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EL HOMBRE FRENTE AL MAL

 P. Fabio López Mejía 

 

El hombre de hoy se plantea un interrogante, si Dios es amor, ¿por qué permite el mal?.  Ante este interrogante que busca encontrar una respuesta a algo muy existencial y por lo tanto muy propio del mismo hombre, tenemos que hacer algunas aclaraciones en algunos conceptos y analizar a la vez la misma composición de la misma pregunta.  Pareciera que la misma presencia del mal en el mundo lo único que hace es “constituir una negación de Dios”.  El hombre de hoy se pregunta:  Si Dios existe, ¿Por qué consiente que el mal se instale en nuestro mundo, que prospere y triunfe?, si Dios existe, ¿por qué calla y se esconde?  Este  mal escandaliza al hombre.  En algunos momentos resulta demasiado duro descubrir el mal y no descubrir a Dios.  En una palabra, si Dios existe debería eliminar el mal, y muchos llegan incluso a decir que si el mal triunfa, entonces Dios no existe, cayendo así en una ateísmo teórico y a veces hasta práctico.  Para tratar de dar respuesta a esta inquietud, veremos lo siguiente:  En un primer momento, es conveniente aclarar el concepto que tenemos de Dios.  Eliminar de este presupuesto inicial, el condicional “si” que pone como en tela de juicio el hecho de que “Dios es amor”(1 Jn.4,8).  En un segundo momento, debemos ubicar al hombre en el plano de la creación y con respecto a Dios, como obra culmen de toda la creación.  En un tercer momento podemos hacernos la pregunta inicial sobre el mal, después de haber tratado de dilucidar algo al respecto.  Por último, debemos hallar una respuesta o conclusión a esta pregunta hecha por el mismo hombre desde lo más profundo de su ser.

 

1. Dios es Amor:  Según nos lo expresa el Apóstol San Juan en su primera carta, y en su Evangelio nos lo repite constantemente (Jn.3,16; 1 Jn.4,8).  Dios es Padre misericordioso y además ha derramado su amor a través del Espíritu Santo en nuestros corazones, el cual nos hace exclamar Abbá, Padre (Rm.8,14-15), por lo tanto Dios es el Padre, no un padre dado que se puede confundir con facilidad y esto nos dificultaría entender el amor de Dios ya que son muchos los malos ejemplos de padres.  Antes de hablar un poco de las imágenes que se tengan de Dios, conviene que quitemos de esta proposición, como dije anteriormente, el condicional “si” porque pone como en tela de juicio el amor de Dios. 

 

Conviene entonces mirar ahora las imágenes que se tienen de Dios para así mostrar qué es Dios o mejor, Quién es Dios y qué no es.  En otras palabras, lo que buscamos es “desmitificar” el concepto que el hombre de hoy tiene acerca de Dios.  Para esto necesitamos sentir la experiencia viva de Dios en nuestras vidas, de Dios amor que nos ama, protege, cuida y siempre está acompañándonos y guiando nuestra historia.  Necesitamos “creer en un Dios enteramente bueno que nos quiere a todos por igual y que tiene hermosos proyectos para con todos sus hijos.  Creer en Dios que está presente y activo en todo lugar donde se busca y se realiza la justicia, la libertad, la verdad, el amor; en un Dios que siempre respeta la libertad y la dignidad humana; en el Dios que ha creado un universo maravilloso; en Dios que es misterio y que se va dando a conocer poco a poco, pero a quien nunca podremos comprender del todo; en Dios que es enteramente libre, del que nadie puede apropiarse, ni manejar o manipular; creer en Dios que se manifestó en Jesús, a través de María, mostrando así su radical solidaridad con la humanidad, que se hace semejante a nosotros compartiendo nuestros dolores y nuestras esperanzas, de forma que podamos acercarnos a él con toda seguridad y confianza; creer que Dios es familia y es comunidad, amor complementario entre las Tres Divinas personas; creer en que Dios está presente en todos los acontecimientos de la historia y que por lo tanto dirige y guía la historia a su destino”.  NO podemos creer, o mejor, debemos “desmitificar” la imagen de Dios como un “dios araña”, siempre en vigilante espera para atraparnos en falta, de gesto amenazante, que nos castiga para probarnos y reparte felicidad y desgracia a su antojo...; no creer en dioses que favorecen y blanquean injusticias, mentiras, esclavitudes y odios, ni en el dios del dinero acumulado y opresor; tampoco creer en dioses enemigos de la libertad o en “dioses boticarios” que con “recetas milagreras” resuelven los problemas y evitan así a los clientes el compromiso responsable de construir comunitariamente un mundo justo; no creer en el dios que se puede encasillar en ideologías o ghettos; no creer en ningún tipo de dios que sea insensible a nuestros sentimientos, sufrimientos y alegrías; ni en ningún dios racista, machista o elitista; no creer en ninguna imagen de Dios que justifique la falta de compromiso para con los pobres; no creer en ningún dios celoso del amor y que sea siempre como un fiscalizador, ni en un dios que exija que todo sea igual”[1].

 

2. El Hombre, creado por Amor:  A lo largo de la historia de la salvación, siempre vemos al hombre como un ser “creado por amor a Imagen y semejanza de Dios” (Gn.1,26; Is.49,1-5; Sal.8), y que además es la obra culmen de toda la creación, pues fue creado una vez se había adecuado todo el lugar para que éste estuviera y disfrutara de la creación, se le encomienda además la labor de cuidar de la misma creación, de ser CO- CREADOR.  Es importante el dato que notamos en este pasaje del Génesis, pues Dios a medida que iba haciendo la creación, iba diciendo que “estaba bien” o “vio Dios que estaba bien” (Gn.1,25), pero cuando crea al hombre, lo bendice y le encomienda una misión (Gn.1,28).  Si continuamos viendo el relato de la creación que nos presenta el capítulo 2 del Génesis, nos damos cuenta de la libertad con que Dios creó al hombre.  En este mismo capítulo es donde podemos encontrar el origen del mal - que más adelante veremos -.  Dios planta un jardín y le prohibe al hombre comer del árbol de la ciencia del bien y del mal, pero éste le desobedece (Gn.2,17).

 

Si lo vemos desde la antropología filosófica, el hombre es un ser creado y tiene la capacidad de pensar, de sentir, de reflexionar –precisamente es algo que nos diferencia del resto de la naturaleza -, tiene Libertad y Voluntad.  El hombre cuando hace un recto uso de la libertad como capacidad de elección, de optar, y escoge entre el bien en lugar del mal, está haciendo uso de su voluntad y su libertad, y éste bien se convierte en virtud; pero si por el contrario no hace uso de su libertad y actúa irresponsablemente con libertinaje, obrando como por instinto, tiende hacia el mal, entonces el mal, que había de ser virtud si escogiese el bien, se convierte en Vicio.  Como vemos pues, el deseo del hombre es la felicidad y ésta la encontrará sólo en Dios.  Pero Dios no va a violentar la libertad del hombre, sino que lo deja que actúe según su propio arbitrio, pues desde siempre, Dios, se ha escogido un pueblo “libre” para hacer una alianza de amor, un pacto bilateral.  Así nos lo expresa la misma Palabra Divina:  “Mira, yo pongo hoy ante ti vida y felicidad, muerte y desgracia.  Si escuchas los mandamientos de Yahvéh tu Dios... si amas a Yahvéh tu Dios y sigues sus caminos..., vivirás.  Pero si tu corazón se desvía y no escuchas, si te dejas arrastrar a postrarte ante otros dioses... pereceréis.  Te pongo delante vida o muerte, bendición o maldición” (Dt.30,15-20).  Podemos decir, teniendo presente que Dios no tiene límites, que el “único que puede tener es la libertad del hombre”, humanamente hablando, porque Dios nunca va a violentarla, ni tampoco va a intervenir en contra del hombre.  Esto contrasta entonces con las posturas deterministas del hombre donde todo está enmarcado o predestinado para el hombre de manera que desde que se nace ya se tiene destinado si se va a salvar o a condenar (es la famosa predestinación de Calvino).  Afirmar esto, es desconocer por completo la libertad del hombre y que además “Dios no prueba a nadie” (St.1,13-14).  Dios ha creado al hombre racional, confiriéndole la dignidad de una persona dotada de la iniciativa y del dominio de sus actos.  “Quiso Dios dejar al hombre en manos de su propia decisión (Ecco.15,14), de modo que busque a su Creador sin coacciones y adhiriéndose a Él, llegue libremente a la plena perfección”(G.S.17).  “El hombre es racional, y por ello semejante a Dios; fue creado libre y dueño de sus actos” (San Ireneo).

 

3.  ¿Por qué existe el mal?:  Antes de tratar de dar alguna solución, conviene entonces preguntarnos en qué consiste el mal.  “El mal es la imperfección de un mundo desgarrado, es principalmente el pecado, el sufrimiento y la muerte.  Es la mezcla monstruosa y constante de lo mejor y lo peor:  junto a la sonrisa de los niños, hay sufrimiento y muerte; junto a la belleza el amor, hay múltiples profanaciones, erotismo, violación, prostitución, infidelidad, traiciones conyugales, divorcio, aborto; junto a tantas entregas generosas, a tantos sacrificios, a tantos dones de sí por los demás, hay odios, guerras continuas, imposibilidad aparente de paz.  El mal es el lado trágico de la existencia. 

 

Desde el punto de vista racional, podemos ver cómo muchos de los males son imputables al hombre mismo, es decir, al mal uso de su libertad:  ése es el mal moral, el pecado con todas sus consecuencias; puede poner además en evidencia que algunos de estos males no son sino el reverso, la condición del bien; puede poner en cuestión la pretendida victoria del mal sobre el bien porque si el mal se instala en el mundo y grita su presencia, el bien se oculta y calla.  Ante este panorama del mal, podemos decir que el mal brota de una elección inicial perversa de la criatura libre que rechaza, por orgullo, el plan amoroso de Dios para realizar su propio destino sin Dios.  Esta caída inicial, este “pecado original” (Gn.3,1-ss) desquicia el orden primitivo, el orden de todo el universo, sitúa al hombre en lucha contra Dios, contra su semejante, contra sí mismo.  El mundo se convierte en un mundo roto, pero ¿cuál es la respuesta de Dios?.  Dios responde una verdad muy sencilla:  “Yo soy el Altísimo, el Trascendente” y el hombre una criatura y por lo tanto debe aceptar a Dios y creer en Dios consiste en aceptar que su Sabiduría supera infinitamente la nuestra y que “en todas las cosas interviene Dios para el bien de los que le aman” (Rm.8,28); es admitir que Dios es lo suficientemente poderoso para dar un sentido al sufrimiento y para obtener bienes del mal.  Como Dios supera todo, tanto el mal como nuestras ideas del mal, el creyente debe abandonarse, en todo y contra todo a la fe en Dios que interviene en la historia y se encarna en la misma, es decir Dios que es Trascendente se hace inmanente en Jesucristo.  Por lo tanto, Dios no es ajeno a nuestra miseria, sino que entra en ella misma.  Así, todo el misterio del mal se hace presente en todo el misterio del mal, en un momento dado de la historia del mundo.  De manera que Dios experimenta el dolor, el sufrimiento del hombre a través de su Hijo Jesucristo”[2].

 

A esta pregunta del mal, tan apremiante como inevitable, tan dolorosa como misteriosa no se puede dar una respuesta simple.  El conjunto de la fe cristiana constituye la respuesta a esta pregunta:  la bondad de la creación, el drama del pecado, el amor paciente de Dios que sale al encuentro del hombre con sus alianzas, con la Encarnación redentora de su Hijo, con el Don de su Espíritu, con la Congregación de la Iglesia, con la fuerza de los sacramentos, con la llamada a una vida bienaventurada que las criaturas son invitada a aceptar libremente, pero la cual, también libremente, por un misterio terrible, pueden negarse o rechazar.  No hay un rasgo del mensaje cristiano que no sea en parte una respuesta a la cuestión del mal.  Con el tiempo se puede descubrir que Dios, en su providencia todopoderosa, puede sacra un bien de las consecuencias de un mal, incluso moral, causado por sus criaturas (Gn.45,8; 50,20).  Así como del mayor mal moral que es la muerte de Jesús, Dios sacó el mayor de los bienes, la redención de la humanidad (C.I.C. # 309-314).

 

La concepción del mal, depende de la manera de pensar del pueblo.  El pueblo de Israel ha experimentado en su propia historia la existencia del mal:  la esclavitud en Egipto, las derrotas, los castigos cruentos, el destierro...  Pero la Biblia no exalta el dolor como otras culturas y religiones, sino que para el Israelita, el dolor es un mal, es lo malo.  De ahí que el lenguaje hebreo lo exprese con términos que significan “el gesto el que sufre” o como un “escalofrío”, “como actitud de duelo” o “sentir una queja”, etc.  En cuanto al origen del dolor, conforme a la “pedagogía divina”, parece que en la vida no ha habido una clara evolución.  Hasta el libro de Job, el israelita considera al dolor como un castigo:  es la tesis que se ventila en este libro:  Job sufre todo un cúmulo de dolores y sin embargo es inocente.  Con esta lección queda superada la tesis del origen del dolor como castigo.  Pero así como en el antiguo Testamento el modelo es Job, en el Nuevo Testamento, es Jesús quien libremente asume el dolor, y es un dolor redentor y salvador[3].  La fe de la Sagrada Escritura es salvífica porque viene de un Dios que es Salvador.

 

4.  A modo de Conclusión:  podemos resaltar las siguientes cuestiones:

 

*  Es necesario, conocer las causas del mal, para poder dar una respuesta de liberación dado que a cada concepción corresponde una liberación.  Muchas culturas han concebido el mal así:

 

·         Como un mal del universo.  Se le atribuye este mal a uno o varios dioses, a veces no:  sería entonces una distribución mala del mundo, simplemente porque es así.

 

·         El mal de tipo individual o social.  Se da el caso en el cual se acepta la ley para una buena conducta como proveniente de Dios, pero en muchas ocasiones no.

 

·         El mal de tipo vivencial.  Es decir, se considera la materia como mala y es espíritu como lo bueno, lo óptimo; u otra concepción (manera de pensar) que considera la vida del hombre como absurdo, sin sentido, con característica radical de insalvable.

 

·         Según la revelación (manifestación de Dios), la raíz de todos los males se encuentra en el pecado, es el mismo mal de conducta, es decir, no obedece a Dios, sino que deja corromper su corazón (lo más profundo de la persona, su conciencia), con repercusiones en la vida social.

 

*  Hay un mal que no es pecado y son los llamados males de la naturaleza como la sequía, la enfermedad y la muerte.  Pero la Biblia no es pesimista, para el israelita todos estos elementos entran bajo el dominio del señorío de Dios, por lo tanto, la liberación de ellos significa que el Señor actúa con los hombres que necesitan de su ayuda.

 

*  “A pesar de las apariencias contrarias, Dios no se ha callado frente al mal.  En Cristo Dios ha gritado:  el miedo del hombre abandonado, el miedo del hombre vencido por la injusticia, el miedo de la carne vencida por la muerte.  Dios ha protestado contra el mal más que nadie”. 

La respuesta que da Dios, de una forma progresiva dentro dela historia al problema del mal, no es una respuesta doble (trascendente e inmanente), sino profundamente una.  Constituyen un todo:  precisamente porque Dios está infinitamente por encima del mal, como sobre todas las cosas, puede entrar dentro del mismo, destruirlo desde dentro, trastocar su significado más íntimo.

 

*  “La raíz del mal está en nosotros.  No basta, pues, con cambiar las estructuras.  Es al hombre, sobre todo, a quien hay que cambiar”[4], “porque de la abundancia del corazón hablan los labios” (Mc.7,21-23).

 

*  La mayor parte de los males son fruto del mal ejercicio de la libertad humana.  No cabe imputar a Dios las graves injusticias sociales, ni el hambre en el mundo, ni las guerras, ni los campos de concentración, ni la maldad y violencia de las guerrillas y paramilitares, etc.:  los males que ocasiona el hombre tienen su origen en el mismo hombre y Dios no hace más que “lamentar” el mal uso de este gran don, que es la libertad.  Pero el cristiano no es un fatalista frente al mal y menos aún un masoquista que se goza en el mal.  El cristiano tiene la obligación de combatir contra el mal injusto e impedir que crezca y se reproduzca.  Si muchos males son ocasionados por la libertad torcida del hombre, la fe cristiana “demanda una lucha por la justicia”, por lo que el cristiano debe sentirse movilizado en la batalla contra ese mal[5].

 

*  Tenemos que concluir que Dios es amor y no permite el mal, sino que lo tolera debido a la libertad que él mismo le concedió al hombre.  La gran mayoría de los males de hoy es debido al desprecio y olvido de Dios.  Ya lo decía Pablo VI:  “El hombre no puede construir el mundo a espaldas de Dios, pues, si construye el mundo a espaldas de Dios, construye un mundo en contra del hombre”.  Las pruebas que tenemos no son superiores a nuestras fuerzas (1 Cor.10,13; St.1,13-14; Ecco.15,11-20; Ex.16,4; Gn.22,1; Rm.8,28; Mc.7,21-23; Dt.30,15), sino que Dios mismo nos da las fuerzas necesarias para resistirlas.  De ahí que tenemos que asumir una postura definida contra el mal, una postura de rechazo.  Asumir con espíritu de oración lo que pedimos en el Padrenuestro, que seamos librados del mal, del maligno, pero también nosotros debemos poner de nuestra parte, nuestra propia conversión y un compromiso serio por transformar la realidad en que vivimos “no sea que nos suceda algo peor” (Jn.5,14).

 

 



[1] CARAVIAS, José L., El Dios en el que creo, los dioses en que no creo, Revista Vida Pastoral, # 87, septiembre de 1997, Pp.42-45.

[2] BARBOTIN, Edmond, Creer, Paulinas, Santafe de Bogotá, 1985, Pp.45.

[3] FERNANDEZ, Aurelio.  Compendio de Teología Moral, Madrid, 1995, P.465.

[4] BARBOTIN, Edmond, Op. Cit. P.50.

[5] FERNANDEZ, Aurelio, Op. Cit. P.471.




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CURSO DE ESPIRITUALIDAD SACERDOTAL - Por el Padre Jairo Ramírez
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