configurarnos a Cristo con la gracia de la ordenación sacerdotal.
Pasa con nosotros algo así como lo que pasó con los discípulos. Los discípulos de Jesús se han convertido en apóstoles a partir de la Pascua y de Pentecostés. Sólo entonces, cuando han recibido, con el fuego del Espíritu, la fuerza y la configuración interior de apóstoles, han pasado de ser vasijas de barro tierno a vasijas de barro cocido. Formados por el Maestro, por su palabra y su ejemplo, han recibido el toque definitivo con la gracia del Espíritu.
Hasta aquel momento habían sido como empastados por Jesús. Pero ahora, con el aliento del Resucitado y el fuego del Espíritu, reciben la vida, la capacidad de actuar desde dentro, convencidos y fuertes, capaces de dar testimonio. Han recibido la fuerza para actuar en nombre de Cristo, predicar su palabra, obrar en su nombre los prodigios sacramentales y los milagros. La vida en Cristo se ha convertido en una realidad poderosa y fuerte sólo cuando han recibido el fuego del Espíritu, esa la llama que Cristo había querido derramar sobre nuestra tierra, la misma llama de esa hoguera de amor que es la Trinidad. Ahora eran ya discípulos y apóstoles.
Solamente a partir de ese momento han recibido como un sello interior; estaban seguros, convencidos por dentro, gracias al testimonio que el Espíritu daba a su espíritu. Y como el Espíritu da testimonio de Cristo; así ellos han podido dar testimonio del Maestro, Crucificado y Resucitado, con las palabras de su boca; y han proferido palabras de verdad que jamás hubiesen podido decir con sus propias fuerzas. Y con las obras, haciendo prodigios.
El Espíritu que plasma nuestra humanidad en el misterio y en el ministerio
Es importante para nosotros sacerdotes, reflexionar acerca de la presencia y de la acción del Espíritu en nuestra vida y ministerio. La ordenación sacerdotal es también como un Pentecostés del Espíritu, una efusión del Paráclito que nos plasma en nuestra humanidad y en la de Cristo, para capacitarnos y poder hacer esas obras divinas que sólo El puede hacer: predicar la palabra con fruto, santificar y perdonar, orar por nuestra gente, dar la vida por ella en nuestro ministerio. Nuestra vida y nuestra acción tienen que tener el sentido de una sinergía, de una acción conjunta con el Espíritu Santo.
Como para Jesús, también para nosotros el Espíritu es el resorte secreto de nuestra acción sacerdotal y de nuestro gozo ministerial. Por eso tratamos de soplar en la brasa, tal vez mortecina de nuestra identidad sacerdotal, para avivar la llama. Y nos preguntamos: ¿Conocemos al Espíritu? ¿Lo sentimos cercano, lo invocamos, lo percibimos dentro de nosotros, actuando con nosotros, y nosotros con El? ¿Es de veras nuestro defensor, y nuestro abogado, el que nos consuela y habla por nosotros, el que nos defiende ante el Padre y ante los hombres? ¿Es de veras el alma de nuestra oración y la fortaleza de nuestras opciones apostólicas por el Reino?
Reflexionemos, pues, acerca del Espíritu Santo, presente en nuestra vida, en nuestro misterio y en nuestro ministerio que nos hace hombres espirituales: «pneumatikòi».
1. La gracia del sacerdocio: don permanente del Espíritu
La teología y la espiritualidad del presbiterado insisten con buenas razones acerca del aspecto cristocéntrico del ministerio, de la identificación del presbítero con la persona de Cristo sacerdote. El sacerdote obra y actúa «in persona Christi», es como su signo, su sacramento vivo. Podemos decir que de esta identificación resulta toda la fuerza del ministerio sacerdotal, de su misión pastoral, de la evangelización, de su espiritualidad. Es la doctrina clásica.
Y sin embargo me parece que no podemos prescindir de una necesaria prolongación de la teología cristológica para explicitar algo que está implícito. Allí donde se dice «in persona Christi» hay que añadir: «et in virtute Spiritus Sancti». Se trata de algo evidente desde el punto de vista de la teología y de la liturgia sacramental.
Desde el punto de vista bíblico está claro que la unción sacerdotal de Jesús, de la cual participamos, supone en su sacerdocio como mediación descendente de revelación y de gracia, y como mediación ascendente de oración y de oblación, la perfecta comunión con el Espíritu. Su condición de Mesías evoca su plenitud del Espíritu de profecía y de santidad.
Su vida era una constante sinergía con el Espíritu. El Espíritu lo empuja al desierto (Lc 4,1), está con El y alienta sus palabras (Lc 4,16), en El exulta en la oración ( Lc 10,21), lo consuela en el Getsemaní, porque es el Consolador, según una interpretación patrístrica, (Lc 22,43) lo lleva hasta el sacrificio de la Cruz, (Hb 9,14) donde Cristo aparece como la zarza ardiente del Espíritu, que revela de la forma más extraordinaria el Dios que es de verdad, y vive para nosotros, el Dios que es sobre todo Amor.
Por eso en una recta cristología pneumática, que considera la acción del Espíritu en la humanidad de Cristo, su sacerdocio hecho oblación, así como su misión pastoral, su oración y su acción salvadora, mediante signos y palabras, manifiesta la unión interior del Espíritu, profético, sacerdotal y real. Cristo actúa con y mediante el Espíritu.
El Pentecostés de los Apóstoles
Lo mismo pasa con los apóstoles, como hemos recordado. Por eso el Cenáculo del día de Pentecostés, no menos que el del Jueves Santo, es el lugar en que nace el sacerdocio nuevo, cuando el Espíritu anunciado y prometido toma posesión de la Iglesia y en ella de manera especial de los apóstoles. Aquí finalmente la potencia del Espíritu realiza y completa en los discípulos de Jesús su obra, les otorga la capacidad ministerial y apostólica que todavía no habían recibido, para ser sus testigos hasta el fin del mundo. Sólo a partir de Pentecostés la Iglesia es sacramento de salvación que hace presente Cristo, el sacramento primordial de salvación. Y lo es por el poder del Espíritu que consagra los apóstoles como ministros que comunican con eficacia la vida divina. Sólo ese día la comunidad apostólica se presenta ante el mundo como la comunidad de los salvados y en ellos actúa el poder del Resucitado ( He 1, 6-9; 2, 1 ss.)
Aquel día, por la gracia del Espíritu, nace el poderoso ministerio kerigmático del anuncio que convoca y provoca a la conversión, el bautismo de salvación como comunión con el Señor, por la fe en la invocación de su nombre, la trasmisión del Espíritu que los apóstoles reciben y ahora comunican con la imposición de las manos, la primera fracción del pan, la constitución de la comunidad de la Iglesia.
El Pentecostés de los sacerdotes
Por eso en la transmisión del ministerio apostólico hay siempre algo que es como el Pentecostés de las ordenaciones episcopales, sacerdotales y diaconales. Una comunicación del Espíritu Santo para el ministerio en la Iglesia.
Desde la antigüedad cristiana, la transmisión de esta gracia pentecostal del ministerio se realiza mediante el gesto de la «chemisàh» o imposición de las manos y la oración que la acompaña, de claro carácter epiclético, es decir de invocación y comunicación del Espíritu. Las manos del Obispo sobre la cabeza de los ordenandos sugieren la bella imagen de Ireneo: las dos manos del Padre, el Verbo y el Espíritu, que plasman esta nueva criatura. Las palabras de la ordenación tienen ese significado. El Padre todo lo realiza por Jesucristo, su Hijo, con la fuerza operadora del Espíritu santo. El Padre actúa con esas dos manos que según Ireneo de Lión expresan bien la acción trinitaria, por Cristo y en el Espíritu tanto en la creación como en la recreación: El hombre es como un compuesto de alma y de carne formado a semejanza de Dios y plasmado por sus manos, es decir por el Hijo y por el Espíritu, a los cuales dijo: Hagamos al hombre" (Adversus Haereses 4,20,1.3: PG 7, 1032. Otro texto semejante: "En cuanto al hombre, Dios lo hizo con sus propias manos - es decir el Hijo y el Espíritu y el dibujó sobre la carne moldeada su propia forma de modo que incluso lo que fuese visible llevase la forma divina". (Cfr. Demostración de la predicación apostólica 11: Sources Ch. 62,48-49, citado por el CCE n. 704. Nada sin el Verbo, nada sin el Espíritu. Todo en el Verbo y en el Espíritu.
Hay en efecto una aplicación concreta sacramental de este cruce providencial de las dos economías recíprocas de Cristo y del Espíritu. Nos referimos a la gracia del ministerio sacerdotal. Normalmente se acentúa la visión cristológica del sacerdocio ministerial, como una gracia de configuración a Cristo, pastor y cabeza de la Iglesia, o una representación sacramental de Cristo, como dice Juan Pablo II en la Pastores dabo vobis n. 15: "Los sacerdotes son en la iglesia y para la iglesia una representación sacramental de Jesucristo, cabeza y pastor..." En realidad la antigua fórmula de la ordenación sacerdotal que encontramos en la Tradición apostólica hace solo alusión al don del Espíritu. La oración es típicamente pneumatológica en todas sus expresiones:« Concédele el espíritu de gracia y de consejo del presbiterio, a fin de que ayude y gobierne e tu pueblo con un corazón puro» (cfr. HIPOLITO DE ROMA, La Tradición apostólica, Salamanca, Sígueme, 1986, pp. 36-37.
En la fórmula actual de la ordenación de los presbíteros se invoca sobre ellos, con la imposición de las manos - las dos manos del Padre, Cristo y su Espíritu - «el Espíritu de santidad».
En realidad es la efusión sacramental del Espíritu la que configura a Cristo sacerdote. Y sin embargo poco se pone de relieve esta dimensión pneumatológica del ministerio sacerdotal en su ser y en su existir, como una lógica configuración a Cristo ungido por el Espíritu. La cristología sacerdotal ha absorbido toda la atención, mientras es necesario ver en el presbítero ese «icono» de Cristo sacerdote, plasmado por el Espíritu que unge y configura a Cristo en el ser y en el obrar.
La hermosa plegaria de la ordenación de los presbíteros en el Eucologio de Serapión del siglo IV, dice así:
« Elevamos nuestra mano, Soberano Señor, Dios de los cielos y Padre de tu único Hijo, sobre este hombre; te pedimos que lo llene el Espíritu de la verdad; concédele inteligencia y conocimiento, y un corazón recto. Que el Espíritu esté con El para que pueda gobernar a tu pueblo, dispensar tus palabras divinas, reconciliar a tu pueblo contigo, Dios increado. Por medio del Espíritu de Moisés tu has derramado tu Espíritu Santo sobre tus elegidos, por medio del Espíritu de tu Unigénito, concede también a este siervo el Espíritu Santo, como gracia de sabiduría, conocimiento puro, por tu Hijo único Jesucristo» (Citado en La Iglesia en oración. Introducción a la liturgia, Barcelona, Herder, 1987, p. 711).
Se trata de una oración de fuerte acento pneumatológico. Y marca una tradición. Todavía hoy, en la ordenación sacerdotal el Obispo concentra la petición de la gracia del sacerdocio que transmite con la imposición de las manos y el prefacio de la ordenación, invocando al Padre, fuente de toda gracia, para que «conceda a este hijo suyo la dignidad del presbiterado. Renueva en él la efusión del Espíritu de santidad».
La alusión pneumatológica es de la máxima importancia para comprender el ministerio. Hemos recibido una unción santificadora que nos configura al Ungido. Y es esta unción permanente, unción santificadora del Espíritu de santidad, la que nos permite reactivar constantemente, con plena conciencia y gratitud, con responsabilidad de colaboradores del Espíritu, el carácter sacerdotal. No algo, sino Alguien ha venido sobre nosotros el día de nuestra ordenación.
No realizamos nuestro ministerio en solitario, sino en colaboración, en sinergía. Solamente el Espíritu Santo puede asegurar infaliblemente la realización de nuestro ministerio, haciendo eficaz nuestra acción santificadora y cultual. Nuestras celebraciones, decía San Juan Crisóstomo, "no son representaciones teatrales" sino acciones eficaces, porque el que dirige todo es el mismo Espíritu Santo.
Reciprocidad de Cristo y del Espíritu en la vida sacerdotal
Con esta perspectiva teológica y espiritual conviene mantener siempre viva y consciente la dimensión cristológica y pneumatológica del ministerio, sin que una nos haga olvidar la otra. Así se evitan dicotomías y contraposiciones que responden a visiones parciales del ministerio y de la cristología. Así, pues, no se puede oponer sacerdocio y profetismo, institución y carisma, culto y existencia, acción y oración.
La existencia de Jesús es filial y vivida en el Espíritu, como la del sacerdote. Porque toda la existencia de Jesús la vive de cara al Padre en el Espíritu. Es una experiencia en el Espíritu, desde la Encarnación hasta la Resurrección, cuando Cristo ha sido constituido Señor con poder por medio del Espíritu. Y Cristo comunica a la Iglesia este Espíritu, no una vez para siempre, sino en una especie de continuo Pentecostés.
Del Cristo celestial fluyen constantemente en la Iglesia las energías del Espíritu.
La acentuación de su acción, no debe hacernos olvidar el carácter cristológico de nuestra vida sacerdotal, que nos plasma como hijos del Padre en el Hijo, y hermanos de nuestros hermanos en Cristo nuestro hermano universal. Toda acción del Espíritu es un movimiento hacia Jesús, en el Antiguo y en el Nuevo Testamento. De hecho la obra del Espíritu, también en nuestro ministerio, consiste en llevar todos al conocimiento de Cristo Salvador, configurarnos a El, hacernos vivir y crecer en su vida filial, abrirnos a la comunión con todos. El Espíritu revela y realiza cada fragmento del todo, en cada uno de los ministerios y carismas, para formar el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia, y el Cuerpo definitivo de Cristo que es la humanidad salvada, junto con toda la creación.
El Espíritu en nosotros está al servicio del misterio de Cristo, como Cristo está al servicio del Padre.
En el Espíritu Santo se resuelven las tensiones
Esta conciencia y esta experiencia interior, madurada en la oración y vivida en la comunión con el Pueblo de Dios, sin el cual es impensable nuestro ministerio, resuelve muchas tensiones teológicas y espirituales. Estamos unidos a la vez a Cristo y al Espíritu, y con ellos dos al Padre. Estamos al servicio de la economía de Cristo y del Espíritu. Y esto puede ser para nosotros un manantial de luz y de compromiso apostólico, con esa caridad pastoral que no se explica sino con la acción en nosotros de un amor ministerial, empujado a la generosidad por el Espíritu Santo.
De esta acción del Espíritu brotan también algunas cualidades que son típicas del ministerio sacerdotal, porque son típicas del Espíritu: la fortaleza, el coraje, la comprensión y la mansedumbre, la capacidad de misericordia y de compasión, el ministerio de la consolación y de la esperanza, sobre todo en este mundo que necesita una fuerte dosis del Espíritu que renueva por dentro y da testimonio de la verdad.
El Espíritu Santo resuelve las tensiones ideológicas. Somos a la vez profetas y sacerdotes, discípulos y maestros, pastores y siervos; Dios Padre nos llama a la oración y al testimonio, a ser pastores para los demás y ser amigos y hermanos con todos.
El Espíritu, que se hace sentir en nosotros a veces con gemidos inefables, no nos quiere mercenarios ni burócratas, no nos llama al automatismo ministerial, sino a la libertad del ministerio hecho por amor. Por eso solicita siempre - es su especialidad - nuestra libertad para ser dóciles a la gracia recibida, intérpretes de la palabra, trasmisores de sus inspiraciones. Pero siempre con esa libertad que es docilidad, y se va haciendo connaturalidad, discernimiento espontáneo y gozoso de la voluntad de Dios en nuestra vida, maleabilidad a su acción santificadora y purificadora. El Espíritu nos capacita para vivir la comunión, para construirla en la Iglesia, siempre, cueste lo que cueste.
2. Una colaboración que llamamos sinergía
Una lúcida percepción de esta relación nuestra con el Espíritu Santo puede convertirse en la raíz de una auténtica espiritualidad. No olvidemos que esta palabra, para que tenga todo su pleno sentido, alude a la presencia en nosotros del Espíritu de Cristo y a su acción dinámica. Espiritualidad sacerdotal no es sinónimo de prácticas o de reflexiones, de conceptos y principios abstractos, o de simples devociones. Es la docilidad en nuestra propia existencia a la acción santificante del Espíritu que nos guía a la perfecta configuración con Cristo en el ser y en el obrar, a partir de nuestra personalidad única e irrepetible, en comunión con nuestros hermanos, en las circunstancias concretas de nuestra vida y ministerio.
Y «hombre espiritual», sacerdote espiritual, no es el típico sacerdote piadoso; es el que se deja guiar por el Espíritu y lo secunda en todo, de manera que sea un hombre «pneumatikòs», guiado por el Espíritu. La espiritualidad sacerdotal será vivir el propio ministerio con caridad pastoral, identificados con Cristo, el Siervo por amor, hasta el don total de sí, como Cristo en la Cruz, porque solo el Crucificado transmite el Espíritu, y sólo el sacerdote que da la vida por sus hermanos es capaz de trasmitir el Espíritu, más allá de la eficacia de los actos sacramentales.
A la luz del «Catecismo de la Iglesia Católica»
Una sencilla aplicación de esta espiritualidad, de esta sinergía con el Espíritu se puede ilustrar con realismo a partir de unos principios del Catecismo de la Iglesia católica, cuando habla de la acción del Espíritu Santo en María, en la Iglesia, en la liturgia ( Cfr. nn. 721-726;737;1091-1109).
Si es verdad que el Espíritu actúa siempre en sinergía con nosotros, bien podemos decir que el sacerdote en su misión santificadora, cultual y pastoral, está llamado a realizar con el Espíritu estas acciones.
¿Cuáles son en concreto? Ante todo prepara a acoger a Cristo, es como su Precursor, el que suscita la fe y el amor de los fieles para que el paso del Señor no sea en vano. Lo manifiesta, o si queremos lo "epifaniza" y hace presente. Hace memoria del misterio de Cristo, con la palabra especialmente, evocadora de la persona y del mensaje de Jesús, pero también con las acciones sacramentales; actualiza, hace presente, el misterio de Cristo, en el hoy de la Iglesia y del mundo. Finalmente hace que ese misterio salvador de Cristo llegue a todos mediante la comunión y la misión, el testimonio sin fronteras de los cristianos.
Ciertamente, en la liturgia, y más allá de la liturgia, esta acción del Espíritu es impensable sin el ministerio sacerdotal. Pero una conciencia más viva de esta colaboración puede engendrar una verdadera espiritualidad ministerial, cuando el sacerdote se hace precursor transparente de Cristo, lo evoca con su palabra y su vida, lo manifiesta a los demás, lo hace presente en su ministerio litúrgico y pastoral, lo comunica a todos, sin vetos ni exclusivismos, poniendo todos en comunión y lanzándolos a la misión.
Acción del Espíritu, acción sacerdotal
Una acentuación de esta gracia y de esta acción no tiene que hacernos olvidar que el Espíritu está en nosotros, como sello indeleble, «sfraggís» sacramental, como carácter, es decir don personal irrevocable, y como carisma, don abierto a los demás, por eso cuenta siempre con nuestra humanidad y nuestra consciente colaboración. La gracia sacramental no cambia nuestra condición natural, nuestro carácter propio, pero es principio de una transformación de la persona en el ser y en obrar. El Espíritu nos impregna por dentro, pero pide nuestra colaboración para ir cambiando nuestra vida.
El sacerdote que toma conciencia de esto reaviva la gracia recibida con la imposición de las manos, da espacio a la oración para dejarse animar y penetrar por este soplo vivo, como Jesús en su ministerio, para que nuestra humanidad no se haga ni opaca, ni insensible, ni rebelde a su acción.
El Espíritu nos pide como sacerdotes toda nuestra humanidad - cuerpo, alma, sentimientos, cualidades - para asumirla en su acción y hacer pasar así la gracia a la comunidad eclesial. No hemos de olvidar que signos y sacramentos vivos del Espíritu son las personas: Cristo, María, la Iglesia, los fieles. Y en esta sinergía no tiene que haber dicotomías o dualismos.
Es maravilloso constatar que el Espíritu ha querido tener necesidad de nuestra persona para poder actuar normalmente en la historia de los hombres. Y nosotros no podemos arrogarnos la pretensión de poder actuar sin El. ¡ En vano intentaríamos santificar, bautizar, absolver, consagrar, orar, amar y servir sin el Espíritu del Señor en nosotros!
Espiritualidad, vida en el Espíritu y ministerialidad
En realidad la espiritualidad sacerdotal es vivir en dinamismo de creciente fidelidad la normalidad de nuestra vida, que tiene como la de Cristo sus aspectos humanos y divinos.
El Espíritu, al asumir nuestra persona, la normaliza, la hace normal; es decir, hace que sean normales nuestras acciones divinas y humanas. Todo lo que hacemos en el Espíritu refleja la normalidad de las acciones de Jesús en su vida, pero impregnadas de la acción del Espíritu.
Ciertamente él nos pide que seamos dóciles y transparentes a su acción, que dejemos pasar la gracia por nuestra boca y nuestras manos, pero que lo dejemos impregnar también de santidad nuestra propia vida en la experiencia cotidiana. De lo contrario corremos el riesgo de ser canales que dejan pasar la gracia sin dejarse impregnar por ella.
Y todo ello nos pide una colaboración, una sinergía particular. La conversión a su persona, la conciencia de su presencia. El nos invita a escuchar sus gemidos, cuando algo en nosotros contradice nuestra vocación y nuestro ministerio. El se hace oír dentro de nosotros, con gemidos que llegan hasta nuestra conciencia. Son los gemidos de nuestras inquietudes, los deseos más secretos, nuestra infidelidades y pecados, nuestras contradicciones y nuestras esperanza más bellas.
Gime en nuestros corazones la Paloma del Espíritu cuando no somos fieles, o no somos totalmente libres en el servicio de Cristo. Sus gemidos son gritos de libertad, hasta llegar a la madurez de la vida en Cristo, a la vida de verdaderos hijos que viven el gozo del servicio filial, como Cristo.
Si logramos establecer esta sinergía con El, el Espíritu de nuestro sacerdocio purifica, eleva, vivifica nuestra humanidad, la hace dócil y transparente a la vida en Cristo.
Pero ¡cuánto se necesita para que seamos transparencia de Cristo, verdaderos iconos suyos! ¡no sólo ministeriales sino existenciales!
El sacerdote está llamado a cultivar buenas relaciones con el Espíritu Santo, acogerlo como amigo, orarlo con insistencia.
Hay que abandonarnos a su consuelo, pedirle que sea siempre nuestro defensor y nuestro mejor abogado. Hay que invocarlo para que nos haga vivir siempre en la verdad y no nos deje tranquilos, cuando nos desviamos, o queremos esacabullirnos del discernimiento de la conciencia, con el cual el Señor nos interpela para que vivamos siempre en la verdad.
Tenemos que invocarlo como Espíritu de nuestro bautismo y de nuestra confirmación, Espíritu de nuestra santidad personal y de la santificación de nuestros hermanos y hermanas.
La certeza de haberlo recibido como don irrevocable, nos da confianza para evocar, resucitar, avivar su acción en nosotros, incluso en los momentos más difíciles de nuestra existencia.
Incluso cuando dudamos que pueda brillar de nuevo su luz y pueda quemar esa llama que hemos recibido para siempre en el pentecostés sacerdotal de nuestra ordenación.
3. Dimensiones del ministerio en el Espíritu Santo
Podemos ahora hacer referencia a algunas de las dimensiones del ministerio sacerdotal en el Espíritu. De esta manera se nos hará más fácil comprender en concreto como se realiza esta sinergía.
La predicación de la palabra, ministerio profético
La proclamación y predicación de la palabra es un verdadero ministerio espiritual y profético, no simplemente humano. Enviados para evangelizar, como Jesús, con la fuerza del Espíritu, ungidos para tomar la palabra en medio de la asamblea, se trata de iluminar la vida y la historia de los hombres, sus gozos y sus esperanzas, sus dolores y sus angustias, partiendo siempre de la palabra del Evangelio. Sin la fuerza y la sabiduría del Espíritu nuestra predicación es débil, sin fuerza ni inspiración profética.
Estamos llamados, como Cristo, a ejercitar un profetismo sacerdotal de la palabra. Y ese profetismo, como en las experiencias mejores de los profetas, supone escuchar la palabra en la oración, recibirla en el Espíritu, actualizarla, como María, confrontándola en nuestro corazón, con los acontecimientos de la vida cotidiana.
Nuestra palabra, para trasmitir la palabra del Evangelio, necesita siempre algo del soplo del Espíritu para que sea palabra nueva, sabia, iluminadora, profética, capaz de llegar a los corazones, de abrir caminos nuevos a la gente. Sólo el Espíritu en nosotros, que habla al Espíritu en los otros, es capaz de vivificar lo que decimos. Sin él no tenemos eficacia.
Cuando tenemos esta conciencia de ponernos a su servicio hablamos con confianza, sabiendo que el Espíritu es el puente que une al sacerdote con la asamblea, con los fieles. Por eso nos confiamos a El y le confiamos nuestra palabra para que la trasmita con fuerza a los corazones de nuestro hermanos. El es siempre el traductor simultáneo de nuestra predicación, el que la acomoda a cada uno y añade misteriosamente, a quienes se dejan iluminar por el Espíritu, algo que nosotros a veces no logramos decir con fuerza y claridad. El es nuestro intérprete.
Por eso. es necesario que nuestra predicación sea hecha en el Espíritu, madurada en la oración y en la contemplación personal, reflexionada con El, para que nos haga decir lo que quiere que digamos a los demás, como Jesús en oración se llenaba de las palabras y de la voluntad del Padre.
Orar en el espíritu: la oración del pastor y del apóstol
El sacerdote está llamado a orar en el Espíritu. Toda la liturgia es orante. Por eso el sacerdote es siempre un mediador orante que se pone delante de Dios Padre y habla en nombre de la asamblea. Toda celebración sacramental nos sitúa delante del Padre.
Y nuestra oración no pude ser solo mecánica. Tiene que estar impregnada de unción espiritual. Tiene que ser oración en el Espíritu Santo. Empezando por la gran oración eucarística que nos pone en el culmen de la oración filial de la Iglesia ante el Padre. Una oración que puede y debe plasmar los sentimientos del corazón sacerdotal.
Pero el sacerdote ora también en el Espíritu como Pastor. Está llamado a ejercitar esa que podríamos definir la oración apostólica, la oración del Apóstol, como la de Pablo, que intercede por sus fieles, presentándolos al Padre por Cristo y en el Espíritu, con una intensa súplica, para que abunden en frutos de conocimiento de Dios y de caridad.
Todo presbítero tiene que repasar en su corazón delante del Padre, como Jesús en oración, las situaciones de sus fieles, las necesidades de sus hermanos, para presentarlas al Padre en una fuerte y convencida intercesión sacerdotal, como los grandes intercesores del Antiguo Testamento: Abrahán, Moisés, Elías. Como Pablo cuando ora por sus iglesias. Como Jesús en su oración sacerdotal.
Celebrar los sacramentos y la Eucaristía en el Espíritu Santo
El sacerdote celebra todos los sacramentos en virtud del Espíritu Santo. A través de su palabra y de su acción pasa la gracia de la comunicación santificadora. Por eso, tiene que saber celebrar no haciendo alarde de su poder humano, sino convencido de su pobreza humana y de la fuerza que le viene de Cristo y de su Espíritu.
Pensemos por ejemplo a la acción sacerdotal en el ministerio «espiritual» de la reconciliación. Se necesita paciencia, atención, delicadeza, perseverancia, bondad. Hay que renovarse interiormente para que no se nos convierta en rutina. Hay que ejercitarlo en una actitud orante para que no olvidemos que no somos nosotros los que perdonamos sino Cristo en nosotros. Por eso se necesita una verdadera unción espiritual que nos permita ser transparencia de la acción sanante del Espíritu.
Pensemos también en la acción del sacerdote en el sacramento del matrimonio. El Catecismo de la Iglesia católica nos ha devuelto algo que habíamos perdido con un exceso de teología latina del matrimonio: la típica ministerialidad sacerdotal de la celebración litúrgica de este sacramento. De hecho el sacerdote ejercita un ministerio sacerdotal de mediación, de epíclesis y de bendición. Es en cierto modo, como Jesús en las Bodas de Caná, el mediador del vino nuevo del Reino, del don del Espíritu Santo.
Por eso en la epíclesis de este sacramento, añadida en la nueva edición típica del rito, el sacerdote invoca el Espíritu para que consagre los cónyuges y el Espíritu sea para ellos, como dice el Catecismo, el don de una comunión recíproca, el sello de la alianza, la fuente viva del amor, la fuerza de su fidelidad (n. 1624).
De esta ministerialidad de la epíclesis sacramental brota también el ministerio sacerdotal en la preparación del matrimonio y en el acompañamiento de las familias. Para que el presbítero sepa estar junto a las familias siempre, como está al principio de la gracia matrimonial, haciendo fructificar esta gracia de comunión, acompañándoles en el camino de la fidelidad, ayudándoles a recorrer un camino de santidad con la fuerza de ese Espíritu.
Digamos también una palabra acerca de la dimensión pneumatológica de la celebración de la eucaristía.
Sólo cuando llegamos a una percepción de lo que significa el Espíritu Santo en la Eucaristía tomamos conciencia de la ministerialidad del sacerdote. Sí, la Eucaristía, en una perspectiva oriental que complementa nuestra visión de la teología occidental, es presencia de Cristo, el memorial de su sacrificio y la comunión con El, pero en el Espíritu Santo. Suya es la acción que transforma los dones, y acompaña nuestra oblación para que sea agradable al Padre.
La teología de la epíclesis no sólo nos dice que es el Espíritu, y no nosotros, el que hace del pan y del vino el cuerpo y la sangre del Señor, sino que es la humilde ministerialidad del sacerdote la que pide y recibe, invoca y consigue infaliblemente, por la promesa de Cristo, esa presencia del Espíritu que llena el pan y el vino, como llenó de su soplo vital el cuerpo del Crucificado y del Resucitado.
El Espíritu que hemos recibido en nuestra ordenación sacerdotal está a la obra en toda la dimensión de la Eucaristía: en la proclamación, profética y «poiética», de las palabras de la consagración, en la oración de invocación, de oblación y de intercesión. Todo ello envuelto el gozo de la acción de gracias, que nos hace exultar en el Espíritu, cuando celebramos la Eucaristía.
Por eso es necesario mantener una cierta dialéctica eucarística que complementa la visión del Occidente latino y la del Oriente ortodoxo. El primero más atento a la acción de Cristo; el segundo más atento a la acción del Espíritu.
Occidente dice: «La Eucaristía es el sacrificio de Cristo y el memorial de su misterio pascual». Oriente añade: «Pero es también la efusión pentecostal del Espíritu sobre los dones y sobre la asamblea». Occidente afirma: «El sacerdote actúa en la persona de Cristo». Oriente replica: «Pero con la fuerza del Espíritu Santo». Occidente sentencia: «La consagración se realiza por medio de las palabras de la institución, proferidas en la persona de Cristo». Oriente advierte: «Pero esas palabras necesitan la epíclesis o invocación del Espíritu Santo». Occidente confiesa:« En la Eucaristía está presente Cristo; Oriente completa: «Pero el pan consagrado está lleno del Espíritu de Cristo y el cáliz del vino rebosa de las llamas del Espíritu de Pentecostés».
Se necesita toda esta dialéctica para no caer en parciales visiones teológicas y admitir las paradojas de esa economía del Padre que ha encomendado a Cristo y al Espíritu la complementariedad de su acción: palabras de la consagración y epíclesis; presencia del Cristo y don del Espíritu a la Iglesia. Pan y vino eucaristizados por el Espíritu. La Eucaristía es presencia y don de Cristo que se comunica a los que participan del pan y del vino, derramando sobre ellos su Espíritu, para formar en la Iglesia un solo cuerpo. Y el sacerdote está ahí, en esa relación con Cristo y con el Espíritu, que lo hace hombre espiritual, icono vivo de Cristo sacerdote por medio del Espíritu Santo.
4. Dimensión carismática del sacerdote
A partir de su consagración y de su ministerio, el sacerdote está llamado a vivir en plenitud - en un dinamismo de creciente fidelidad - la presencia y la experiencia del Espíritu en su propia vida. Se puede y se debe pedir al sacerdote que sea un hombre espiritual, no en el sentido de un hombre desencarnado, sino de una humanidad viva y real, fecundada por el Espíritu. Que sea un «pneumatikós», sin que esta expresión signifique menoscabo de su personalidad, más bien el espejo de madurez y equilibrio, de afectividad sana y de sensibilidad que trasmite y acoge el afecto verdadero, hasta llegar, en un camino de perfección, vivido en comunión, a lograr una verdadera ecuación entre lo que somos por gracia y lo que vivimos en nuestra historia cotidiana.
Carisma e institución unidos en el Espíritu
Se habla mucho de carisma e institución, dos aspectos co-esenciales de la Iglesia, que no se pueden separar y no se pueden monopolizar. El carisma se da para el bien común, para el crecimiento de la Iglesia. La institución, en su dimensión humano divina, es como una consecuencia de la encarnación.
El sacerdote no puede ser sólo hombre de la institución. Se convierte en un funcionario o en un burócrata. Si posee el Espíritu en la misma entraña de su personalidad sacerdotal, es para que esté atento, en su ministerio institucional, a todas sus exigencias espirituales.
El hombre carismático, aun sin poderes sacerdotales, se distingue, cuando el carisma es eclesial y por ello verdadero, por esa mayor sensibilidad a la vida, a la acción santificadora y cultual, a la frescura del Evangelio, a la capacidad de leer y dar respuestas a los signos de los tiempos, al amor a la Iglesia con el deseo de hacerla crecer en santidad interior y en extensión misionera.
Sólo la capacidad contemplativa hace que el sacerdote se deje fecundar por el Espíritu para poder tener palabras nuevas y soluciones nuevas.
Pero capacidad contemplativa significa también capacidad de hacer circular el Espíritu en la comunión fraterna con otros sacerdotes, con los Obispos, con los fieles, creando un clima de espiritualidad de comunión, para que florezca el Espíritu, como florece hoy en tantos carismas nuevos de espiritualidad eclesial.
Dar la vida para recibir y dar el Espíritu en abundancia
Poseer en concreto el Espíritu del Señor, como gracia de la ordenación sacerdotal y como relativa experiencia pastoral, significa hacer del sacerdote una persona asumida por dentro por el Espíritu de la caridad y del servicio.
Si miramos a Cristo Crucificado, zarza ardiente del amor, y fuente del Espíritu, comprendemos que la transmisión que Jesús hace de su mismo Espíritu, se realiza en la medida en que se nos presenta como el que ha amado y servido hasta dar la vida, es decir, hasta transmitir la vida, ofreciéndola al Padre y a los hermanos. Sólo quien trata de vaciarse ante el otro, ante los otros, para acogerlos con pureza, sin instrumentalizaciones ni intereses, es capaz de trasmitir el Espíritu.
Los Padres del desierto decían, refiriéndose al testimonio del martirio y al de la caridad, el martirio rojo de la sangre y el martirio blanco de la caridad: «Da tu sangre y recibirás Espíritu». Da tu vida en el servicio y serás cada vez más espiritual; como Cristo, con una humanidad cada vez más llena de Espíritu santo, y por eso más capaz de ser sacramento del encuentro con Dios y de la comunicación de su gracia.
Paternidad espiritual y animación de la comunidad
De esa plenitud del Espíritu tiene necesidad el sacerdote para ejercitar una verdadera paternidad espiritual. Que es una capacidad de trasmitir vida, sentido de la vida, vida espiritual en abundancia. Para trasmitir el Espíritu, dice San Simeón el Nuevo teólogo, hay que poseerlo.
Una dimensión del sentido carismático y pneumático de la vida sacerdotal es esa capacidad de transmitir la gracia sacramental y de hacerla crecer, mediante un ministerio espiritual. Sobre todo con la caridad pastoral que es ese dar la vida en la catequesis, en la animación de las actividades pastorales de la comunidad, en la dirección espiritual, en el cuidado por los enfermos, débiles, ancianos.
Ser hombres espirituales es ser hombres portadores del Espíritu, «pneumatoforos», que transmiten la savia vital del Espíritu con la palabra y las obras.
Pero para ser en plenitud portadores el Espíritu («pneumatophoroi») hay que ser portadores de la cruz («staurophoroi»), como Cristo.
Los frutos del Espíritu en la vida sacerdotal
Un criterio de discernimiento y una piedra de toque, una garantía de la certeza de la acción del Espíritu en nosotros y alrededor de nosotros, es precisamente la existencia y el crecimiento de lo que Pablo llama los frutos del Espíritu Santo, o como otros traducen, el fruto, la cosecha del Espíritu, lo que florece y fructifica en la vida después de tanta siembra, y después del tiempo oportuno y del cuidado necesario para que se den esos frutos ( Cfr. Ga 5,22-23).
Con ellos se podría trazar la imagen el icono del sacerdote, que vive hoy, en nuestro tiempo y en nuestra Iglesia, esta espiritualidad:
- la caridad como raíz, fruto y expresión de una vida realizada en plenitud;
- el gozo y la alegría en la propia vocación;
- la serena, pacífica y pacificadora actitud en medio de las batallas y contradicciones;
- la paciencia y perseverancia en medio de las dificultades propias y ajenas, de la Iglesia y del mundo;
- la afabilidad de un hombre que transmite amistad y hace presente la misma afabilidad de nuestro Dios;
- la bondad del corazón, más allá de los egoísmos de unos y de los intereses de otros; bondad que es un amor más grande siempre y en todo;
- la fidelidad a Dios, a los hombres, al propio ministerio, a la propia Iglesia; sin engaños ni traiciones;
- la mansedumbre en saber soportar los propios defectos y los de los demás, con un corazón siempre abierto a la misericordia y a la comprensión;
- el dominio de sí, que es ecuanimidad, capacidad de estar siempre a la altura de la vocación, de superar las tentaciones, de ser siempre una persona en la el Espíritu vive y hace de nosotros el reino y el reinado de Dios.
Conclusión
Una espiritualidad de comunión abierta a los carismas de hoy y de siempre
La dimensión del Espíritu, como característica del sacerdote del tercer milenio, corresponde a dos instancias de la teología y de la espiritualidad de la Iglesia.
La primera instancia es precisamente la conciencia, madurada en los últimos años, de una necesaria referencia al Espíritu para completar cualquier reflexión teológica, incluida la del ministerio sacerdotal, para realizar una verdadera «espiritualidad sacerdotal» que sin esa referencia al Espíritu es quimera.
La segunda instancia nos viene de la realidad del Espíritu en nuestro mundo y en nuestra Iglesia. Somos conscientes del hecho que la Iglesia de hoy, de este siglo, ha recibido una efusión abundante de Espíritu Santo, con nuevos carismas eclesiales, modelos de santidad, caminos abiertos a la comunión de la Iglesia con los otros cristianos, con las otras religiones, mayor sensibilidad a todo lo humano, una mayor presencia de la mujer en la Iglesia, un nuevo respeto por la naturaleza y la ecología...
El sacerdote, hombre del Espíritu, en vez de cerrase en una visión estrecha, institucional, de su vocación y de su ministerio, tiene que estar no sólo atento a la presencia de este Espíritu carismático, este Espíritu "moderno", de hoy, que viene a renovar a su Iglesia, sino que tiene que ser generoso colaborador con las nuevas energías del Espíritu en nuestra Iglesia y en nuestro mundo, para que se realice el gran proyecto del Reino.
Una dimensión mariana del sacerdocio
De aquí se desprende otra característica del sacerdocio en el Espíritu. Es su perfil mariano, como mariano es el perfil de la Iglesia, animada por los carismas del Espíritu, según la hermosa intuición de H. Urs von Balthasar.
Un sacerdocio mariano, bajo el signo de la Virgen y siguiendo su ejemplo, es un sacerdocio humilde, acogedor, misericordioso, vacío de sí y lleno de Dios, abierto a todos. No es víctima inconsciente de un clericalismo impositivo, sino que promueve una ministerialidad de comunión que favorece la participación de todos, valoriza todos los carismas y cualidades, guía a la reciprocidad, está atento a las necesidades de la gente, toma la iniciativa en el servicio.
Es decir un sacerdocio que de la Virgen María, nuestra Señora Y Madre, asume interiormente las actitudes más bellas, al ser, como ella fue, una criatura del Espíritu, dócil a sus intuiciones y realizadora de sus proyectos.
Una experiencia filial
El sacerdote es consciente de su ser sacerdotal que viene del hontanar de la paternidad divina. Es un sacerdocio filial, como lo expresa siempre en la plegaria de su ministerio. Y significa vivir, como Jesús, un sacerdocio ministerial con los ojos puestos en el Padre, como ante el Padre estamos en oración sobre todo durante la plegaria eucarística.
El sacerdote dice Abbà, Padre, como Cristo, con el gozo del Espíritu, y vive una existencia filial, con la gracia de ser mediador para los demás, de vivir unido a la vez al misterio trinitario y a la comunidad a quien sirve.
Demos gracias al Padre por el don del Espíritu que hemos recibido, de manera irrevocable, en nuestra ordenación sacerdotal. En las profundidades de nuestro ser se nos ha vertido esa unción espiritual de nuestra consagración y de nuestra misión. Es como una fuente que no debemos dejar que se ciegue por negligencia o por olvido. Es esa llama que tenemos que avivar aunque las cenizas parezcan cubrirla sin esperanza de reavivar el fuego. Para ello hay que bajar con frecuencia en la oración a esta fuente, o dejar que la fraternidad sacerdotal y la amistad de nuestros hermanos sacerdotes soplen con amor para que se reavive la llama.
Los orientales llaman al Espíritu Santo el iconógrafo interior, aquel que nos hace semejantes a Cristo, nos hace iconos de Cristo, su imagen viva y viviente. Hemos de dejar que el Espíritu perfeccione en nosotros esa imagen irrepetible para que brille en nosotros la fuerza carismática de nuestra vocación a un sacerdocio de servicio de caridad, animado por la creatividad apostólica y por la santidad que hace presente en la tierra la misma vida de Cristo.
Así seremos sacerdotes con Espíritu profético, con libertad carismática puesta al servicio del Reino, no solamente soñadores, sino realizadores, con el Espíritu Santo, de los sueños de Dios Padre para la humanidad.