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EL SACERDOTE, MINISTRO DEL MISTERIO EUCARISTICO

Liturgia y vida

 

Introducción

 

       Ante el tercer milenio de la Iglesia, en pleno Jubileo del 2000, parece urgente dedicar esta reflexión teológica y espiritual al ministerio eucarístico del sacerdote. Pasan los Años santos, pasan los documentos.           Gracias a Dios, el Evangelio y la Eucaristía no pasan. Palabra y Eucaristía son realidades cotidianas.

       Hace unos meses tenía esta sensación, mientras celebraba la Eucaristía en un capital de África, Yaundé. Cada día, allí como en todos los lugares, la Iglesia vive de un trozo del pan de la palabra y de un trozo de pan de la Eucaristía. Vive de lo esencial de Cristo Palabra que nos recuerda toda su predicación, la revelación que El nos ha hecho, proclamada y actualizada cada día, como un fragmento que lo contiene todo; y de la Eucaristía, memorial de su entrega total al Padre y a nosotros en el misterio pascual de muerte y de vida. De esta palabra y de esta Eucaristía vive esencialmente la Iglesia.

 

Una espiritualidad sacerdotal eucarística

 

       Pero de esta Eucaristía vive la Iglesia a través del ministerio sacerdotal que es esencial. La gran intuición de Cristo ha sido precisamente esta: confiar a sus apóstoles y a sus sucesores los ministros, a una realidad tan sencilla como la escucha de la palabra y la fracción del pan; no sólo con la posibilidad de hacerlo presente, y con él todo su misterio redentor, sino para poder recrear en torno a la Eucaristía, en cada lugar del mundo donde un sacerdote asegura la celebración de la misa, la Iglesia en sus rasgos esenciales: una comunidad convocada por la palabra, puesta en oración delante del Padre, recreada por el memorial de Cristo, hecha un solo cuerpo por la comunión con el cuerpo y la sangre de su Señor, para ser en ese lugar el signo de la presencia viva de Dios en el mundo.

       Por eso hay que valorar al máximo lo que significa cada día para el sacerdote esa espiritualidad de la celebración. Ese celebrar viviendo lo que se celebra y como se celebra.

       Por eso la espiritualidad sacerdotal tiene que ser espiritualidad eucarística, en el sentido de una espiritualidad que nace del celebrar conscientemente la Eucaristía, cada día, y dejarse plasmar por el misterio celebrado.

 

A la luz de la Eucaristía celebrada

 

       Eso quiere decir que el sacerdote tiene que entrar conscientemente en la celebración, con todas las consecuencias. Tiene que vivir lo que el ministerio le pide: que presida con amor y humildad, que esté delante del Señor con pureza de espíritu, que ore de verdad lo que dice al Padre en las fórmulas litúrgicas, que esté atento a lo que lee y proclama. Que ejerza un humilde ministerio profético en la homilía, siendo cada día un evangelizador para los muchos o pocos fieles que con El quieren vivir la comunión cotidiana con Cristo palabra y Eucaristía. Que haga sentir en su plegaria la oración de toda la Iglesia.

       Lo puede y lo debe hacer, con esa conciencia de ser siempre una persona a la que se le ha concedido una gracia ministerial que rebasa sus méritos y sus virtudes y lo hace siervo de sus hermanos. Pero con la conciencia de ser un servidor del misterio que celebra. De ser en este caso un siervo de Cristo y de la Iglesia, en ese sacerdocio que por eso se llama ministerial, de servicio.

 

Momento fontal y culminante de la vida sacerdotal

 

       Todo ello significa que la Eucaristía es también para el sacerdote «culmen et fons», culmen y fuente de su experiencia sacerdotal cotidiana.

       Fuente porque cada día el sacerdote vive el momento que lo configura de verdad ante Dios y ante sus hermanos, el momento del que tendría que brotar lo que hace y el modo con que realiza su existencia en sus otras acciones y ministerios pastorales: la evangelización, la caridad, la animación de la catequesis, de la comunidad cristiana, la atención a los niños, a los jóvenes, a los ancianos, a los enfermos.

       Y momento culminante porque con esa comunidad que celebra la Eucaristía, sobre todo el domingo, vive el momento más alto de la experiencia comunitaria de ser sacerdote para Dios y para los demás.

 

Lugar donde el sacerdote nace, renace y se forma

 

       Hemos nacido como sacerdotes en una celebración eucarística, la de nuestra ordenación sacerdotal. Todo lo que en aquella ocasión recibimos estaba en relación con la Eucaristía: la imposición de las manos, las palabras consacratorias del Obispo, las vestiduras sacerdotales, el pan y el vino recibido de las manos del pueblo de Dios y del Obispo. Pero todo esto en el mismo dinamismo eucarístico que hace referencia a Cristo, el cual recapitula en la institución de la Eucaristía toda su vida, el don de su cuerpo y sangre, todo lo que el es, ha hecho y hará para su Iglesia.

       Lo mismo ocurre con el sacerdote. No porque solamente se le ordena para "decir misa", como si en ese decir la misa estuviera ya incluido todo, sino para que celebrando la Eucaristía encuentre la raíz de toda su comunión con el Padre, con Cristo y el Espíritu, su identificación con su Señor y Maestro, la posibilidad de hacer crecer la Iglesia con las palabras de Jesús y las suyas, con el don de la vida de Jesús y el don de su propia vida.

       La fidelidad a un celebrar que sea verdadero, convencido, sincero, es fuente de esperanza para cada sacerdote que puede vivir, desde la celebración, una verdadera espiritualidad ministerial.

 

En el molde mismo de la vida en Cristo y en la Iglesia

 

       Usamos aquí la palabra molde, para recordar que el sacerdote tiene que dejarse modelar conscientemente por ese Cristo que hace presente con su propia persona. Se necesita entrar en ese molde eucarístico. Ser lo que expresan palabras y gestos. Dejarse modelar por el Espíritu Santo en sus gestos, palabras; sin exageraciones ritualistas, sin intimismos, con sobriedad, pero sin banalidades ni prisas. Con la misma sencillez de los gestos de Jesús en el Evangelio y en la última Cena.

       Dejarse modelar por lo que la celebración expresa por parte del presbítero en comunión con su gente, con su pueblo. Como un hermano entre los hermanos, que hace presente la palabra, la persona, la oración de Cristo, su autodonación a su Iglesia.

       Para que aprenda que de los mismos gestos de la celebración tiene que nacer el amor por su comunidad eucarística, su parroquia, su gente, con el deseo de dar la vida por ellos, de vivir con ellos la palabra explicada cada día, de compartir las mismas acciones de catequesis y de caridad.

       Aun cuando tenga la experiencia, y la tenemos todos, que apenas terminamos la celebración, nos salimos del molde, nos desfiguramos, no mantenemos viva la imagen y los gestos mismos de Jesús. ¡Qué mas da! Lo importante es que volvamos nosotros, y la Iglesia, cada día, a este molde eucarístico que nos configura con Cristo y nos hace su cuerpo, para que al menos en ese cada día, en ese fragmento de vida y de historia, seamos lo que debemos ser. E intentemos volver a serlo con perseverancia, con fidelidad cada día.

       Si la Iglesia no se ha desfigurado es porque cada día vuelve a configurarse con Cristo en la Eucaristía.

 

Como Cristo, hombre eucarístico para el Padre y para el mundo

 

       En el fondo, el sacerdote no recibe una inspiración externa o un modelo exterior, sino desde dentro lo reclama su configuración con Cristo a ser como El.

       Ser un hombre eucarístico significa ser una persona que vive de cara al Padre y de cara a los hombres esas actitudes que fueron las mismas de Jesús.

       Vivir frente al Padre, en su presencia, para su gloria, abandonado a El, con el deseo de cumplir su voluntad, como un canal limpio y puro que trasmite las palabras, la voluntad, la vida del Padre. Vivir en actitud oblativa, pero con la generosidad que facilita el gozo del Espíritu.

       Y vivir de cara a los demás, eucarísticamente, significa: hacer de su vida un don, dando a los demás su tiempo, sus cualidades, compartiendo con ellos la vida. Con un toque de gozo, de gratitud, y de gratuidad.

       Sintiéndose realizado en ese don, haciendo que crezca entre los cristianos la cultura eucarística del compartir, del trabajo en común, del voluntariado, de la preocupación por el bien común.

 

1. El icono del sacerdote celebrante

 

En la persona de Cristo

 

       Si hemos de dar crédito a una observación del Cardenal Martini, no se ha desarrollado mucho la espiritualidad sacerdotal a partir de la celebración eucarística. Y, sin embargo, es necesario hacerlo.

       Ante todo, desde esa perspectiva que se ha desarrollado más en línea teológica que espiritual: en la persona de Cristo.

       Podemos citar unas palabras de Juan Pablo II en la Carta Dominicae Cenae: «El sacerdote ofrece el Santo sacrificio en la persona de Cristo, que quiere decir algo más que en el nombre o haciendo las veces de Cristo, es decir en la específica identificación sacramental con el sumo y eterno sacerdote que es el autor y el principal sujeto de este suyo y propio sacrificio en el cual, en verdad, no puede ser sustituido por ninguno. La toma de conciencia de esta realidad lanza una cierta luz acerca del carácter y del significado del sacerdote celebrante. Este, de manera sacramental y a la vez inefable, es introducido e inscrito en esa estrecha realidad sagrada, en la cual él, a su vez asocia espiritualmente a todos los que participan en la asamblea eucarística» (Dominicae Cenae n. 8).

       Comentando este texto el Card. Martini notaba que se trata de pasar de lo teológico objetivo a ese sentido subjetivo, existencial, psicológico. Se trata de caer en la cuenta y de no confiarlo todo a esa noción clásica, pero abstracta, del «opus operatum», que asegura, pase lo que pase, la eficacia del don. Es mejor llamar la atención acerca de esa subjetividad con la cual el sacerdote realiza ese «opus operantis Christi», que  en las palabras clásicas de San Juan Crisóstomo es prestar a Cristo la boca, las manos, las palabras y el corazón para ejercer su sacerdocio.  Y todo eso requiere una dimensión de pedagogía y de mistagogía de la celebración. Pedagogía y mistagogía para saber celebrar y para entrar de lleno en ese dinamismo de la celebración.

 

En virtud del Espíritu Santo

 

       La celebración requiere, pues, la total transparencia y osmosis con el Espíritu Santo, la total verdad de las palabras, de los signos, de los sentimientos, dejando a su acción la necesaria suplencia de debilidades y límites humanos. Los orientales hablan del Espíritu como aquel que concelebra con nosotros. Una rúbrica de la liturgia oriental bizantina es muy significativa. Mientras los ministros se preparan para celebrar, el Diácono dice al sacerdote: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el Altísimo te cubrirá con su sombra». Y el celebrante lo confirma con estas palabras: «El Espíritu Santo concelebrará («silleitourgései») con nosotros todos los días de nuestra vida». De esta forma el sacerdote, hecho icono vivo de Cristo, puede celebrar con la fuerza del Espíritu Santo que modelará desde dentro sus voz, sus gestos, su plegaria.

       Todo presidido e impregnado por la fuerza de la vida teologal, clave mistagógica de toda celebración en el Espíritu.

 

Saber celebrar en comunión con la asamblea

 

       El sacerdote tiene que saber celebrar presidiendo la asamblea. Ni con los ojos cerrados, ni distraído, ni extrovertido, sino con la noble actitud de quien es cabeza de una comunidad eucarística y sabe que sus gestos, el tono de su voz, la unción de sus palabras, la forma viva de celebrar influye en los demás.

       Un sacerdote que está en comunión con la asamblea, «coram ecclesia», que no quiere «decir frente a la Iglesia», sino en presencia de la asamblea y en comunión con ella, como hermano entre los hermanos por el sacerdocio común, y como cabeza de esa Iglesia eucarística en cuanto posee el sacerdocio ministerial para servir al sacerdocio de los fieles.       

       En el momento en que se pone de moda el sentido mistagógico de la celebración eucarística, es conveniente que nos adentremos en lo que puede ser una verdadera iniciación y experiencia de la celebración eucarística, según el triple principio: conocer para celebrar; celebrar para vivir; vivir para celebrar.

       Ante todo es necesaria la catequesis mistagógica o iniciación a la celebración, con una plena comprensión del sentido de cada gesto y de cada palabra, de la conjunción de los varios "sintagmas", o elementos rituales, que constituyen las unidades consecutivas de la celebración y su dinamismo interno; no sólo de las cuatro partes que constituyen la estructura la misa (ritos iniciales, liturgia de la palabra, liturgia eucarística, ritos finales), sino de las unidades internas de cada una de esas partes, que no se pueden desligar, empobrecer o ignorar, sin poner en peligro la unidad celebrativa.

       Dentro de esta unidad se entienden mejor los elementos que constituyen el entramado mismo de la celebración, una especie de infraestructura que establece la coherencia misma ritual y espiritual, el diálogo vital entre Cristo y la Iglesia, entre el celebrante y los fieles, la interacción entre los diversos ministerios. Es el principio del conocer para celebrar.

       La mistagogía de la celebración supone entrar totalmente en el juego divino-humano de la Eucaristía, dejarse envolver por el misterio, desde la vida teologal, que como hemos dicho es la clave de esa antropología sobrenatural que permite acoger, dialogar, actuar, vivir. Desde esa antena teologal se eleva la calidad de nuestra adhesión a ese otro mundo de los misterios que exige un cambio de actitud y una adhesión personal y comunitaria de carácter contemplativo.

       Lo requiere la paradoja de la cercanía/distancia, respecto al mundo de las acciones normales de lo cotidiano, que es la naturaleza misma de la celebración, de su lenguaje, de los ritos, de los elementos simbólicos que rodean y constituyen el entramado de la misa. Lo solicita el profundo sentido de la condescendencia del Dios cercano de las estructuras sacramentales - palabras, gestos, pan y vino - y su trascendencia que nos remite a la verdad del misterio invisible.

 

Una experiencia espiritual, personal y comunitaria

 

       El principio de la espiritualidad de la celebración es la verdad misma de la revelación, con la bondad de la comunión salvífica de Dios en Cristo, y la participación en la vida divina mediante el Espíritu Santo en la sacramentalidad de la Iglesia. Todo ello tiene una intrínseca belleza y armonía que eleva todo el ser humano, toda la comunidad celebrante; de esta forma la celebración litúrgica del misterio de la salvación está capacitada para realizar una auténtica promoción de la espiritualidad, en su vertiente teocéntrica y contemplativa, y en su dimensión antropológica y social. Todo ello se concentra en la celebración misma de la Eucaristía en la que, como en un molde hay que vaciar, con intensidad teologal, los más altos sentimientos y la más bella expresividad de los gestos, palabras y ritos, para que todo quede como «iconizado», en la máxima manifestación del misterio de Cristo y de la iglesia que es precisamente la celebración de la eucaristía.

       En efecto, es precisamente en esa plena identificación con la presencia y los sentimientos de Cristo y de su iglesia, en el encuentro sacramental del Esposo y de la Esposa, en la celebración memorial y sacramental del momento culminante de la salvación, el misterio pascual, actualizado en cada eucaristía, que la espiritualidad cristiana se renueva y se concentra, se expresa y se celebra, con toda su riqueza objetiva y con todas sus exigencias de participación subjetiva. Sin dualismos, de manera que se extienda a la vida cotidiana, a la caridad y al apostolado.

       Todo ello requiere superar la mentalidad de la mera participación activa de los fieles, para entrar en una visión más profunda que es la de la celebración o con-celebración de todo el Pueblo santo de Dios, en la variedad de los ministerios. En esa celebración toda la asamblea, con sus presencias y ministerios, pone de relieve que se trata de sujetos activos, necesarios, co-ministros que concelebran en el mismo Espíritu Santo. Y esto supone, dentro del dinamismo de la estructura e infraestructura de la misa, un celebrar en el Espíritu y en la verdad. El Espíritu hace que lo divino - la presencia, la palabra, la realidad del misterio de Cristo - penetre en el tiempo y en el espacio, en la misma realidad humana de los ministros y de la asamblea celebrante; y permite también a la comunidad celebrante franquear el umbral del misterio con la plegaria y los gestos sacramentales.

 

En comunión con la asamblea

 

       El sacerdote que celebra en comunión con la asamblea lo hace con una verdadera relación afectiva hacia la Iglesia eucarística que preside.

       Con el afecto sobrenatural y a la vez humano que suponen todas esa palabras hermosas que El dirige a la asamblea. En efecto, a esa comunidad, con el saludo inicial desea la paz, la presencia de Cristo, la comunión trinitaria. Sobre esa asamblea invoca el perdón. Asegura la presencia de Cristo y la verdad su Evangelio, la realización cotidiana da la historia de la salvación, con la palabra y su explicación homilética, invita a participar plenamente en la plegaria eucarística que él profiere, ante el Padre, en nombre de Cristo y de toda la Iglesia, con la fuerza del Espíritu. Invita a mantener la conciencia filial al rezar juntos el Padre nuestro; ofrece la paz de Cristo, antes de ofrecer a los fieles el cuerpo y la sangre del Señor. Les desea que continúen viviendo la Eucaristía en la experiencia cotidiana en el envío final, tras haberlos bendecido en el nombre de la Trinidad.

       Se trata de palabras y gestos importantes para decirlos y vivirlos. Son palabras humanísimas y a la vez divinas, para que la asamblea se sienta en esa realidad divina y humana de la Iglesia, comunidad de hermanos y de hijos de Dios.

 

2. La especificidad de la espiritualidad eucarística

 

Con los mismos sentimientos de Cristo

                  

       El secreto de una espiritualidad eucarística está precisamente en celebrar la Eucaristía y vivir todos sus compromisos y virtualidades. Sin que lleguemos a ser, como decía el Card. Martini en una ocasión, la contradicción misma de lo que celebramos. Esa especie de desmentido del profesionalismo que nos lleva a una forma mecánica de celebrar, que provoca en nosotros la desgana y el tedio, el no sentir ya nada dentro de nosotros.

       Es verdad que la experiencia espiritual no se improvisa, incluso que en la experiencia espiritual hay momentos de prueba y de aridez, incluso de pruebas pasivas purificadoras y noches oscuras de la misma celebración eucarística. Poco a poco se interioriza y purifica la motivación del celebrar, se pasa de los primeros entusiasmos a la aridez, y se crece y se madura cuando cada día se siente la novedad de la celebración, desde el amor a Cristo y a la asamblea.

       Pero a parte de esos momentos difíciles, lo normal es que el sacerdote tenga siempre abierto en la perseverancia cotidiana el camino hacia una experiencia de normalidad, vivificada por la vida teologal. No olvidemos que la Eucaristía en su misma estructura, es algo tan sencillo como la palabra, el pan y el vino que compartimos en la mesa familiar. No hay teofanías ni milagros aparatosos. Pero puede crecer nuestra espiritualidad eucarística, si la vivimos con los mismos sentimientos de Cristo ante el Padre. Es la exaltación de la normalidad de vida cotidiana.

       Esos sentimientos se reflejan sobre todo en la predicación de la palabra, como ministerio cotidiano de evangelización, en la oración eucarística. Sentimientos de Cristo evangelizador y de Cristo en su misterio pascual.

 

Una plegaria filial: con los ojos puestos en el Padre

 

       Una cualidad de los sentimientos de Cristo que el sacerdote vive en la celebración, es la dimensión filial de la Eucaristía.

       La plegaria eucarística exige del celebrante y de toda la asamblea del pueblo de Dios -la iglesia eucarística- una profunda actitud teologal, ya que se trata de una plegaria a la vez dicha con audacia, con «parrhesía», «en alta voz y descubiertos los rostros», como se expresa una de las más antiguas anáforas cristianas, y con docilidad filial, suavemente empujados por el Espíritu.

       Es plegaria filial en su diálogo abierto con el Padre a quien se dirigen normalmente todas las expresiones; es oración presidencial, porque desde siempre se ha reservado al presidente de la asamblea. Lo cual quiere decir que el sacerdote expresa el nosotros filial y familiar de toda la Iglesia celebrante.

       Desde el prefacio hasta la doxología, el sacerdote invoca al Padre, descubre sus atributos paternos, lo reconoce como fuente de todo bien y como meta de toda la plegaria. Es un momento importante para que el sacerdote recupere su dignidad y su confianza de hijo.

 

Una oración que interpreta y asume la oración de toda la Iglesia

 

       Pero la oración del sacerdote no es sólo suya. Es oración eclesial, conserva el tono plural de la Iglesia entera, familia y pueblo de Dios, según las hermosas expresiones del canon romano. Ya San Juan Crisóstomo insistía en esta dimensión comunitaria del nosotros de la plegara eucarística, para que todo el pueblo se viese reflejado en los sentimientos expresados por el sacerdote: «Vemos que la oración eucarística es común, ya que el sacerdote no da gracias -no «eucaristiza» - por sí solo sino que el pueblo «eucaristiza» con él, ya que el sacerdote no comienza su acción de gracias sino después de haber obtenido la conformidad de los fieles, expresada en la frase «Es justo y digno»... Pues bien, todo esto os lo digo para que todos vosotros estéis atentos, es decir, todos los fieles, aun los más simples, a fin de que caigamos en la cuenta de que formamos todos un solo cuerpo y que entre nosotros no existe más diferencia de la que puede haber entre los miembros de un mismo organismo». (Com.in 2 Cor.,Hom. 18,3: PG 61,527).

       El mismo sentido dialogante, propio de muchas anáforas antiguas y de algunas recientes, ofrecen el pleno sentido de una participación en la que el plural oracional no puede ser simplemente mayestático, expresión del «nosotros» del ministro o de los concelebrantes, sino más bien, como parece expresar el canon romano, en su típico equilibrio: el de la ministerialidad propia de los sacerdotes y la asociación sacramental de los fieles a la ofrenda del sacrificio: «nosotros tus siervos y todo tu pueblo santo».

       En la voz del sacerdote tiene que reconocer la asamblea su propia voz. Y en su oración el sacerdote tiene que llevar hasta el Padre la oración de toda la Iglesia.

 

Una plegaria universal y cósmica: con el corazón abierto a todos

 

       Toda la Iglesia es eucarística porque está llamada a ser lo que celebra. La Iglesia aparece en toda su belleza sacramental de Esposa y Cuerpo de Cristo cuando celebra los sagrados misterios. Sus rasgos son bellos como nobles son las expresiones de su oración y los sentimientos de gozo, humildad y confianza con que la vive. Desde el punto de vista de una estética teológica, nada iguala la nobleza de las expresiones que el canon romano pone en los labios mismos de la Iglesia, para decirse y revelarse ante el Padre, al describir su misterio y su ministerio. Ante el Padre se presenta como «tu iglesia, santa y católica», pide ser pacificada y protegida, gobernada y congregada en la unidad en toda la tierra. Una iglesia que se pone filialmente ante la presencia del Padre y a él se confía sabiendo que conoce sus necesidades, quiere socorrerlas y acepta su oblación.

       Es la Iglesia que se siente en comunión, en el cielo y en la tierra, con la Virgen María, los apóstoles, los mártires y confesores de los orígenes. Una comunidad orgánicamente constituida por los ministros, siervos del Padre, pero en la circularidad de una familia santa, de un pueblo santo, que Dios mismo ha colmado de sus dones y cuyos orígenes se remontan a la Iglesia primordial, en Abel, Abrahán y Melquisedec; y así pide la plenitud de la bendición del cielo para sí; para los difuntos la bienaventuranza, la luz y la paz; para los ministros concelebrantes el perdón y la misericordia; para todos la participación en la gloria de los santos : «no por nuestros méritos sino conforme a tu bondad». Tenemos todos los aspectos y motivaciones de una espiritualidad eclesial eucarística marcada por las palabras del canon romano.

       Otras plegarias y las anáforas de Oriente reflejan otros títulos, funciones y características de la iglesia eucarística: su ser un solo cuerpo y un solo espíritu, ofrenda viviente, sacrificio agradable, pueblo peregrino, presente en la tierra con los valores del reino, en ardiente espera de la gloria.

       La dimensión cósmica de la eucaristía abraza el recuerdo de la creación y la esperanza de los cielos nuevos y de la tierra nueva, pasa por el recuerdo del pan y del vino que son frutos de la tierra y del trabajo del hombre y han dejado huella en esa visión lisonjera que el n. 38 de la «Gaudium et Spes» ofrece del pan y el vino, prenda de la esperanza y viático para el camino, que se convierten en el cuerpo y sangre gloriosos de Cristo y son cena de la comunión fraterna y pregustación del banquete celestial.

       Toda la creación vuelve idealmente al Padre en el movimiento de ofrenda de Cristo y de la iglesia.

       La tierra tiene carácter eucarístico, porque en una visión cristiana es el lugar de la presencia de Dios, habitación del Verbo, de la bendición y de la alabanza. Así lo expresan de manera prolija algunas anáforas antiguas, como la gran oración eucarística del libro VIII de las Constituciones Apostólicas, y así lo vuelve a proponer de forma poética e inculturada la plegaria eucarística para las diócesis del Zaire con estas bellas expresiones de alabanza: «Por él, (Cristo) has creado el cielo y la tierra. Por él haces que existan los ríos del mundo, las playas, los arroyos, los lagos y todos los peces que en ellos viven. Por él haces vivir las estrellas, los pájaros del cielo, los bosques, las sabanas, las llanuras, las montañas y todos los animales que allí viven. Por él has creado todas las cosas que vemos y aquellas que no vemos» (Missel Romain pour les diocèses du Zaire, Kinshasa 1988, p. 23).

       La Eucaristía afirma que la salvación tiene una dimensión cósmica y por eso la intercesión universal, como hemos visto, pide la preservación de la creación del pecado y de la muerte, su transformación gloriosa. La celebración tiene una dimensión cósmica y la Iglesia asume, como en un paraíso anticipado, el tiempo y el espacio, las plantas y las flores, como símbolo de la creación entera que tiene que ser rescatada del pecado.

 

3. Con los sentimientos de la plegaria eucarística

 

       La oración eucarística expresa ante todo una serie de sentimientos profundos del corazón humano, elevados por Cristo y en sintonía con El, modelados por su Espíritu, a la dimensión de oración-celebración del misterio de la salvación. Pero en clara dimensión filial. La única raíz del amor florece en esa serie de actitudes orantes que modulan como una melodía filial. A través de los verbos empleados en la plegaria eucarística IV podemos sintetizar los sentimientos más nobles de la plegaria.

       Ante todo la alabanza y la acción de gracias en una variada constelación de verbos: "Es justo darte gracias y deber nuestro glorificarte... También nosotros, llenos de alegría, aclamamos tu nombre cantando...Te alabamos, Padre Santo..."

       En segundo lugar la súplica confiada al Padre para que envíe el Espíritu: "Te pedimos que este mismo Espíritu santifique, Señor, estas ofrendas..."

       En tercer lugar la dimensión de la oración que actualiza la presencia y la mediación del Hijo, de quien hablamos al Padre, de quien recordamos su persona, sus gestos, su última cena, los misterios de su Pascua». "Al celebrar.. recordamos ... y mientras esperamos su venida gloriosa te ofrecemos..."

       Por último, la súplica confiada que se hace intercesión: "Dirige tu mirada... para que seamos víctima viva.... Acuérdate... Acuérdate... Padre (haz) que nos reunamos... Y te glorifiquemos...".

       En esta serie de verbos fundamentales tenemos las expresiones de acción de gracias, glorificación, aclamación, alabanza, que expresan la oración adulta de conocer y reconocer la bondad de Dios y de sus obras; la petición o invocación del Espíritu, que expresa a la vez la pobreza y la confianza de la Iglesia; la memoria y oblación de Cristo y de la Iglesia en una actitud de adoración y entrega total; la intercesión confiada y atrevida por todos los hombres.

       Vamos a comentar brevemente estos sentimientos fundamentales de la oración eucarística.

 

El sentido de la alabanza

 

       Toda la oración eucarística está transida de un sentimiento de acción de gracias que se hace alabanza, memoria grata de los hechos de la salvación, bendición del nombre santo de Dios, desde el principio - en el prefacio - hasta el final, en la doxología.

       Damos gracias a Dios por lo que El es. Por lo que el ha hecho en la historia de la salvación, por la creación y por sus alianzas, por el don de Cristo y del Espíritu, por la Iglesia y por lo que esperamos nos conceda al final de los tiempos.

       En la plegaria eucarística resuena la misma actitud de glorificación y alabanza que los evangelistas ponen en labios de Cristo y sobre todo la glorificación de Dios, el Padre santo, que resuena en la oración sacerdotal de Jesús.

       De esta forma la Iglesia recupera la forma más noble de la oración cristiana que es la de la glorificación y de la alabanza: conocer, reconocer, ser conscientes que todo es gracia. Devolver en actitud eucarística el don que se nos da desde la gratuidad de Dios. Volver a bendecir porque todo lo que viene de Dios es pura bendición en Cristo.

 

La súplica que confiesa la necesidad del Espíritu Santo

 

       La plegaria eucarística es epíclesis, invocación, súplica para que el Padre nos conceda el don de su Hijo, la presencia del misterio pascual aquí en la tierra, con el memorial de la pasión salvadora de Cristo. Al pedir e invocar este don, pidiendo la mediación de la acción del Espíritu, la Iglesia reconoce a la vez su pobreza y su confianza.

       Sin el Espíritu, la Iglesia no puede tener la certeza de la presencia del misterio eucarístico. Pero con la invocación al Padre, por medio de Cristo, de la venida del Espíritu, tiene la certeza de esa presencia viva y salvadora de Cristo. El Espíritu realiza, como en simetría analógica, su venida sobre los dones, como en la Encarnación sobre María, y sobre nosotros como en Pentecostés sobre los apóstoles: el cuerpo eucarístico de Cristo y el cuerpo místico de la Iglesia.   

       La tradición litúrgica de las anáforas alude con frecuencia a estos dos momentos de la acción del Espíritu.

       Conocemos el sentido profundo de la epíclesis eucarística. Una plegaria normalmente dirigida al Padre a quien pedimos la efusión del Espíritu sobre los dones de la Iglesia para que sean cuerpo y sangre de Cristo.

       Quiero subrayar aquí en un tema tan conocido y explicitado sólo algún detalle.

       La Iglesia interpela el Padre para que derrame su Espíritu. Lo hace con frecuencia al hilo de las palabras de Sanctus: "Santo eres en verdad Señor, fuente de toda santidad..."

       La introducción más solemne de la epíclesis la tenemos en la tercera plegaria eucarística con su dimensión trinitaria: "Santo eres en verdad, Padre, y con razón te alaban todas tus criaturas, ya que por Jesucristo tu Hijo con la fuerza del Espíritu Santo das vida y santificas todo..."

       En la IV plegaria la conexión arranca del misterio de Pentecostés, del que se hace mención en el Post-sanctus, con el que Cristo «envió, Padre, al Espíritu Santo como primicia para los creyentes, a fin de santificar todas las cosas, llevando a plenitud su obra en el mundo...»

       El Padre es el hontanar vivo del Espíritu. Las expresiones de la epíclesis son variadas: pedimos al Padre la efusión santificadora del Espíritu (con el rocío del Espíritu, como se ha conservado en la II Plegaria de la reconciliación), o pedimos que el Espíritu santifique los dones o las ofrendas. O pedimos que envíe el Espíritu.

       Si tuviera que citar la epíclesis más amplia y articulada que se encuentra en la colección de Plegarias antiguas tendría que referirme a la Anáfora griega de Santiago, de impecable estructura trinitaria, como las otras de la tradición antioquena, con una sola epíclesis, puesta después de la consagración y de la anámnesis, pero con una hermosa pneumatología, unida siempre a la misión del Padre y del Hijo: "Envía sobre nosotros y sobre estos dones santos que ante ti presentamos, tu Espíritu Santísimo, Señor y Dador de vida, que comparte el trono contigo, Dios y Padre, y con tu Unigénito Hijo, que reina con vosotros consustancial y eterno, que habló en a la Ley y los profetas y descendió en el tiempo de tu Nueva Alianza en forma de paloma sobre nuestro Señor Jesucristo en el río Jordán y reposó sobre él, que descendió en lenguas de fuego sobre tu santos apóstoles, en la habitación alta de la santa y gloriosa Sión en el día santo de Pentecostés. Envía, Señor, este mismo Santísimo Espíritu sobre nosotros y sobre estos sagrados dones que te presentamos..."

       La Iglesia, con la oración sacerdotal del presbítero, pide y recibe el Espíritu. Lo pide confiadamente en nombre de Cristo y sabe infaliblemente que lo recibe. Todo por su acción santificadora. Y la plenitud del Espíritu derramado sobre los dones hace que la Iglesia participe plenamente en la comunión con el Padre, con Cristo, en la plenitud de un solo Cuerpo y un solo Espíritu.

 

El gozoso «Amen» de la oblación personal con Cristo

 

       La celebración de la Eucaristía tiene también en su centro no sólo la presencia del misterio, sino su oblación. Oblación en la que Cristo asume consigo a la Iglesia para presentarla al Padre.

       Tiene conciencia la Iglesia especialmente en este momento crucial, entre el memorial y la oblación, entre el «memores» y el «offerimus», que lo que hay en el altar y, al menos idealmente, levantamos como ofrenda hacia el Padre el pan y el cáliz, como hace el celebrante en algunos ritos de la familia bizantina, en este preciso momento: La Eucaristía es puro don de Dios Padre a su Iglesia. Lo decía el canon romano con precisión: "de tuis donis ac datis", "de los mismos dones que nos has dado". Lo glosa emotivamente la IV Plegaria eucarística: "Dirige tu mirada sobre esta víctima, que tú mismo has preparado a tu Iglesia". Lo repite la Anáfora de San Juan Crisóstomo y lo acentúa la de Basilio: "te ofrecemos lo que es tuyo de lo que es tuyo, en todo y por todo".

       Es el culmen de la gracia y de la gratuidad. Ofrecemos al Padre lo que él mismo ha puesto en nuestras manos para que se lo volvamos a ofrecer. Llena nuestras manos de sus dones. No hay nada que no le pertenezca, pero El mismo nos ha llenado las manos del don de su Hijo, víctima santa, para que se la ofrezcamos. La Eucaristía es don del Padre a nosotros, a "tu Iglesia", para que se lo podamos ofrecer como oblación. La Iglesia no ofrece sino lo que recibe y en la medida en que lo recibe; no ofrece sino lo que ha recibido. Pero al levantar hacia el Padre los dones que El ha puesto en las manos de la Esposa, no puede menos de ofrecerse como cuerpo unido a su cabeza, como Esposa unida con el Esposo.

       Es la idea que ya repite S. Agustín con frecuencia. Cuando la Iglesia ofrece el cuerpo de Cristo se ofrece a sí misma con Cristo: "Este es el sacrificio de los cristianos: Muchos somos un solo cuerpo en Cristo. La iglesia celebra este misterio en el sacramento del altar, bien conocido por los fieles porque en el se les revela que en lo mismo que ofrecen se ofrece a si misma la iglesia...El Señor mismo quiso que el sacramento cotidiano de esta realidad fuera el sacrificio de la Iglesia, la cual siendo su Cuerpo del que El es Cabeza, sabe que se ofrece a sí misma por medio de El" (Citado por el Catecismo de la Iglesia católica n. 1372)

 

El corazón abierto a la intercesión

 

       Finalmente, la plegaria eucarística, se resuelve en una intercesión amplia, universal. Por la Iglesia y por el mundo. Por los difuntos y por todos los hombres y mujeres que han poblado la tierra y cuya fe sólo Dios conoce. No hay exclusiones en la Eucaristía que es memorial del sacrificio de Cristo con valor universal de redención y de santificación.

       Para captar el sentido de la intercesión, tan confiadamente propuesta a Dios Padre, quisiera citar una típica intercesión de las anáforas orientales.

       Amplia, por ejemplo, es la intercesión de la Anáfora de San Basilio que se complace en describir ante Dios Padre toda la variedad de las vocaciones que componen la iglesia, casi con el escrúpulo de no poder nombrar a todos y cada uno: «Acuérdate, Señor, de los que viven en la virginidad, practican el ayuno y la ascesis... Educa a los niños, instruye a los jóvenes, sostén a los ancianos, consuela a los afligidos, reúne a los dispersos, conduce al recto camino a los errantes y  congrégalos en tu iglesia santa, católica y apostólica. Libra a los atormentados por los poderes del mal... asiste a las viudas, defiende a los huérfanos... Acuérdate de los que aman y de los que odian... Acuérdate tu mismo, oh Dios, de los que no hemos recordado por ignorancia, por olvido o por la multitud de los nombres. Tú que conoces de cada uno de ellos la condición y la edad desde el seno de su madre. Porque eres tú la ayuda de los abandonados, la esperanza de los desesperados, la salvación de los náufragos, el puerto de los navegantes, el médico de los enfermos... Sé todo para todos. Tú que conoces a cada uno, sus peticiones, su casa, sus necesidades».

       No tendríamos que restringir nuestra intercesión, al menos mentalmente, sino hacerla universal y concreta, cuando celebramos la Eucaristía.

 

4. De la eucaristía a la vida

 

       Cuando hablamos del sacerdote como hombre eucarístico no nos referimos sólo a su modo de celebrar la Eucaristía, o a su piedad eucarística personal.

       Quisiéramos hacer comprender que los sentimientos que vive en la Eucaristía celebrada, por ser los mismos sentimientos vividos por Jesús en su existencia cotidiana, tienen que hacer de él una persona que se deja plasmar por lo que celebra. Y tiene que dejarse eucaristizar por el misterio celebrado.

       Hay dos dimensiones que son importantes en esta vivencia de la Eucaristía. Eucaristizar su oración y eucaristizar su vida.

       Eucaristizar su oración significa simplemente, en este contexto, invitar a hacer de su oración un reflejo de la eucaristía celebrada: una oración que en la «lectio divina» prolonga la liturgia de la palabra. Y una oración que es capaz de orar la palabra y la vida con las mismas actitudes de la oración eucarística: alabanza, súplica, oblación, intercesión.

       Eucaristizar la vida es hacer que poco a poco esas actitudes de la plegaria eucarística vayan creando una especie de antropología sacerdotal eucarística. Vamos a intentar decirlo con brevedad.

 

El sacerdote hombre de la gratitud y de la gratuidad

 

       La Eucaristía nos sitúa siempre ante un Dios que es la fuente de todo don y de toda gracia. Ante este Dios hay que responder con gratitud. Tener ojos limpios para ver que todo es gracia. Saber leer la propia historia como una historia de salvación, con gratitud por los dones de Dios, incluso por esas felices culpas que nos llevan o nos han llevado a reconocer a Cristo más hondamente como nuestro Redentor.

       Ser persona grata es tener una actitud noble ante Dios y ante los hombres, si un corazón agradecido es un corazón bien nacido. Ese saber dar gracias y ser para Dios y para los hombres “hombres gratos”, criaturas del agradecimiento, es algo de una importancia capital para cambiar la cultura del egoísmo.

       Ojalá cada uno de nosotros sepa decir con una hermosa canción del Movimiento de los Focolares, reconociendo todo lo que hemos recibido y recibimos de Dios: «Soy gracias, por todo y por siempre...» La Eucaristía nos educa a la gratuidad. No a la cultura del egoísmo, sino a la cultura de don y del donarse.

       Una cultura que tenemos que propagar porque es la cultura de Jesús, del Cristo jubilar, del hombre que pasó haciendo bien a todos. Con gratuidad. Hasta dar la vida.  Una cultura típica del año 2000 del Jubileo bíblico del Antiguo Testamento y de la comunión de bienes de la iglesia primitiva.

 

Persona de la súplica y de la intercesión por su pueblo

      

       El sacerdote sabe, por su propia experiencia, que él y todos tenemos necesidad sólo de una cosa: del Espíritu Santo. Con él todo el posible. Sin él todo es precario. Por eso Jesús non enseña que no negará nunca el Espíritu a quien se lo pida en su nombre al Padre con confianza (Cfr. Lc 11,13) Otras cosas no nos concede, pero el Espíritu nunca nos lo niega.

       La epíclesis de la Eucaristía significa en la vida real tener y propagar entre los fieles una confianza infinita en el Espíritu Santo, pedir sus dones, manifestar sus frutos, crear las condiciones, como María hizo en Pentecostés con los apóstoles, para que viniera el Espíritu: la perseverancia de la fidelidad, el fervor de la oración, la concordia y la unidad de los corazones.

       Las comunidades que tenga esta sensibilidad tendrán todos los dones y frutos del Espíritu. De estos dones y frutos tiene necesidad nuestra Iglesia, en todas sus instancias, para el próximo milenio.

 

Como Cristo pan que se parte y se reparte

 

       El sacerdote que celebra la Eucaristía aprende, o puede aprender cada día, que el gesto de la Cena y el gesto de la cruz, el pan y el cuerpo entregados, el vino y la sangre derramadas, no son realidades aisladas, sino el gesto fundamental y supremo de Jesús,  hecho memorial cotidiano, para que la Iglesia viva como El vivió, en una actitud de donación.

       Esta antropología eucarística que hace el hombre nuevo, nos indica fundamentalmente el modo de ser cristianos, de continuar en ese «como» ontológico de la vida trinitaria que continúa en la Iglesia, el modo de ser de Dios. Un don que se reparte en la creación, que se entrega en la Encarnación, que se derrama con el Espíritu en la santificación.

       Ser don para los demás, provocar una reacción en cadena de don en la gratuidad. He aquí la gran revolución eucarística, nunca del todo actuada, que ya en la Didaché hacía decir: "Si tenenos en común los bienes celestiales, ¿por qué no compartiremos también los bienes materiales?" (Didaché 4,8).

       Volvamos a la cultura del don. Dar la propia vida, empezando por darla los unos por los otros. Este es el pacto de la Eucaristía, al comer el mismo pan y beber juntos el cáliz. La conjura de la unidad, el brindis de la comunión y del pacto de la fraternidad, sellado con el cuerpo y la sangre del Señor.

 

       Podríamos hablar también de una espiritualidad de la intercesión, es decir de la mediación, del diálogo. Del sacerdote capaz de llegar a los lugares más difíciles, descubrir las nuevas pobrezas, hacerse abogado de los pobres, ser mediador de todas las causas justas. Interceder con misericordia, incluso por los injustos. Para que nadie se sienta excluido del amor de Dios.

 

Animador de una espiritualidad eucarística

 

       En la medida en que el sacerdote tiene un ministerio central de la presidencia de la Eucaristía, puede y debe ser animador de una vida eucarística, entendida desde estas perspectivas nuevas, como realización de una espiritualidad viva. La comunidad cristiana no puede simplemente celebrar la Eucaristía. Tiene que vivirla. Jesús en la Eucaristía nos ha dejado el memorial de su existencia hasta el don supremo de sí. La celebración del memorial de su vida y de su pasión nos empuja a vivir, con él, como él.

       Los ministerios ejercitados en la liturgia son ministerios que requieren una continuidad en la vida cotidiana. La palabra proclamada se transforma en catequesis, la plegaria común en promoción de una pastoral de la oración; los que recogen las limosnas, tendrían que ser los que promueven los compromisos de la caridad y del servicio.

       De este modo la liturgia eucarística podrá plasmar, como diremos. una comunidad eucarística que vive como celebra y vive lo que celebra. Con la fuerza misma de lo que celebra: el memorial de Cristo. Para sembrar con el culto y la vida la memoria viva de Jesús.

 

Una eucaristía que plasma y transforma la comunidad

 

       En densas y sugestivas páginas de espiritualidad eucarística, F. X. Durwell habla del «rostro eucarístico de la Iglesia»; es decir, de aquella imagen ideal que la Iglesia ofrece de sí cuando celebra la eucaristía. Los rasgos luminosos del rostro eucarístico son simplemente los de una Iglesia que ama -en el sacramento del amor de Cristo hasta el don de la vida-; de un Iglesia que cree y sabe, o sea, que en la fe posee el secreto de la vida y de la historia, y celebra la fe que le ha sido dada; de una  Iglesia que espera, y se proyecta hacia el día del Señor; de una Iglesia destinada a la resurrección, lavada de sus pecados, evangélica en sus compromisos, porque es evangelizada y evangelizadora. De una Iglesia «imagen de la Trinidad». De una Iglesia que tiene también un rostro mariano (Cfr. F.X. DURWELL, La eucaristía sacramento pascual, Salamanca Sígueme, 1982, pp. 142-153).

       Este rostro eucarístico de la iglesia está destinado a ser mostrado al mundo en la continuidad de la vida eucarística que surge de la celebración. La eucaristía es, entonces, la forma de vida de la Iglesia, el molde interior en el cual se vacía cada día, para recibir en la gracia del Espíritu el semblante mismo de Cristo, el primogénito. Sin la Eucaristía la Iglesia se deforma, no adquiere el rostro eucarístico que la hace semejante a su Esposo. Con la eucaristía se conforma y se transforma, día tras día, con Cristo, en la gracia del Espíritu Santo, que es el iconógrafo interior de la belleza y la santidad eclesial, tanto en todo cuerpo eclesial como en cada uno de los miembros.

       Vivir al unísono con lo que se celebra y vivir lo que se celebra: ésta es la lección vital, cada día nueva, en el don renovado de la Eucaristía.

       Los cristianos que participan en la Eucaristía se hacen partícipes del misterio del Crucificado resucitado, o sea, de aquel misterio que está en el centro de nuestra fe y de nuestra vida. En la celebración cotidiana se aprende a ser, en la oblación de sí y en el amor hacia los hermanos, "eucaristía para el mundo", así como Cristo ha sido y es todavía en la celebración cotidiana del misterio, "eucaristía para el Padre y para la humanidad".

 

En favor de socialidad eucarística

 

       En la espiritualidad de los Padres de la Iglesia, como Juan Crisóstomo o Basilio, hay una relación indisoluble entre el sacramento de la Eucaristía y el sacramento del hermano. Son de sobra conocidos los textos de Juan Crisóstomo que proponen la analogía entre la presencia de Cristo en la Eucaristía y su presencia en el hermano, en un paralelismo entre las palabras de la institución y las palabras del juicio final, en el capítulo 25 de Mateo.

       Son célebres, entre otros, los textos de su Hom. 50 in Math., 3-4: PG 58, 508-509 (que se encuentra en el oficio de lecturas del sábado de la XXI semana del tiempo ordinario). Si con la celebración tenemos «el cielo en la tierra», clásica expresión de la liturgia oriental, con la caridad social que se desprende de la celebración y que lleva la vida eucarística hasta los hermanos necesitados, con la fuerza de una socialidad eucarística, conseguimos, según la certera expresión de Juan Crisóstomo que la «tierra se convierta en cielo»; se trata de una actitud que favorece la "mística" del hermano y del pobre, en particular. (Sobre este tema cfr. el estudio de N. BROX, «Hacer de la tierra el cielo». Diaconía en la Iglesia primitiva, en "Concilium"  24 (1988) n. 218, pp. 53-61).

       O. Clément ha hablado de la tragedia eclesial que supone una disociación entre el sacramento de la eucaristía y el sacramento del hermano. Sin una referencia a la Eucaristía el servicio tiende a secularizarse; sin la pasión por el hermano que hay que servir, la Eucaristía se empobrece en una simple actitud devocional.

 

Conclusión

 

Eucaristizar la vida personal

 

       La celebración de la plegaria eucarística, y por lo tanto de nuestra participación orante y comprometida en el sacrificio y el banquete eucarístico, es el momento culminante de la espiritualidad de la Iglesia en su ser y en su obrar. En ella alcanza la plenitud de su ser Iglesia, en oración delante del Padre, en comunión con Cristo, llena del Espíritu. Aunque el momento sacramental necesite siempre una explicitación vital en el compromiso y en el testimonio de vida eucarística, por la comunión con el misterio que celebra y la alta expresión de vida teologal que la celebración requiere. Se trata de una espiritualidad que podemos desglosar en algunas afirmaciones fundamentales.

       Tanto los sacerdotes que celebran la Eucaristía como los fieles que con él «concelebran» el misterio de nuestra redención, expresan, de una manera muy intensa, en la medida que dejan impregnar sus sentimientos por las palabras de la plegaria eucarística, su ser eucarístico; pueden reestructurar conscientemente su modo de vivir de cara a Dios, al menos en esos intensos momentos sacramentales de la celebración, como personas «eucarísticas». Se trata de una expresión que no debe ser asumida con superficialidad ni rebajada a devocionalismo. En su significado cabal quiere decir que el hombre, el cristiano, consciente de su creaturalidad y de su llamada al diálogo con Dios, conoce y reconoce, alaba y da gracias a su Creador por la economía de la salvación realizada en Cristo. Y lo hace con el gozo que es típico de esta oración adulta y libre: la acción de gracias. Dar una dimensión eucarística a la propia existencia significa aceptar el misterio pascual como fuente, culmen y norma de la propia vida, y por ello volver constantemente al misterio que plasma nuestra personalidad con los mismos sentimientos de Cristo. Podemos decir que es persona de hondas raíces eucarísticas la que se convierte con su oración y con su vida, a imitación de lo que celebra, en «epíclesis», invocación del Espíritu, ofrenda viva, intercesión universal por la salvación del mundo. Y vive para Dios, según la expresión característica de Isabel de la Trinidad, como alabanza de su gloria, según la expresión paulina recogida en la IV plegaria: « seamos en Cristo víctima viva para alabanza de tu gloria».

 

Transformar la vida comunitaria y social

      

       La experiencia orante y celebrante de la Eucaristía puede y debe forjar una espiritualidad del ser y del deber ser de la Iglesia, desde su más alta dimensión sacramental hasta las más comprometidas dimensiones de una evangelización liberadora y de una socialidad eucarística.

       La celebración del misterio tiende a forjar o modelar una existencia que expresa la coherencia entre lo que se celebra y lo que se vive. Una existencia en la que la celebración pasa a la vida, en la dimensión del culto espiritual hacia Dios y en el amor al prójimo en el servicio. Ambas dimensiones están unidas indisolublemente en la espiritualidad eucarística de los Padres.

       La Eucaristía es fuente, culmen y norma de la vida de la Iglesia. En la plegaria eucarística podemos concentrar de un modo muy concreto esta afirmación que supone la espiritualidad del celebrar y del vivir al unísono de la confesión de la fe que se proclama, con la intensidad de los sentimientos que se expresan y con la conciencia de sellar una alianza que compromete a vivir lo que se ha celebrado.

       La espiritualidad de la plegaria eucarística puede dar un sentido nuevo a la oración, ya que ayuda a «eucaristizar» la oración personal y comunitaria, dejándola fluir por los cauces de la alabanza, de la invocación, de la ofrenda y de la intercesión, sobre todo en la típica expresión adorante ante el Santísimo Sacramento.

       Pero la espiritualidad que nace de la plegaria eucarística va más allá y quiere plasmar una actitud de vida personal, comunitaria y social, con amplias repercusiones en la vida diaria y en compromiso de los cristianos. Siempre me han impresionado estas palabras de Panayotis Nellas, teólogo ortodoxo, acerca del sentido cósmico y social de la Eucaristía, vivida y celebrada con esos sentimientos, que son como la clave de una espiritualidad en la que confluyen lo mejor de la tradición cristiana de Oriente y de Occidente:

       "La liturgia eucarística por ser fundamentalmente una adoración y una ofrenda, es también una reestructuración activa y responsable del mundo por parte de los cristianos. Tiene pues una dimensión fundamentalmente política. Puede restaurar el tiempo, el espacio, las relaciones entre las personas, la relación de los seres humanos con la naturaleza. Su carácter eucarístico, es decir su capacidad de recibir la vida, de acoger a los otros, los frutos de nuestro trabajo y la naturaleza, como dones de Dios, el hecho de ofrecernos mutuamente y de ofrecerlos juntos a Dios...en el gozo y en la gratuidad...este carácter es diametralmente opuesto al modo egoísta según el cual se ha organizado nuestra civilización o sociedad del consumo... Si este modo eucarístico de vivir se difundirá a través de los cristianos en nuestra civilización, ésta podrá liberarse de sus radicales insuficiencias, abrirse a la esperanza, al amor, a la fe y ser nuevamente cristianizada".

       Es decir, hecha cristiana desde su entraña, desde dentro y desde el centro de la Iglesia  misma que es la Eucaristía.

       Esta dimensión eucarística de la Iglesia ha sido confiada al ministerio sacerdotal. Desde esta perspectiva el ministerio del presbítero alcanza toda su hondura teologal y encuentra su dimensión de universalidad. La Eucaristía, encomendada a los presbíteros por Jesús en la ultima cena se convierte, puede convertirse, en el centro de una renovación total de la comunidad cristiana, como comunidad de culto, de intensa vida fraterna, de gozosa y concreta vida de servicio.

   La Eucaristía se coloca así, naturalmente, en el centro mismo de la pastoral, en le culmen de la vida de la Iglesia, a su servicio tienen que estar todas las instituciones eclesiales, como realidades que fluyen de la Eucaristía como fuente y a ella se orientan como culmen.




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CURSO DE ESPIRITUALIDAD SACERDOTAL - Por el Padre Jairo Ramírez
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