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LA IDENTIDAD ESPIRITUAL DEL PRESBITERO
Pbro. Dr. Víctor Manuel Fernández

A. SITUACIÓN
No se puede hablar hoy sobre la identidad sacerdotal sin tomar conciencia de algunos aspectos de la cultura actual que inciden negativamente en la configuración y en el afianzamiento de dicha identidad.

Destaco al respecto un problema de fondo, que es precisamente la debilidad de la identidad cristiana y sacerdotal, y dos síntomas estrechamente conectados.

1. PROBLEMA DE FONDO: LOS COMPLEJOS Y CONTRADICCIONES QUE DEBILITAN LA IDENTIDAD ESPIRITUAL

La cultura mediática y los ambientes intelectuales transmiten una marcada desconfianza hacia lo religioso. En este contexto, los agentes pastorales desarrollan una especie de complejo de inferioridad que les lleva a relativizar su identidad cristiana y no les permite ser felices con lo que son ni estar plenamente identificados con su misión y su mensaje. Esto no deja de afectar a los presbíteros.

Hay una excesiva división entre lo sagrado y lo mundano. Por eso se puede pasar de una predicación donde Dios es todo, a buscar un grupo de amigos donde jamás se lo mencione y donde se prefiere que el tema religioso no aparezca.

Por esta esquizofrenia pueden coexistir dos cosas: Por un lado un rechazo del mundo perdido, un lamento ante el fenómeno de la secularización, un dolor por los ataques a la Iglesia, un espíritu religioso que se siente amenazado, etc. Pero por otra parte, una tendencia casi inconsciente a amoldarse al mundo, a no perderse nada de lo que la modernidad ofrece, en una especie de obsesión por ser como todos y tener lo que tienen los demás, procurando esconder las propias opciones. Esta obsesión, que es un modo de aplazar la propia conversión, también es altamente desgastante, porque se trata de escapar de aquello que precisamente otorga una identidad que le da sentido a la actividad. Sin esta identidad las tareas se vuelven forzadas.

Aquí aparece la dicotomía más peligrosa, porque afecta profundamente al ser personal: es la separación entre identidad personal y misión religiosa. La misión que Dios confía no termina de marcar a fondo la identidad personal. Entonces, por ejemplo, yo soy por una parte sacerdote (o religiosa, o un creyente comprometido), hombre de Dios y de lo sagrado, y hombre para los demás; pero por otra parte soy yo mismo, este ser humano concreto con sus necesidades, nostalgias y sueños. No se fusionan ambas cosas en la unidad personal. Por eso puede suceder que algunos sacerdotes, a la hora de plantearse una eventual deserción, destaquen sólo que su actividad es reemplazable, sin plantearse lo que eso significa para el sentido personal de sus vidas. Como la misión no marcó su identidad personal, el ministerio de vuelve fácilmente prescindible. En esta línea, en algunos curas aparece el deseo de estudiar alguna otra carrera para mostrarle a la sociedad que ellos no se reducen sólo a cosas ligadas a la religión y que también son competentes en otros asuntos. Subyace un fuerte complejo de inferioridad, que se deja contagiar por el escepticismo de ciertos sectores, y muy presente en los medios de comunicación. Si no estudia otra carrera, quizás encauce de otro modo esta obsesión por demostrar que él es capaz de algo más que el ministerio: tratando de sobresalir en el deporte, tocando algún instrumento, y hasta bailando. Esta obsesión lleva muchas veces a dedicarle más tiempo a estas cosas que al ministerio sacerdotal. El ministerio de la Palabra puede ser usado para demostrar que uno conoce lo que pasa en el mundo, que sabe diagnosticar cuáles son los problemas sociales, que entiende de psicología, etc. Algo semejante sucede en algunos curas que se dedican fundamentalmente a la asistencia social, no tanto por un genuino amor a los pobres, sino porque advierten que los sectores ilustrados más secularizados valoran que el cura se dedique a esa tarea.

Son diversos mecanismos que, detrás de la apariencia de un diálogo con el mundo, implican un miedo a ser despreciados y una renuncia a ser identificados como personas que viven en alianza con Dios. Esto es un veneno, porque el que no está contento con su identidad se expone a estar cada vez más insatisfecho y necesitado de compensaciones.

Todo se vuelve más complejo si se tiene en cuenta que hoy han caído las certezas colectivas que antes movilizaban una actividad evangelizadora entregada y entusiasta. Hoy los agentes pastorales, incluyendo los sacerdotes, no están del todo convencidos de que muchas de las cosas que hacen realmente sean necesarias, ni de que todo lo que enseñan sea tan cierto. No se identifican firmemente con una enseñanza o con una propuesta. Además, si en otra época el ideal de salvar un alma podía motivar cualquier esfuerzo e incluso el martirio, hoy parece que la propia tarea no es tan necesaria o indispensable, por lo cual se hace más fuerte la tentación de ceder al relativismo mundano y al mismo tiempo entregarse confusamente a las múltiples ofertas del mundo, renunciando a la propia identidad cristiana.

2. PRIMER SÍNTOMA: LA ACEDIA PASTORAL QUE MATA EL FERVOR EVANGELIZADOR

No estamos en una época caracterizada por un gran fervor evangelizador. Tenemos mayores desafíos, pero los sujetos que intervienen en la evangelización son también más vulnerables. Los cansancios, los fracasos, la rutina, el temor al desgaste y a ser absorbidos, el cuidado obsesivo de la privacidad, y otras dificultades muchas veces terminan quitando el gozo de evangelizar. Ciertas exigencias pastorales, que son permanentes, se viven a la defensiva, como cuando alguien dice: “padre, usted y yo tenemos que tener una larga conversación”, o “padre, llaman urgente por un enfermo grave”, o “padre, no se olvide lo que tenemos pendiente”, o “padre, aquí lo necesitamos, no se borre tanto”.

Frente a estos reclamos, hoy muy frecuentes, los curas necesitan imperiosamente cuidar sus espacios de autonomía, o “tomar un poco de aire”, como si una tarea evangelizadora fuera un veneno que sólo puede tomarse de a gotas y por poco tiempo para no enfermarse. Esto ocurre particularmente en las tareas donde uno debe dialogar con otros, escucharlos, comprenderlos, acompañarlos en sus dificultades. Muchas personas que realizan este tipo de trabajos frecuentemente advierten que comienzan a escapar de los demás.

Pero al existir una permanente tensión defensiva, la actividad cansa más de lo razonable, y ya no se vive como respuesta al amor de Dios que convoca a la misión, sino como un peligro para la propia realización. Prestemos atención: más que la tarea en sí misma, lo que desgasta y agota es la resistencia interna –ante algunas personas, tareas o imprevistos– que quema a la persona.

Muchas veces da la impresión que en sacerdotes y religiosas jóvenes, por ejemplo, la disponibilidad, la resistencia y la contracción al trabajo durante un tiempo prolongado en general parecen ser menores que en algunas profesiones muy exigentes. Pensemos por ejemplo en un médico que atiende muchas horas en un consultorio a personas que le exigen eficiencia y consuelo, luego tiene que visitar a los internados, además de ocuparse de su casa y resolver los problemas de su familia.

No puede negarse que suele haber un cuidado excesivo de la privacidad: “Yo tengo mis espacios personales, privados, donde puedo respirar tranquilo, sin que me exijan cosas, me cuestionen o me absorban”. El problema es que muchas veces esos espacios privados pasan a ser los más importantes, se convierten en lo que uno más desea.
Evidentemente, la variedad de exigencias pastorales de una parroquia de hoy obliga al cura a adaptarse permanentemente a muchas situaciones y necesidades, y por lo tanto la tarea aparece como una permanente amenaza para la propia privacidad, donde uno es el que elige libremente. De este modo, la tendencia actual a la individuación se traduce fácilmente en aislamiento egocéntrico. Por eso, para muchos curas, el momento en que acaba la actividad apostólica y pueden salir a la calle, ir a una casa acogedora, viajar, o simplemente refugiarse en su casa, en Internet o en la TV, se produce un gran alivio: “aquí soy yo, aquí decido nada más que yo, aquí hago lo que quiero”. Entonces, la entrega apostólica, la misión, deja de ser “lo que yo quiero” y pasa a ser una función pasajera, que se trata de realizar bien, pero en un tiempo limitado y controlado por uno. Sin embargo, hoy los momentos de privacidad están lejos de brindar la satisfacción y la realización personal soñada. Hay un problema con el tiempo y el propio control de ese tiempo, que, al convertirse en obsesión, no permite vivir bien el momento presente. A ese momento se lo imagina como algo absoluto, que debería brindar una plenitud ilimitada. Por eso, uno siente que nunca está gozando lo suficiente, brota la ansiedad por conseguir lo que no tiene, y en definitiva se carga con la culpa de no ser feliz. No se trata entonces de la sana capacidad de vivir el presente, adaptándose a él con realismo y sencillez, sino de exigirle al momento lo que no puede dar. En esa situación, tener que volver a sacrificarse en una actividad apostólica, que en el fondo no es deseada, provoca una nueva angustia.

Hay, al mismo tiempo, un permanente autoanálisis, una creciente introspección, que no implica tanto revisar en la oración la propia respuesta apostólica al amor de Dios, sino escrutar quien soy, si soy feliz o no lo soy, si me dan afecto o no, etc. Más que de una profunda interioridad, se trata de un marcado subjetivismo egocéntrico. El sueño de responder al amor de Dios con toda la vida se somete a la necesidad imperiosa de disfrutar la vida mientras sea posible.

En este contexto muchos pasan de la hiperactividad a la desilusión o al cansancio abúlico (acedia), y entonces reducen su tarea al mínimo o a lo que les brinda satisfacciones inmediatas, descuidando otras tareas. Esto sucede cada vez más tempranamente, aun en los seminaristas, con diversas formas de escapar de la gente.

Se advierte que el problema no es siempre el exceso de actividades sino las actividades mal vividas, sin las motivaciones adecuadas, sin una espiritualidad de la acción misma, sin una adecuada preparación, sin un orden y una selección prudente de acuerdo a la jerarquía objetiva de las tareas, sin libertad interior, etc. Por eso las tareas cansan más de lo razonable, ya que no se trata de un cansancio feliz, sino tenso, pesado, insatisfecho, y en definitiva no aceptado. Ese cansancio enfermizo no requiere sólo espacios normales –reducidos y acotados– de reposo y esparcimiento, sino cada vez mayores tiempos de autonomía.

En síntesis, hay un modo de vivir la misión que no nos hace felices. Esto hace imposible lograr una identidad firme, ya que la identidad sólo se entiende como una misión, es un “ser para”.

3. SEGUNDO SÍNTOMA: EL INDIVIDUALISMO CONSUMISTA QUE IMPIDE LA ESPIRITUALIDAD DE COMUNIÓN Y LA PASTORAL ORGÁNICA

El cura posmoderno está muy concentrado en sus necesidades inmediatas y frecuentemente insatisfecho con sus relaciones humanas. Tiende a desarrollar ese estilo de vida individualista que le lleva sobre todo a escapar de los que sufren, de los feos, de los necesitados, de los angustiados. La comunión cercana con los pobres y los sufrientes podría permitirle a un presbítero no exacerbar tanto sus propias insatisfacciones y le ayudaría a relativizar sus necesidades de confort, descanso, esparcimiento y reconocimiento. El problema es que los desafíos del mundo de la pobreza, la exclusión y el sufrimiento parecen superar a los cristianos de tal manera, que como no pueden resolver todos los problemas de los demás, finalmente cauterizan sus consciencias, escapan, y optan por un mínimo indispensable, o reducen su relación con los pobres a lo discursivo, cuando no terminan culpando alegremente a los pobres de sus propios males.

A los sacerdotes, que a veces pueden vivir su celibato como aislamiento, el contacto con las familias les permite recuperar el realismo, conectándose con los problemas reales de la gente. De este modo pueden descubrir que sus renuncias e insatisfacciones a veces palidecen al lado de las preocupaciones y cansancios de un padre y esposo. Pero la opción por las familias a veces se reduce a un círculo pequeño y cerrado de hogares, con gente linda y agradable donde el cura se siente cómodo.

Por otra parte, el inmediatismo ansioso de estos tiempos hace que los agentes pastorales necesiten resultados rápidos y fáciles y que no toleren lo que signifique alguna contradicción, una revisión de sus propuestas, o un replanteo de lo que han decidido. Esto no favorece un verdadero trabajo en equipo.

También hay un individualismo “pastoral” que se expresa en mirar a los demás agentes pastorales como competidores, o ver las reuniones de planificación como un mal inevitable.

Puede existir una capacidad de relacionarse con afabilidad y un gusto por sostener largas conversaciones, pero al mismo tiempo una incapacidad para insertarse en un proyecto verdaderamente comunitario. Puede suceder, por ejemplo, que tres sacerdotes convivan respetuosa y amablemente en una parroquia, y que tengan también conversaciones íntimas, pero cada uno con su propio proyecto pastoral, debido a una suerte de “negociación” tácita que le permite a cada uno hacer su vida sin interferencias.

Lo peor sucede con los curas que se aíslan. La falta de un contacto frecuente con los otros curas no les permite a los presbíteros alimentar su sentido eclesial y trascender los límites de sus logros parroquiales y de sus proyectos personales, o quizás de su pereza. Esto implica un aislamiento malsano, en el cual es posible que el cura pierda perspectivas, que se le desdibuje el sentido de la realidad, que pierda una percepción clara de lo que es bueno o malo para él, y se deje llevar más fácilmente por las malas inclinaciones y pierda identidad. Hoy, rodeados de estímulos y ofertas de todo tipo, el aislamiento es particularmente peligroso para todos.

En la cultura actual el individuo es el que define lo que está bien y lo que está mal de acuerdo a lo que él considera que lo realiza como persona, sin que pesen en esta consideración criterios externos a su perspectiva, sin dejarse interpelar por los otros. Por eso es posible que termine decidiendo de acuerdo a sus conveniencias momentáneas.
Se trata de un individualismo consumista, porque en la verdad íntima de lo que moviliza realmente a cada uno, y más allá de lo que de hecho predicamos, lo sensible se vive como más importante que el razonamiento, que la decisión o el esfuerzo, que la educación de la voluntad y de las pasiones, que la entrega a los demás y la realización de la propia misión en el mundo. Y no podemos negar que para quien tiene como principal propósito real la satisfacción de sus deseos inmediatos, es muy difícil sacrificarse por otros y vivir en generosa comunión fraterna. La persona se obsesiona por sus necesidades y por el deseo de satisfacciones, y así puede caer muy fácilmente en la tentación de la corrupción –en sus variadas formas– para poder calmar sus apetencias. El placer, la distensión y la necesidad de reconocimiento, parecen tener prioridad absoluta –no en el razonamiento sino en los hechos– por sobre la comunión con los demás, la vida compartida, el caminar y el luchar juntos.

Este individualismo hedonista hace que la propia identidad sea entendida de un modo también individualista, olvidando que la propia persona es un “ser para” y un “ser con”.

B. ALIMENTAR UNA IDENTIDAD CLARA Y FIRMEMENTE ACEPTADA.

La debilidad de la identidad sacerdotal no es una cuestión menor, porque una de las causas fundamentales de las crisis y de la falta de fervor apostólico –posiblemente la más importante– es la no identificación con la propia misión, o la no aceptación profunda de la propia identidad espiritual y pastoral.

La identidad personal y la misión no se funden en el yo de la persona. La misión pasa a ser así un apéndice, subordinado a muchas otras necesidades personales. Por esa misma razón no termina de impregnar la oración personal.

Por una parte conviene que de diversas maneras hagamos crecer la convicción interior de que tenemos un tesoro que ofrecer y de que por consiguiente no caben sentimientos de inferioridad. El mundo no tiene nada mejor para ofrecer, y de hecho es incapaz de ofrecer un sentido profundo para la existencia de la gente. Nosotros lo tenemos, y es luz, es vida, es sal. La actividad evangelizadora ofrece inmensas posibilidades de sembrar el bien. Siempre me pregunto qué nos dirían San Pablo, San Agustín, San Francisco de Asís o la Madre Teresa viendo que no asumimos nuestra identidad creyendo que el mundo decadente ofrece algo mejor.

Es cierto que cada tanto aparece alguna humillación pública –por errores propios o ajenos– que alimenta cierto sentimiento de inferioridad y de vergüenza. Habrá que aprender de esos momentos a encontrar el tono adecuado de decir las cosas, a liberarse del triunfalismo y a reconocernos como humildes servidores. Pero la humildad no nos impide valorar con humilde gratitud y profunda ternura la dignidad de haber sido agraciados por Dios con su amistad y con una misión peculiar. Esa experiencia despierta una respuesta agradecida, una reacción amorosa que nos lleva a entregarnos gratuitamente en un camino de crecimiento y de servicio.

Es indispensable que cada uno reconozca qué es lo específico y distintivo de la misión que Dios le ha confiado. Sólo reconociendo eso, es posible identificarse con esa misión, aceptarla como parte inseparable de la propia identidad, y enamorarse de esa identidad. Esa configuración existencial y espiritual profunda con la propia misión le devuelve el fervor y la generosidad a la tarea.

Afrontando esta cuestión de la identidad, podremos cargar de profundidad espiritual las tareas, porque esa calidad espiritual sólo se alcanza cuando una tarea es asumida como una misión que hemos recibido y que es parte integrante de nuestra propia identidad.

Por todo esto, en la primera parte de esta reflexión nos detendremos a desarrollar la cuestión de la identidad, para que luego, en la segunda parte, podamos proponer diversos modos de orar con esa identidad. Porque esa identidad firme requiere espacios de soledad, de reflexión, de oración privada que la construyan y la alimenten. Una función sumamente importante de los espacios de oración personal es precisamente la de alimentar la conciencia gustosa de la propia identidad pastoral.

Pasemos entonces a la primera parte de esta reflexión, donde abordaremos los diversos aspectos de la cuestión de la identidad hasta llegar a lo que más nos interesa para los objetivos de esta reflexión: la identidad “pastoral” y cómo incorporarla en la espiritualidad sacerdotal personal.

1. CÓMO SE CONSTITUYE LA PROPIA IDENTIDAD

Veamos cuáles suelen ser de hecho los elementos que construyen una identidad:

a. La autoconsciencia corporal y la aceptación del propio cuerpo. 
b. Las propias capacidades y carismas, ejercitadas y cultivadas. 
c. El propio modo de relacionarse con el mundo, con los demás y con Dios. 
d. Una serie de ideas que uno valora y que lo convencen y apasionan. 
e. Algunas opciones firmes que uno ha hecho desde el corazón y que mantiene más allá de las conveniencias circunstanciales. 
f. El propio ser histórico-cultural, que incluye todo lo recibido o heredado con lo cual uno se siente identificado.

En un juego entre todos estos elementos, la identidad personal no sólo se piensa sino que se va construyendo con un estilo de vida coherente que la afianza y la arraiga. Porque la conciencia de una identidad personal es también la experiencia de una estabilidad y la experiencia de que la propia vida es básicamente algo positivo (que la percepción de sí mismo no sea predominantemente negativa, aunque siempre haya cosas que resolver).

Pero lamentablemente las personas suelen construir su identidad con elementos parciales y superficiales que no otorgan firmeza y profundidad a esa identidad. Las conversaciones cotidianas muestran cómo estos elementos superficiales suelen apasionar a las personas llevándolas a apoyar en ellos su sentido de identidad. Me refiero, por ejemplo, a ciertos gustos (un tipo de comida, una forma de vestir, un género musical), a algunas características del temperamento (“Yo soy una persona tranquila, a mí no me quiten la tranquilidad”), a la ascendencia (“Se me nota que mis abuelos eran irlandeses”), al apellido, a un equipo de futbol (“Yo doy la vida por Boca”), etc.
Es verdad que todos estos elementos también se integran en la identidad personal, no tienen por qué ser despreciados, y además suelen ser reveladores de cuestiones más profundas de las cuales son como símbolos o manifestaciones. El problema es que se constituyan en los principales recursos para reconocer construir y reconocer la propia identidad.

Avancemos un poco más en cuatro de estos modos más comunes –no los más importantes– de sustentar la propia identidad:

• El consumir

La verdad es que en el contexto actual muchas personas, profundamente atontadas por el mecanismo de la publicidad, se mueven y se sienten positivas sólo en función de lo que puedan consumir. Todo lo que planifican, buscan y realizan, aunque no lo digan, tiene la finalidad de consumir algo, y cuando lo logran sienten que su existencia es algo positivo y está –por el momento– lograda.

Aunque nos indigne todo lo superficial y vacío de ese estilo de vida, tenemos que decir que el consumo no puede excluirse completamente de la construcción de la propia identidad. Porque quien no puede disfrutar de nada en esta vida –porque no tiene posibilidades o porque no lo valora, o por un complejo de inferioridad o indignidad– difícilmente podrá sentirse sinceramente amado y experimentar su existencia como algo positivo. Es más, la capacidad no obsesiva de gozar de las pequeñas cosas de la vida permite percibir el amor de Dios que nos quiere felices y que nos provee de muchas cosas “para que las disfrutemos” (1 Tim 6, 17).

• El cuerpo, la figura, lo que aparece

Siguen otros tres modos imperfectos de construcción de identidad que tienen más que ver con la imagen que uno da en orden a suscitar aprobación o afecto.

La identidad corporal es ineludible, porque sólo podemos tener una identidad reconociéndonos de modo corpóreo, tocándonos, mirándonos al espejo, y sobre todo haciendo una experiencia corpórea, “sintiéndonos” a nosotros mismos, reconociendo las sensaciones que sólo pueden ser corpóreas. Nada de lo que somos, pensamos o sentimos deja de tener una resonancia corpórea. Muchas personas hoy son más capaces de amar su propio cuerpo, de cuidarlo, de experimentarlo. El problema es cuando esta dimensión central se vuelve exclusiva, y sólo nos aceptamos y valoramos a nosotros mismos si sentimos que nuestro cuerpo es sano, fuerte y bello. Entonces, el inevitable desgaste orgánico nos hace sentir que cada vez “somos” menos, y nos impide reconocer que hay otras dimensiones de la propia identidad que pueden fortalecerse, cultivarse y disfrutase cuando el cuerpo está decayendo o perdiendo hermosura.

En realidad, cuando hay una aceptación básica de sí mismo, incluyendo el propio cuerpo “real” (no el meramente imaginado) la persona no siente que pierde belleza con el paso del tiempo, sino que esa belleza se modifica, adquiere otra forma diferente que también es hermosa, aunque no responda a los patrones de la sociedad que rinde culto al cuerpo joven y firme.

Lo más problemático es cuando lo que adquiere primacía es la apariencia externa. La preocupación exagerada por “verse bien” lleva a depender tanto de la mirada ajena que perdemos conciencia de la propia identidad, ya no sabemos quién somos en realidad, porque sólo cuenta qué somos ante la mirada ajena. Algunas veces un cierto desprecio de los demás o un narcisismo galopante hace que este cuidado por la apariencia física ni siquiera tenga que ver con las relaciones humanas, sino con un deseo ególatra de considerarse a sí mismo de “buena apariencia”. Es verdad que esta inconsistencia no siempre es enfermiza o grave, y por lo tanto puede coexistir con una identidad sana; pero ciertamente lleva a desgastar energías en algo vano y limita las perspectivas de la propia vida.

• El tener: dinero, propiedades, títulos, conocimientos, talentos y capacidades, perfección ética.

Otras personas creen no depender tanto de la apariencia, pero en realidad la procuran de una manera más sutil. Sucede cuando uno se siente alguien positivo a partir de las cosas que tiene. Entonces sigue sin llegar al centro de su identidad y se vuelve esclavo de la periferia. Pero conste que no hablamos sólo de los bienes materiales, como cuando alguien sólo se siente valioso si ha acumulado posesiones. Esto vale también para otras posesiones más altas, como la capacidad intelectual o los logros intelectuales (títulos, publicaciones, etc.), los talentos artísticos e incluso el desarrollo ético de la persona (su forma de actuar, las acciones buenas que realiza o el testimonio moral que da a los demás). Pero si llega a cometer un error, o no es debidamente reconocido por los demás, o sufre una humillación pública, un individuo así puede sentir de golpe que no es nadie, que no tiene identidad, que no sabe para qué vive, que ha perdido su valor, y probablemente se aislará resentido, sintiéndose el único mártir o se dedicará a procurarse alguna fuente de placer que compense su dolor (se rebaja al nivel del mero “consumir”), porque le han pedido mucho y no le han dado a cambio lo que él merecía. Así su identidad se verá gravemente dañada, ya no sabrá cuál es su valor. En cambio, una persona que valore estas diversas posesiones y las disfrute, pero que sepa subordinarlas a niveles más profundos de identidad, no dejará de sentirse alguien si las pierde, sentirá que sigue siendo él mismo y que tiene derecho a un lugar en el mundo, y no dejará de valorarse a sí mismo.

• Los logros personales

Muchos basan la percepción positiva de sí en los éxitos, logros, reconocimientos sociales que consigan a partir de su trabajo, o en los proyectos para conseguir, mantener o acrecentar esos reconocimientos en el futuro. Es importante no confundir esta inconsistencia con una sana identificación con la propia misión como llamado de Dios para los demás. La identidad pastoral no es la dependencia de una función social, de un rol que se cumple ante los demás, ni siquiera de una profesión. Por lo tanto, tampoco de los éxitos y resultados. Hay personas tan preocupadas por hacer carrera y ser protagonistas (no ser uno más) que prefieren desempeñar un papel, tratar de contentar a quienes puedan favorecerlas, y vivir pendientes de sus resultados, que verdaderamente, si se detienen a pensar, ya no saben cuál es su identidad real. Es decir, su identidad se confunde con sus logros.

No gozan por estar cumpliendo una misión que Dios les confía, que los pone al servicio del bien de los demás. Cuando hay una clara identidad pastoral, esa misión forma parte central de su identidad y se mantiene en pie en medio de los fracasos, porque se sabe que Dios actúa a través de sus instrumentos más allá de sus éxitos visibles, y les hace cumplir su misión de una manera o de otra. Pero los que no alcanzan esa identidad pastoral y viven en el nivel de los logros, sólo se sienten alguien, y alguien positivo, si consiguen resultados elogiables, y sobre todo si esos resultados son efectivamente reconocidos, alabados y recompensados con gloria.

Cuando la propia vida es una misión, lo que importa es cumplir con el proyecto de Dios, y en todo caso escuchar a los demás para discernir si se está cumpliendo adecuadamente esa misión. Pero cuando el eje son los logros, lo que importa es solamente la mirada de los demás, su aprobación o su aplauso. Cuando esto sucede, la persona en realidad está siempre insatisfecha, porque los reconocimientos nunca son suficientes. Brindan un consuelo fugaz y pronto se vuelven insulsos. Hace falta más. Para colmo, es imposible tener a todos contentos y lograr éxito en todo. La vida sacerdotal está surcada de resultados incompletos o parciales, de fracasos, de límites y de contradicciones. Quien asienta su seguridad personal en los logros, se somete a un sufrimiento permanente y a una fuerte tensión interna. Esto se une frecuentemente a una personalidad narcisista, que en el fondo vive una convicción de no ser digno de un gran amor, con el sentimiento de no haber sido nunca suficientemente amado y por lo tanto de ser alguien “negativo”. Así se produce el mecanismo interno de procurar obsesivamente agradar, significar algo para otros, ser objeto del amor de las personas importantes (poderosas o bellas). Frecuentemente esto implica crear una máscara y ocultar los propios gustos y opiniones para evitarse mayores conflictos.

Si alguien se queda en este nivel, en realidad se vuelve autónomo frente a Dios, porque necesita probar que él puede solo. No quiere nada “regalado”, sino demostrar que él puede. Por lo tanto, aunque exprese su confianza en Dios o diga que él solo no puede nada, en la práctica actúa confiando sólo en sus capacidades y previsiones, obsesionado por cumplir lo que él cree que le brindará un lugar en la sociedad o en la Iglesia y el reconocimiento y la aceptación de los demás. No está tratando de realizar el proyecto de Dios sino de satisfacer una necesidad egocéntrica.

2. LA IDENTIDAD RELIGIOSA

La identidad religiosa se ubica de lleno en el orden del ser, del fundamento, de la raíz última de la propia identidad. Se trata de estar religado a Dios y entenderse a sí mismo desde él, sobre todo a partir de su amor creador y redentor, que sacia la necesidad más profunda de ser amado incondicionalmente. Para los cristianos es asumirnos como discípulos de Jesucristo, pero con la conciencia de depender del Padre creador que sustenta nuestra existencia.

Dios crea a la persona “por un acto que sienta de antemano y fundamenta por ello su dignidad: por la llamada. Esto significa que Dios llama a la persona a ser un tú, o más exactamente, que Dios mismo se determina a ser el Tú del hombre”.

En este sentido, cualquier persona humana existe con una “necesidad absoluta”, tiene una dignidad infinita y es objeto de un amor eterno (cf. Jer 31, 3) dirigido de un modo directo y personalísimo a cada uno.

Por otra parte, el Señor no se relaciona con cada uno de nosotros como distribuyéndose o “repartiéndose” un poco en cada uno, “sino que está todo en cada uno, y por eso puede afirmarse que cada uno ocupa toda su intimidad”. Esto hace posible que cada uno tenga una relación única y personalísima con él.

Para que esta relación con Dios configure una identidad firme, requiere reunir algunas características:

a) Que sea sincera, que el corazón se abra verdaderamente a Dios, no sólo para escuchar a Jesucristo y acoger su amistad, sino para mostrarle nuestras rebeldías, dudas y lamentos hasta que él pueda realizar su obra liberadora.
b) Que el trato sea frecuente, y el diálogo con él se vaya haciendo presente, no ocasionalmente, sino en medio de las diversas circunstancias de la vida.
c) La clave para que esta relación otorgue solidez a la propia autoconciencia, está en reconocerse amado, sostenido por Dios pase lo que pase, y saberse objeto de un proyecto peculiar de él que incluye una misión para mí en esta tierra.
d) Finalmente, para entrar en este nivel profundo de identificación personal, hace falta reconocer que uno necesita la luz de Dios en orden a conocerse a uno mismo como es conocido por él. Sólo él sabe plenamente quién soy yo y quién estoy llamado a ser.

Fuimos creados a imagen de él y según su proyecto; por lo tanto sólo podemos conocernos a nosotros mismos conociéndolo a él y entonces mirándonos desde él. Esa es la mejor manera de pasar del yo imaginado (fantaseado) al yo real.

Es verdad que, siendo obra del amor creador de Dios, en cada persona hay un punto de partida que es obra de Él, un trasfondo que luego se desarrolla a partir de las opciones libres, acicateado por la historia, las ideas, las motivaciones, la cultura. Es el “yo metafísico” que Dios creó con una identidad en germen, llamada a plenificarse en el discipulado, siguiendo e imitando a Jesucristo de un modo personal. Nadie construye su identidad de la nada.
No se trata de construirse a sí mismo de modo independiente, con absoluta espontaneidad, al margen de toda influencia externa o de toda referencia objetiva, e incluso al margen del proyecto de Dios en Cristo. Hoy en día nadie podría afirmar tal ingenuidad. Hay miles de cosas que influyen en nosotros y de las cuales no tenemos nunca un dominio completo. Tampoco sería válido lo opuesto: pensar que hay una realidad que nos condiciona completamente de antemano, de tal modo que el propio explayarse consciente no sería más que el desarrollo de leyes genéticas, psicológicas, culturales, o el desarrollo de una predestinación divina que ha prefijado todo. Ni pura espontaneidad ni destino fatal. En todo caso, el yo ideal pasa a ser aquello que todavía no he alcanzado del proyecto que Dios tiene para mi vida, que estimula mi respuesta libre, y me mantiene en una tensión sana, positiva y estimulante hacia el futuro, porque es su amor incondicional el que me espera y es el poder de su Espíritu el que me impulsa. Ese llamado me lleva a estar permanentemente reelaborando mi identidad e integrando nuevos elementos y experiencias que me educan. De eso se trata el seguimiento de Jesucristo, que me ofrece el modelo de su vida y el poder de su Espíritu para que me configure con él de un modo propio. Cada etapa me obliga a volver a optar de un modo distinto por la amistad con Dios y por la misión que Dios me confía. Precisamente porque el llamado de Dios promueve mi libertad, no puedo dar por supuesto un sí que puede ser sólo una inercia de muerto. Hace falta volver a elaborar creativamente esa identidad y volver a dar el sí al llamado de Jesús, renovado, enriquecido, madurado, profundizado. Por eso, la propia identidad es dinámica. La seguridad de ser amados por Dios permite que ese dinamismo sea vivido con naturalidad, con paz y no con ansiedad. Puedo vivir serenamente, sin ansiedad y con gozo el hecho de ser todavía incompleto, de tener un proyecto inacabado. Porque sé que hoy, como ser histórico y caminante, como discípulo que procura “hacerse Cristo”, mi vida tiene pleno sentido, aunque esté inacabado como todo ser histórico. Se trata de un llamado al crecimiento que estructura mi identidad terrena y que, por lo tanto, no es un amor propio herido e insatisfecho. Es alegría y esperanza ante un Padre amante que me promueve, que toma en serio mis posibilidades, y por eso en Cristo me propone más y me ofrece más. Reconociéndolo, puedo aceptar que alejándome de él seré cada vez menos yo mismo.

Esta identidad religiosa, que lleva a la persona a entenderse desde el amor creador de Dios y desde su proyecto, se ve particularmente dañada en la actualidad cuando todo lo que está relacionado con la fe suele objeto de burla, de cuestionamientos variados o de permanente desconfianza, y donde lo que se ofrece como sustituto –sostenido por una impresionante y omnipresente maquinara publicitaria– es una engañosa libertad sin límites y un consumo desenfrenado. Esto hace que los creyentes tiendan a vivir su fe sólo como una parte de la vida, una relación con Dios limitada a ciertos momentos y a algunas tareas, sin permitir que marque a fondo su identidad y el sentido de su existencia, y tratando de mantenerla bien oculta en determinadas circunstancias y delante de algunas personas.

Entonces, esa relación con Dios no llega a transformar la identidad personal. Por eso mismo, una misión vivida como respuesta a un llamado de Dios, no puede terminar de marcar a fondo la propia identidad.

3. ELEMENTOS CENTRALES DE LA AUTOIDENTIFICACIÓN

Esta identidad religiosa, que me sitúa en el orden del ser, no se realiza en un proyecto abstracto sino en este ser concreto y encarnado que soy yo. Por consiguiente, incluye los elementos corpóreos distintivos, las capacidades y carismas personales, los modos propios de vivir, de relacionarse, de pensar y de optar. También incluye las notas del propio modo de actuar que proceden de una historia personal y de la cultura donde uno ha crecido. Sobre los aspectos de la identidad ligados al cuerpo, a las posesiones, capacidades y logros ya hemos hablado. Veamos ahora algunos elementos más importantes para percibir y elaborar adecuadamente la propia identidad.

a) Elementos históricos-culturales

Si asumo que no soy un ser etéreo, celestial o desencarnado, sino un ser cultural, inmerso en la historia, situado en un contexto, y advierto que no puedo entenderme a mí mismo sin ese contexto, entonces puedo comprender que mi identidad se construye también con todos esos elementos de mi familia, mi historia, mi cultura, mi región, mi país. Estar entrelazado y fundido con todos esos elementos históricos, simbólicos, emotivos, culturales, es constitutivo de mí. Es imposible entonces elaborar mi propia identidad pretendiendo prescindir de esos elementos, haciendo una especie de “purificación” o de abstracción, como si pudiera lograr alcanzar un núcleo de mi ser que fuera completamente independiente de esos factores. Sería un esfuerzo completamente inútil. La cultura y la historia me marcan desde la superficie hasta lo más íntimo, aun cuando yo reniegue de todo eso.

Por eso es importante orar con la propia historia, integrarla de alguna manera en la oración personal, tratar de comprenderla, de interpretarla, de iluminarla, y también de asumirla y de sanarla de alguna manera para que se integre plenamente en el proyecto que le da unidad a la propia vida y que a su vez trasciende los momentos particulares. Escapar de la propia historia no hará más que crear una nebulosa en torno a la propia identidad. Ignorarla nos llevará a no saber quiénes somos realmente.

Se trata de la “identidad narrativa”, la consciencia de sí que se adquiere narrando la propia historia. Esta historia no son sólo hechos sueltos, acontecimientos aislados que yo recuerdo, episodios que puedo narrar a otros como si fueran una novela, sino una historia de salvación, mirada y leída a la luz de Dios, procurando desentrañar los signos de un proyecto y de un designio de amor. Sólo mirada así, en un contexto orante, la propia historia puede enriquecer mi identidad y lanzarme hacia delante en un proceso de maduración y de cambio.

b) La identidad relacional

En conexión directa con lo anterior, digamos que la identidad es en sí misma relacional. Yo soy alguien que sólo puede entenderse dentro de un conjunto de relaciones, tanto reales como deseadas o imaginadas. Si me pregunto quién soy yo debo responder también que yo soy un modo único y personal de relacionarme y de construir el mundo. Cada vez que un nuevo ser se integra en mi mundo de relaciones, lo modifica y lo enriquece, y por lo tanto modifica mi identidad.

Entonces, para conocerme a mí mismo y reconocer mi propia identidad, tendré que considerar esas relaciones, descubrir mi modo personal de entrar en relación, llevarlo a la presencia de Dios, iluminarlo, y también reconocer sus límites, purificarlo, sanarlo y perfeccionarlo.

Es verdad que, si cada persona es alguien único e irrepetible, en ese sentido hay un núcleo no comunicable; pero no se trata de un centro autosuficiente, sino esencialmente referido a los demás y radicalmente necesitado de ellos y ante todo de Dios.

Por otra parte, nadie puede conocerse a sí mismo sin los demás, porque nadie tiene una capacidad intuitiva tan grande que le permita estar atento a todos los detalles del propio ser. Es necesaria también la opinión de los demás. Al igual que en cualquier discernimiento, no se puede llegar a una conclusión sólo a partir de un proceso subjetivo; es necesaria la consulta y tener en cuenta otras perspectivas que aporta la opinión de los demás. Mejor todavía si hay riqueza y variedad de relaciones, que nos liberan de encerrarnos en algunas ideas fijas que limitan nuestra perspectiva.

No se trata de vivir pendientes de las miradas ajenas. Alguien que está firme en Dios y seguro de sí mismo puede escuchar críticas o exhortaciones sin que eso le quite la paz, y sin desestructurarse por eso. Puede considerar y analizar lo que los demás le dicen para conocerse mejor a sí mismo, pero no porque necesita su aprobación para estar en paz, sino porque los demás pueden ser instrumentos de Dios para reconocer sus posibilidades.

Es verdad que debe haber un sano equilibro entre autoafirmación e integración social, pero el dilema entre ambas necesidades no se resuelve negociando y retaceando espacios. Se resuelve cuando uno acepta y decide libremente ser con los demás y para los demás, ofreciéndoles su aporte único y original desde la propia identidad, y dejándose enriquecer e interpelar por ellos.

Si uno mira a los demás como obstáculos, como límites a la propia espontaneidad, entonces vivirá en una tensión defensiva que le impedirá realizar su misión y elaborar su plena identidad.

Finalmente, destaquemos que un elemento constitutivo de la autoidentificación es el sentido de pertenencia a una comunidad, el ser “con” los otros. Alguien que está desarraigado, que siente que no pertenece a ningún lugar y que no tiene una comunidad de referencia, difícilmente podrá sentirse seguro consigo mismo. Siempre le faltarán elementos para reconocerse a sí mismo y para experimentar una identidad firme y sólida.

c) Las propias convicciones

La propia identidad no puede excluir la capacidad de pensar, como si no tuviéramos cabeza. Esa identidad también implica un modo personal de ver las cosas, de analizar lo que sucede, una serie de ideas y de convicciones personales. Algunas son secundarias, pueden y deben modificarse o cambiarse con el diálogo y el paso del tiempo.

Pero otras son centrales, básicas, fundamentales. Son dos o tres convicciones profundas, que para un cristiano son las grandes verdades del Evangelio, que no son negociables. Pueden ser profundizadas, mejor comprendidas, completadas, pero nunca abandonadas ni ocultadas. Mantener esas convicciones siempre tiene un precio, porque algunos no estarán de acuerdo, y buscarán hacernos sentir tontos o ingenuos. Pero si resignamos estas convicciones para disfrutar de cierta paz social, estamos renunciando a nosotros mismos y nos convertimos en una máscara vacía. Y el vacío tarde o temprano tiene un angustiante sabor a nada. Es la amarga sensación de no saber ya lo que uno piensa en realidad, de no ser nadie, de no tener identidad.

Además, llega un momento que la persona que nunca defiende con claridad sus convicciones, es descubierta en su diplomacia cómoda y pierde así el respeto de los demás. La vida en una sociedad pluralista requiere una actitud tolerante, pero no cobarde, porque la sociedad necesita el aporte de los creyentes.

d) Las grandes opciones

Junto con las ideas están las opciones, porque las grandes convicciones, si son auténticas, no se quedan en la mente, sino que nos llevan a tomar algunas decisiones, a vivir de una manera y no de otra. Esas grandes opciones requieren también un sinnúmero de pequeñas elecciones fieles y coherentes. Sólo es posible tener, mantener y profundizar una identidad clara cuando se hacen estas opciones cotidianas. De otro modo, la esquizofrenia entre lo que decimos o pensamos, por un lado, y lo que hacemos. por otro lado, provocará en algún momento una dolorosa crisis de identidad.

Estas opciones son fuente de una satisfacción profunda cuando implican decisiones firmes, cuando uno es capaz de mantenerlas en medio de las distintas circunstancias y es capaz de dejar algunos beneficios de lado para decidir siempre en la línea de estas opciones fundamentales, para mantenerse en ese camino que a uno le otorga identidad. La satisfacción de estas opciones procede de una intervención firme de la voluntad motivada, y se mantiene en medio de ciertas insatisfacciones sensibles porque pertenece a otro nivel. A esta satisfacción más honda se refería un maestro espiritual al decir que “hay que conservar preciosamente el fervor íntimo y sólido de las resoluciones, pero no hay que ocuparse demasiado del fervor variable de los sentimientos”.

4. RECONOCER, ACEPTAR Y GOZAR LA PROPIA IDENTIDAD PASTORAL

Vamos ahora a lo que más nos interesa:

La identidad religiosa es al mismo tiempo e inseparablemente “pastoral”. El discipulado es para la misión, y releyendo el Evangelio podemos descubrir que Jesús llamaba discípulos para confiarles una misión. La propia identidad religiosa no se entiende sino bajo la forma de una misión en esta tierra al servicio de los demás.
No sólo el propio ser, sino también la misión que uno tiene en el mundo supone un llamado divino que le da origen. En realidad se trata del único llamado que al mismo tiempo que me constituye en esta persona singular me otorga una misión singular. El Dios amante que me hace existir, también me otorga una misión en el mundo, misión que no “tengo” sino que “soy”. Porque “Dios, al llamarnos a cada uno, en un mismo acto nos entrega nuestro nombre y nuestra misión en la vida”.

Esa misión está ligada indisolublemente al lugar único e irrepetible que ocupo en la historia, y al cumplirla voy respondiendo al llamado lleno de amor que Dios me hizo y me hace. Sólo así me voy construyendo como persona y alcanzando mi identidad plena. Como consecuencia, “cuanto mayor sea la identificación de cada uno con la misión encomendada por Dios, más rica será su identidad y más definida y plena aparecerá su personalidad”.

Si somos únicos e irrepetibles es precisamente porque somos personas creadas en un acto singularísimo del amor de Dios con un proyecto único, porque en realidad sólo Dios, en su creatividad infinita, nunca se repite.

Aun las situaciones adversas e inevitables pueden ser asumidas de diversos modos por cada sujeto libre. Pero esa libertad carecería de significación, de orientación y de posibilidades definitivas si detrás no estuvieran siempre Jesús y su Espíritu, proponiendo un sentido en lo que nos sucede, reorientando el cumplimiento de nuestra misión, integrando lo que nos sucede en un proyecto más amplio, e invitándonos a descubrir qué bien quiere sacar él del mal que nos aqueja. Por eso “lo definitivo no es aquí mi decisión, sino el hecho de que yo me abandone a quien decide, y por ello esté decidido a dejarme moldear por el único que se brinda al encuentro”.

Eso no significa que siempre veamos claro qué conexión tiene lo que nos sucede con la misión que tenemos que cumplir en la vida. Por consiguiente, no cabe angustiarse por la conciencia de cierta falta de claridad en la propia autoidentificación:

“Si la identidad del ser humano se encuentra en proceso hacia su cumplimiento, todo lo que le suceda mientras dure ese proceso tendrá un sentido incompleto. No sabemos qué significado final tendrán las cosas buenas y malas que nos sucedan. Por eso, muchas veces resulta difícil explicar el por qué de lo que nos pasa. Y no tenemos más medio que postergar esa explicación a un final donde todo se verá cumplido. Mientras tanto, sólo nos queda confiar en la Providencia amorosa de Dios, que nos llama en esta circunstancia que no parece tener sentido, al menos ahora y para mí”.

Dios me llama en cada circunstancia, pero la misión que Dios me ha confiado abarca todo el arco de la propia existencia, no una sola de sus etapas o situaciones. Entonces, si bien la misión se va cumpliendo misteriosamente en cada situación, sólo se verá acabada al final. Por eso hay que vivir el misterio de cada momento y de cada tarea con una disponibilidad confiada, asumiendo serenamente los riesgos y renunciando a veces al bienestar, a determinadas seguridades, a un plan personal o a una satisfacción inmediata del ego.

El hedonismo actual nos lleva frecuentemente a sentir que perdemos identidad cuando no podemos hacer lo que deseamos. Si debemos realizar una tarea que nos cuesta y nos quita tiempo de placer (no sólo de placer físico, sino de placer estético, religioso, pastoral, etc.) sentimos que ya no sabemos lo que queremos ni quienes somos en realidad. Porque este hedonismo nos ha marcado de tal manera que ha penetrado en la misma experiencia de autoidentificación. Pero la verdad es que podemos seguir manteniendo una firme opción que nos da identidad en el cumplimiento de una misión, aunque estemos haciendo algo que no nos procure un placer inmediato. Muchas veces las crisis de identidad son falsas, porque se confunden con el malestar tenso que experimenta alguien ante una situación no placentera, quedándose sólo en el nivel de las sensaciones, sin capacidad de trascenderlas reconociendo en ellas mismas un llamado superior. La satisfacción está en el hecho de saber que la propia vida tiene sentido porque se está realizando esa misión, más allá de las sensaciones de insatisfacción que puedan producir algunas de las tareas que integran esa misión:

“En un ser finito como el hombre, la existencia y la esencia no pueden ni deben coincidir y ser congruentes; por el contrario, el sentido debe preceder siempre al ser [...] La existencia se desploma y se viene abajo cuando no se trasciende a sí misma, cuando no sale de sí misma para alcanzar algo que está más allá de ella”.

También los errores y pecados, mediante el arrepentimiento –y sobre todo mediante el perdón generoso de Dios– pueden reorientarse en el sentido del llamado de Dios En el pecado o el fracaso siempre se corre el riesgo de encerrarse en una angustia solipsista, como si uno se quedara sin identidad. Pero allí siempre puede volver a escucharse la llamada que abre el horizonte y saca algún bien de los males.

Puesto que la misión es misteriosa y sobrenatural, también es objeto de fe y de esperanza. No se la puede identificar sin más con una serie de acciones y de logros. La vida se convertiría así en una lucha por conseguir resultados y caeríamos nuevamente en el intento de identificar nuestra identidad con nuestros éxitos personales. No hay que olvidar que “la personalidad y la misión otorgada a cada cristiano es siempre una forma de participación gratuita en la misión única y universal de Jesús”, y que “el seguimiento de Cristo tiene una forma propia, intransferible y personal para cada hombre; por eso el Espíritu Santo se ocupa de distribuir a cada uno su misión”. Esto trasciende todo resultado particular y siempre ilumina al mundo de un modo o de otro. Toda la vida de la persona se incorpora en esta misión, porque “dentro de esta misión debe encontrarse todo lo que el cristiano ha de obrar en el mundo”. Por eso en definitiva todo ayuda a que la persona cumpla su misión, de una manera o de otra. Por supuesto, en primer lugar hay que decir que esta conciencia gozosa de la propia identidad tiene que penetrar las tareas concretas que uno realiza, para no volverse algo meramente idílico e ineficaz, una mera fantasía. Entonces hay que decir también que esta misión es inseparable de los logros, los conozca yo o no los perciba todavía, porque para el que se entrega con confianza la propia entrega siempre es fecunda, en la luz o en el misterio. En un púlpito o en una silla de ruedas, en el gozo o en el llanto, en una cama de enfermo o en medio de la multitud, en el cansancio y en el descanso, cuando uno ha asumido una misión y se entrega con confianza en Dios, esa misión se cumple sí o sí. Dios bendice a su pueblo a través de los éxitos y a través de los fracasos de sus elegidos. Pero la vida siempre es incomprensible sin la misión.

Evidentemente, el cumplimiento de la misión se vuelve más luminoso y más gozoso cuando hay buenos resultados que uno pueda ofrecer con amor a Dios y a los demás, porque la persona que ama en serio procura ofrecerle a los demás algo que valga la pena.

En realidad, esas obras logradas son una prolongación del propio yo. Un pintor es inseparable de sus cuadros, sean estos elogiados o no. Pablo Neruda es inseparable de sus poemas. La Madre Teresa es inseparable de los pobres que ha atendido en su vida. Por eso dice el Concilio Vaticano II en un texto memorable: “Todos los frutos excelentes de la naturaleza y de nuestro esfuerzo, después de haberlos propagado por la tierra en el Espíritu del Señor y de acuerdo con su mandato, volveremos a encontrarlos limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados, cuando Cristo entregue al Padre el reino eterno y universal” (GS 39). La misión que cumplimos no sólo nos otorga una identidad mientras estamos en esta tierra, sino que nos marca para siempre y tiene un sentido eterno.

Pero lo importante es destacar que las acciones y resultados sólo valen en la medida en que estén relacionados íntimamente con la misión que Dios nos confía. El discernimiento es simple: cuando la preocupación por las actividades y logros provoca ansiedad, obsesión y despersonalización, ciertamente comienzan a estar en contradicción con el llamado divino, porque Dios no necesita seres que se mutilen a sí mismos en una lucha inhumana por lograr determinados resultados en el mundo, como no necesita dañar a unos para beneficiar a otros.
Hay que reconocer que la misión supone determinadas renuncias cuando ciertas cosas se oponen a ella y nos exigen una opción. En estos casos en cierto sentido la misión se coloca por encima de la propia autorrealización terrena. Pero, como bien ha explicado V. Frankl, no es la búsqueda de la autorrealización lo que verdaderamente nos realiza como personas y le otorga sentido y orientación a la vida, sino la capacidad de trascenderse a sí mismo hacia un bien que supera las necesidades inmediatas.

A veces el sentido profundo de una misión se realiza simplemente estando, permaneciendo en un lugar, persistiendo allí junto con los otros e identificándose con sus vidas, aun cuando ese lugar no brinde todas las posibilidades de acción, eficacia y éxito que podrían brindar otros lugares o tareas, donde uno podría explayar de modo más admirable sus capacidades. Pensemos, por ejemplo, en el caso de Carlos de Foucauld y en la fecundidad de su opción.

Vemos así que la misión que Dios nos confía penetra todos los momentos de la vida. Es, a su modo, totalizante. Por eso tenemos que decir que de la propia identidad no se descansa nunca. Se puede descansar momentáneamente de alguna tarea en lo que tiene de arduo, pero no de la propia misión y de la identidad que ella nos otorga. Si pretendemos buscar momentos de “liberación” de lo que somos, tratando de desligarnos completamente de ello, entonces terminamos más cansados por la tensión interna que provoca esa esquizofrenia, nos quemamos por dentro a causa de esa falta de unidad personal. No puedo olvidarme de lo que soy. Pero esto requiere haber percibido la belleza y el atractivo de la propia vocación, no porque sea superior a las demás, sino porque es la que Dios me regala como parte esencial del sentido de mi vida, y que me configura en mi identidad.

Sin embargo no está todo dicho hasta que no explicitamos con toda claridad que esa misión es “para los demás”. Ese llamado de Dios a cumplir una misión me coloca en referencia a los otros, y de diversas maneras me llega también a través de ellos, porque mi misión es para ellos, y ese lugar único que cada uno ocupa en el mundo “está determinado a su vez por su posición respecto de otros lugares, y la persona por su relación a todo lo demás”.
Por todo esto cada uno de nosotros, como Jesús, es un ser “para”. El amor a Dios es inseparable del amor a los demás, hasta el punto que quien no ama al hermano “camina en las tinieblas” (1 Jn 2, 11), “permanece en la muerte” (1 Jn 3, 14) y “no ha conocido a Dios” (1 Jn 4, 8).

Cuando hablo de conocer ese proyecto de Dios para mí, que me otorga identidad, no estoy pensando en mi persona aislada, sino en la misión que estoy llamado a cumplir en esta tierra para el bien y la felicidad de los demás.
Entonces la misión sólo termina de unificar la propia existencia si de verdad la cumplimos procurando apasionadamente el bien y la felicidad de los otros, a los cuales nos envía Dios para que alcancemos así nuestra propia plenitud, ya que el ser humano “no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás” (GS 41). Su misma existencia en esta tierra, y no todavía en el cielo, sólo se entiende desde ese punto de vista.

Para expresarlo mejor, podemos decir que estamos siendo fieles a la orientación que nos ofrece el mismo Evangelio, donde la propia vida se entiende al servicio del “Reino”. Por eso nos exhorta: “Busquen el Reino de Dios y su justicia y todo lo demás se les dará por añadidura” (Mt 6, 33). El Reino no es sólo Dios, sino Dios reinando entre nosotros y a través de nosotros, y también todo lo que resulta de ese reinado, el estado de cosas que surge en el mundo. Ese Reino no se identifica con la Iglesia, sino que trasciende sus fronteras y está presente en la humanidad por todas partes y de diversas maneras. También trasciende este mundo, porque se orienta a la plenitud definitiva de la comunidad humana en la gloria eterna de Dios; pero se anticipa en esta tierra. Se hizo visible de un modo perfecto en Jesús resucitado pero lucha por penetrarlo todo. Nuestra vida está al servicio de ese Reino, y buscándolo encontramos nuestra identidad y nuestra plenitud.

5. LA IDENTIDAD DEL SACERDOTE

Con todos estos presupuestos podemos preguntarnos ahora acerca de la identidad específica del presbítero, ministro ordenado.

Si decimos que lo que distingue al sacerdote de los demás es el amor a Dios, en realidad estamos diciendo algo que es propio de todo cristiano; si decimos que lo principal es la opción por los pobres, en realidad se trata de una opción que deben haber todos los creyentes de alguna manera. Si decimos que es evangelizar, también le estamos atribuyendo al cura algo que es un deber común de todos los discípulos de Jesús. ¿Qué es entonces lo que distingue al sacerdote, aquello que se deriva inmediatamente del sacramento del Orden sagrado que él ha recibido, aquello que quienes no han recibido ese sacramento no pueden nunca realizar?.

a) Comprensiones insuficientes de la “caridad pastoral”.

A veces decimos que lo que identifica a un cura es la caridad “pastoral”, que el cura diocesano se santifica ante todo “en el ejercicio mismo del ministerio”(PO 13). La caridad pastoral es el eje de su vida espiritual y al mismo tiempo es el móvil interno de la actividad pastoral. Por eso “existe una relación íntima entre la vida espiritual y el ejercicio del ministerio” (PDV 24). El ministerio debe ser movilizado por la caridad, y entonces es profundamente “espiritual” (mucho más que el cumplimiento externo de una profesión). Pero esa caridad debe expresarse necesariamente en el cumplimiento de la propia misión de pastor, y por eso se llama “pastoral”. Entonces, para el sacerdote, ser santo es lo mismo que ser buen pastor, imitando a Jesucristo.
Pero ¿nos damos cuenta que, si no lo entendemos bien, lo mismo podríamos decir de una madre, de un maestro, de un misionero?. La caridad pastoral se expresa en esas actitudes propias de quien toma a otro bajo su cuidado (el pastor cuida las ovejas). Pero en realidad esto también es común a todos los cristianos: nos cuidamos unos a otros. Los padres biológicos son pastores de sus hijos, los vecinos deben serlo entre sí, los maestros son pastores de sus alumnos, todos los miembros de una comunidad cristiana son pastores unos de otros, deben serlo. En realidad esto mismo podría llamarse “maternidad”, porque implica cuidado cercano y generoso; pero estamos hablando entonces de una función propia de la comunidad cristiana, de todos sus miembros, más que del sacerdote. Así lo reconoce expresamente Presbyterorum Ordinis:  “La comunidad eclesial ejerce, por la caridad, la oración, el ejemplo y las obras de penitencia, una verdadera maternidad para conducir las almas a Cristo” (PO 6).

Por eso, cuando decimos “caridad pastoral” estamos mencionando un elemento importante para caracterizar la identidad espiritual y pastoral del sacerdote, pero tenemos que agregarle otras notas para que quede claro de qué manera eso es específico y distintivo del sacerdote.

b) Una relación única con la Eucaristía.

¿Qué es entonces lo propio de la identidad del sacerdote, y cuál es su vivencia espiritual distintiva?. Hay que reconocer, como ya lo explicaba Trento, que eso debe buscarse en el carácter sacerdotal recibido en el orden sagrado, porque ese carácter exclusivo lo capacita sólo a él para presidir la Eucaristía. Es la Eucaristía lo que le da al sacerdocio su último sentido. No hay vueltas.

Evidentemente, la identidad propia y exclusiva del sacerdote sólo puede entenderse desde su función específica, principal e indelegable, que es celebrar la Eucaristía e impartir la absolución sacramental. Es decir, en cuanto él es instrumento de la donación de la gracia santificante, que se derrama sobre todo en esos Sacramentos. Entonces, evidentemente, desde allí hay que entender todo lo demás.

La identidad sacerdotal se entiende muy mal si se la piensa ante todo desde la autoridad, como si lo distintivo del sacerdocio fuera el poder que tiene como máxima autoridad de la comunidad. Esto implica olvidar que el ejercicio principal del sacerdocio ministerial, el que lo constituye en su núcleo esencial insustituible, no es la autoridad sino la celebración de la Eucaristía como ministro consagrado.

¿El sacerdote no es signo de Cristo “cabeza”?. Sí, pero ante todo en referencia a la gracia que brota de Cristo como cabeza, la llamada “gracia capital”. Por consiguiente, esta asociación a Cristo “cabeza” no hace referencia en primer lugar a la autoridad, sino al derramamiento de la gracia, de la cual el sacerdote es signo. Juan Pablo II ha recalcado que aún cuando esta función sacerdotal se considere “jerárquica”, no debe entenderse tanto por la necesidad de alguien que esté por encima de los demás, sino que “está totalmente ordenada a la santidad de los miembros de Cristo” (MDi 27). Por eso su clave y su eje no es el poder, sino la potestad de administrar el sacramento de la Eucaristía, que es la fuente primera de la santidad de los fieles.

También los laicos alimentan y curan a los demás, pero el sacerdote lo hace sobre todo ofreciendo la fuente principal de la vida de la gracia, la Eucaristía. Él hace presente, como signo, al Buen pastor, que trae vida abundante (Jn 10, 10), alimenta a las ovejas en la Eucaristía y las cura en el Sacramento del perdón para que puedan celebrar dignamente el banquete. Entonces, la identidad del sacerdote, su espiritualidad y su “caridad pastoral” deberían entenderse desde allí. Sólo el cura es tomado por Cristo de esa manera peculiar, que lo convierte en signo del Buen Pastor cuando se hace presente a través de él en los Sacramentos y expresa con su boca, su voz y sus manos: “Esto es mi cuerpo”, “Yo te absuelvo”. Sólo él es pastor de ese modo. Por eso, “la caridad pastoral, que tiene su fuente específica en el sacramento del orden, encuentra su expresión plena y su alimento en la Eucaristía” (PDV 23).
Algunas corrientes aparentemente progresistas se resisten a destacar la administración de la Eucaristía como lo más específico del cura y prefieren atribuirle una multitud de funciones. Pero no se dan cuenta que eso es una manera sutil y aparentemente renovadora de mantener en pie el viejo clericalismo. Porque se sobrecarga de funciones la figura del cura a costa de la riqueza y la variedad de la vida comunitaria. Los laicos pueden desempeñar muchas funciones, y pueden hacerlo con creatividad y dedicación. Pero no le hace bien a esa riqueza sobrecargar míticamente la figura sacerdotal y llenarla de atribuciones que no derivan necesariamente del orden sagrado, y que pueden cumplir los demás miembros de la comunidad.

c) Al servicio del Sacramento de la unidad.

Vayamos ahora a una segunda nota del sacerdocio que se deriva como una exigencia directa de su función de presidir la Eucaristía.

Precisamente por su relación única con la Eucaristía, hay una función de guía y conducción que el sacerdote nunca debería delegar: es la de armonizar los diversos carismas y ministerios en la unidad de la comunidad y en la comunión de ésta con la Iglesia diocesana. Él está particularmente ligado a la Eucaristía, que es el Sacramento que significa y realiza la unidad de la Iglesia (cf. LG 3). Por eso el cura es el primer responsable de asegurar la comunión fraterna, aun en los casos en que cumpla sólo la función de asesor o de moderador. Él es el hombre de las relaciones, que donde está genera comunión. Se trata de una dimensión específica de su sacerdocio puesto que se lo exige la Eucaristía que él administra, sacramento que impele hacia la unidad.

Para asegurar la comunión necesita tener autoridad, y en ese sentido, por ser el que preside la Eucaristía y hace posible su celebración válida, el cura recibe de ella la autoridad necesaria para tomar decisiones que aseguren la comunión fraterna allí donde él ejerce su ministerio.

Del obispo recibirá la jurisdicción, pero de Cristo presente en la Eucaristía recibe permanentemente este llamado y esta misión de procurar la comunión y de conducir la variedad de la vida comunitaria a la unidad fraterna.  Al servicio de esta misma función reconciliadora se sitúa la administración del sacramento de la Reconciliación, que sólo él puede administrar, y que implica también una reconciliación con la Iglesia.

Pero para que este ministerio sea coherente y testimonial, el sacerdote debe amar y buscar la unidad con sus pares, orar y trabajar con ellos en un proyecto común, para que también sus fieles estén integrados en el proyecto de la comunidad diocesana. El ministerio sacerdotal que brota del orden sagrado que todos los sacerdotes han recibido, y que se ordena al Sacramento de la unidad y está a su servicio, tiene una “radical forma comunitaria” y sólo puede ser una “tarea colectiva” (PDV 17) para no contradecir su orientación esencialmente eucarística.

d) La verdadera unidad eucarística

Pero hay que entender bien qué tipo de comunión es la que fomenta el sacerdote: se trata de la unidad en la diversidad. A la Eucaristía se lleva la variedad de servicios, funciones y ministerios de la vida comunitaria, y en la Eucaristía toda esa riqueza tiene un centro de unidad. A su vez, la Eucaristía debe promover esa riqueza. Por lo tanto, de allí se deriva la función del sacerdote de fomentar la variedad de carismas y ministerios de los laicos, asegurando que confluyan en la unidad de la comunidad. No se trata de una unidad monolítica o empobrecida.
Es la centralidad de la Eucaristía lo que otorga al sacerdote una importancia insustituible en la comunidad. Pero esta misma centralidad es la que plantea hoy la exigencia de que el párroco delegue en otras personas muchas de las funciones con las que tradicionalmente se ha sobrecargado su ministerio. Porque si sobrecarga su ministerio, eso le impide muchas veces una celebración digna, rica y bien preparada de la Eucaristía, y la administración de la Reconciliación que permita a muchos fieles acceder adecuadamente a la comunión sacramental. En este sentido, se nos plantea un conflicto: Seguimos optando porque el sacerdote mantenga un tipo de ejercicio del poder que le impone múltiples obligaciones, con el descuido de la celebración eucarística, la ausencia de un tiempo adecuado para la atención de confesiones (lo cual también atenta contra la digna y frecuente recepción de la Eucaristía), y la dificultad para promover una rica comunión fraterna. O, por el contrario, tomamos la decisión más adecuada de priorizar la función específica del sacerdote y la centralidad de la Eucaristía, y entonces acentuamos la necesidad de dejar ordinariamente los diáconos y laicos cumplan muchas funciones en la comunidad.

Podría objetarse que los laicos no están preparados suficientemente para que puedan cumplir esas funciones. Pero se olvida que el mejor aprendizaje se realiza precisamente a partir de las exigencias y desafíos de la práctica. ¿De hecho no es así como aprenden muchas cosas, mejor que en el Seminario, muchos sacerdotes jóvenes?: a aconsejar, a enseñar, a acompañar.   Por todo esto, se nos invita a volver a la esencia del sacerdocio y, al mismo tiempo, a fomentar y desarrollar la variedad de ministerios (NMI 46), que no son exclusivos del sacerdote.
Esta vuelta a lo esencial y específico del sacerdocio ministerial, situado en el contexto de una amplia variedad de ministerios laicales, puede permitir una vivencia del ministerio que plenifique al sacerdote. Porque le da la posibilidad de gozar y de enriquecerse en la contemplación, acompañamiento y promoción de la variada riqueza comunitaria, en lugar de destruirse llenándose de funciones innecesarias.

e) Una identidad “histórica” y situada.

Además de estas dos o tres notas principales, que se derivan más directamente de la potestad que le confiere el sacramento del Orden, podemos mencionar otras “notas histórico culturales”, que, por su inserción mundana y evangelizadora, pueden caracterizar al sacerdote en una época determinada, aun cuando podrían separarse del ejercicio del ministerio o cuando podrían ser asumidas por otros cristianos no ordenados. Tienen que ver con lo que la Iglesia discierna para cada época y lo que cada uno configure de acuerdo a su identidad personal y a sus carismas peculiares.

Actualmente, por ejemplo, son los sacerdotes quienes de ordinario predican en la Misa, aunque para ello no sea indispensable el sacramento del Orden. Esto, ciertamente, podría cambiar, pero la Iglesia prefiere mantenerlo. También el modo de ejercer la autoridad en las comunidades, que hoy se concentra particularmente en el sacerdote, podría modificarse; pero hoy el derecho canónico establece que haya algunas atribuciones indelegables. El celibato, si bien no es una nota inseparable del sacerdocio, sí lo es en Occidente, de manera que hoy los sacerdotes occidentales necesariamente tienen que pensar su identidad incluyendo el celibato.  Pero además hay una serie de características y de tareas que pueden variar de un lugar a otro y de una diócesis a otra. Por eso, en cada diócesis, los sacerdotes junto con su obispo, y escuchando a los demás fieles, pueden delinear un determinado perfil sacerdotal que consideren necesario para la época que les toca vivir y para el lugar concreto donde ejercen el ministerio.

Sabemos que cuando los agentes pastorales reniegan de la cultura del tiempo que les toca vivir, se produce una nueva ruptura entre la Iglesia y el mundo. Eso sucedería si hoy no se asumiera el diálogo con la nueva cultura de la globalización. Es cierto que hoy abundan antivalores, que hay mucho que sanar, purificar y elevar. Pero un agente pastoral debe ser capaz de descubrir los valores y las inquietudes legítimas del tiempo que le toca vivir, y adaptar a ello el modo de ejercer su ministerio, porque es el tiempo de su gente. Por eso, no podrá ser un resentido con su época, destacando sólo lo negativo del mundo actual. De otra manera, no podrá partir de lo que viven sus fieles, de sus búsquedas valiosas y de su modo de vivir.

La identidad también tiene que ver con el lugar donde al sacerdote le toca vivir, que es el mismo lugar donde viven los fieles. Por lo tanto, deberá enamorarse de ese lugar y ser uno más, como lo fue Jesús en su tierra, y adecuar a ese lugar su ministerio. Como todo evangelizador, el sacerdote está llamado a “inculturarse” en la tierra donde vive “con el mismo afecto con que Cristo se unió por su encarnación a las determinadas condiciones sociales y culturales de los hombres con quienes convivió” (AG 10), y entonces reflejará su fe “en el ambiente de la sociedad y de la cultura patria, según las tradiciones de la nación” (AG 21). De este modo, “por experiencia directa” (RMi 53) los agentes pastorales, “familiarizados con sus tradiciones nacionales y religiosas, descubren con gozo y respeto las semillas de la Palabra que en ellas laten”. Así pueden vivir la alegría de “advertir en diálogo sincero y paciente las riquezas que Dios generoso ha distribuido a la gente” (AG 11). Esto implica encarnarse en “las aspiraciones, las riquezas, los límites, las maneras de orar, de amar, de considerar la vida que distinguen a tal o cual conjunto humano” (EN 63). Sólo así un catequista puede transmitir el Evangelio “de manera creíble y fructífera” (RMi 53).
En Córdoba, un sacerdote deberá ser bien cordobés, en Río de Janeiro deberá ser marcadamente carioca, etc. Su identidad debería estar embellecida por lo mejor de su tierra, por las notas culturales que distinguen también a sus fieles.

Sin embargo, esta identidad cultural local, no niega ni rechaza la vocación universal que tiene como ser humano y como cristiano, sino que es complementaria a ella. En realidad, podríamos decir que el 90 % de cualquier ser humano, está constituido por realidades comunes con toda la humanidad, y sólo un 10% de su realidad personal está conformado por notas exclusivas de la cultura local.

El perfil básico y permanente del sacerdocio debe ser reelaborado comunitariamente en cada lugar y en cada época, reconociendo ante todo lo que Dios mismo quiere comunicar al mundo en ese contexto. Sólo así es posible apasionarse con el ideal sacerdotal y proponerlo vocacionalmente a otros.

Finalmente, digamos que cada sacerdote es un individuo único e irrepetible, y además de la potestad que recibe en el Orden sagrado, posee algunos carismas propios que tiene derecho a ejercitar para bien de la Iglesia. No hay un molde fijo para todos los sacerdotes. Estas características y carismas personales configuran en cada caso un modo único de ser sacerdote. Si cada uno no fuera él mismo, privaría a la comunidad de una riqueza que sólo él puede ofrecer, con su forma única de ser. Ser fiel a la propia identidad es ser fiel al Dios amante que la creó. Pero para ello, es necesario volver siempre en la oración y en la vida a la convicción de ser amado por Dios personalmente, directamente, con una ternura infinita y un cariño indefectible. Porque es demasiado poco lo que nos conocemos a nosotros mismos, y sólo Dios puede revelarnos claramente nuestra propia identidad pastoral, lo que él espera de nuestra tarea.

Todas estas notas históricas y personales, sin embargo, deberían estar necesariamente unidas a las tres notas principales e inseparables del sacerdocio ministerial y configurarse de tal manera que estén al servicio de ellas. Alguien que presta una serie de servicios sin celebrar jamás la Eucaristía, por ejemplo, o separando esos servicios de la celebración eucarística, está haciendo cosas para las cuales no necesariamente debía recibir el Orden sagrado.
De todos modos, este sacramento produce una configuración tal, que lleva al sujeto a cumplir una misión como instrumento de gracia que de una manera o de otra siempre se cumple. Esto es verdad en toda circunstancia: Los curas somos curas, instrumentos de Cristo para la salvación del mundo, también cuando sufrimos, también cuando fracasamos, también cuando nos sentimos humillados. La misión nos toma por entero, y la cumplimos de una manera o de otra, pero la cumplimos por la obra kenótica de Cristo en nosotros y por la acción misteriosa del Espíritu.

f) Orar al Dios pastor

Con todas las aclaraciones hechas hasta ahora, decimos que el eje unificador de la espiritualidad sacerdotal es la “caridad pastoral”, lo cual se expresa de otro modo al decir que el cura diocesano se santifica ante todo “en el ejercicio mismo del ministerio”(PO 13). Pero así como la caridad implica al mismo tiempo el amor a Dios (dimensión vertical) y el amor al prójimo (dimensión horizontal), lo mismo sucede en la caridad “pastoral”. Por lo tanto, la caridad pastoral incluye un modo “pastoral” de amar a Dios. Veamos dos maneras como se expresa este peculiar amor a Dios que caracteriza a un pastor:

La misma imagen de Dios, con el cual se encuentra un sacerdote en la oración personal y en la celebración litúrgica, está hondamente marcada por la identidad pastoral. Es decir: Dios es percibido y amado por el pastor ante todo como fuente de vida para los demás, como plenitud que es a la vez un manantial desbordante de vida para el pueblo. El cura es un signo de vida para el pueblo porque él mismo vive de un Dios que es manantial permanente para que el pueblo tenga vida:

“Se trata de un amor cautivado por la gracia, por el Dios que es Vida y hace participar al hombre de su vida divina; es un amor agradecido y admirado ante el Dios generoso que se comunica, que salva al hombre… Y puesto que ni el sacerdocio ni la caridad se terminan, podríamos decir que la alegría suprema y definitiva de un cura será encontrarse plenamente con Dios y gozar viéndolo comunicar su Vida al pueblo feliz y liberado”.

Esto es sumamente importante, porque la misma imagen de Dios hace que ya en el encuentro íntimo con el Señor brote un impulso hacia la actividad pastoral.

Esta adoración a Dios como fuente de vida hace que la espiritualidad del sacerdote sea profundamente sacramental, ya que es particularmente en medio de la celebración de los Sacramentos –sobre todo en la Eucaristía– donde Jesucristo se hace presente como fuente de vida para el pueblo:

“Este amor a Dios se dirige más expresamente al Dios presente y actuante en los Sacramentos. Es ante todo la presencia eucarística el manantial donde el cura busca saciar su sed de Dios. Su encuentro de amor, donde renueva el pacto de amistad con él, es habitualmente la celebración de la Misa. Aunque también lo ama descubriéndolo actuante en los demás Sacramentos, y en la Palabra que administra”.

Pero es destacable que Dios es visto como “actuante” en los Sacramentos, por lo cual en esa contemplación se incorpora al pueblo, objeto de esa acción sobrenatural de Dios.

De este modo, “la caridad pastoral, que tiene su fuente específica en el sacramento del Orden, encuentra su expresión plena y su alimento en la Eucaristía” (PDV23). Cuando se contempla en la Eucaristía a Cristo que se hace presente, se considera peculiarmente que está allí para derramar su vida en el pueblo: “Yo he venido para que tengan vida” (Jn. 10). El sacerdote no tiende a aplicar esa realidad inmediatamente a sí mismo, sino al pueblo, y a sí mismo en cuanto parte del pueblo amado.

g) Paternidad espiritual

Debemos decir que todo agente pastoral vive alguna forma de paternidad o maternidad espiritual, pero en el caso del sacerdote que ha asumido el celibato, esta nota de “espiritual” adquiere una dimensión y una intensidad particular puesto que ha renunciado a la paternidad biológica y a la pareja, de manera que las energías que normalmente se encauzarían en una familia, se transfiguran y se orientan a esta otra forma de paternidad que se vuelve así muy honda y central. El celibato no implica sólo una relación de amor con Jesucristo que no se comparte con otro amor exclusivo, sino que, en el caso del sacerdote –a diferencia de un monje o de otras formas de virginidad– se orienta directamente al servicio pastoral disponible y desinteresado. Si esto se vive adecuadamente, evita que ese servicio se vuelva un profesionalismo, porque está impregnado por algunas notas que le vienen de esa carga afectiva que se desplaza de la esposa y de los hijos biológicos a muchos hijos espirituales:

“El mecanismo psíquico de la sublimación opera aquí. No consiste en una alquimia por la que los impulsos sexuales y los procesos eróticos se transforman en amor pastoral, pero sí en un proceso en el que la constelación de intereses, deseos, proyectos en torno al polo genital se desplazan a la opción espiritual y pastoral que constituye el núcleo de la vida del pastor. Pero este potencial desplazado, que espontáneamente estaba orientado hacia la entrega a una mujer y hacia la formación de la familia, guarda siempre una cierta ‘marca de fábrica’. Guarda el vestigio de su origen y se expresa en forma de familiaridad”.

Esto implica unas notas de disponibilidad, cercanía, capacidad de compartir la vida de la gente con sus alegrías y dificultades, entrar en sus vidas y permitir que invadan la propia, como sucede en cualquier pareja o familia sana.

h) Renovar la decisión de ser cura

La reflexión orante sobre su identidad sacerdotal, debería levar al sacerdote a una oración como la siguiente:
“Ya que estoy en esto lo acepto, renuncio a vivirlo a medias y me asumo como cura hasta los tuétanos. Reconozco que mi identidad no puede entenderse ya sin el sacerdocio y me miro a mí mismo como cura, y aprendo a disfrutar de que los demás me reconozcan como tal. Renuncio de una vez a la paternidad biológica y acepto la belleza sublime de la paternidad espiritual (Mc 10, 28-31). Advierto que el cambio vale la pena porque me lleva a profundidades vitales insospechadas, y acepto que eso es lo mío hasta la muerte”.

Si no tomo esta decisión profunda, preparada y expresada en primer lugar en la oración personal, soy como un cóndor con las alas arrancadas, arrastrándome en el polvo. Hecho para las alturas, pero entretenido lastimosamente en lamentos y distracciones. Así termino renunciando no sólo a las cumbres de la vida mística sino a las cumbres de la experiencia pastoral y de la fraternidad y paternidad espiritual, que brindan gozos altísimos.

Vuelvo a elegir ser hombre de Dios para los otros, sin necesitar nada más. Acepto que cualquier otra opción sea secundaria y subordinada a ésta. Y vuelvo a dar el sí a esta identidad con lo que tenga de poco lustroso, de áspero, y también de contracultural, de incomprendido y de marginal en el mundo de hoy.

Vuelvo a escuchar el “sígueme” de Jesús, pero ahora sabiendo bien lo que implica de disponibilidad gratuita, de límites, y también de rutinaria entrega.

Y digo que sí con la alegría de quien se sabe objeto de una mirada de amor, como escuchando: “Carlos, te quiero para esto”. Esa conciencia de una elección amorosa me permite saber que mi vida seguramente tendrá sentido y será fecunda pase lo que pase.

La oración personal debería ser un horno donde se gusta y se alimenta el fuego gozoso de esta identidad, de manera que se la pueda vivir cada vez con más intensidad en medio del ejercicio del ministerio.

C. ORAR CON LA PROPIA IDENTIDAD PASTORAL

La oración sincera se expresa y se alimenta la verdadera identidad pastoral, y que esa identidad otorga a la propia oración “pastoral” unas notas características. Pero tendríamos que acotar brevemente de qué manera concreta la oración personal alimenta y afianza esa identidad pastoral, para que la tarea sea vivida con convicción, entrega y profundo agrado.  Necesariamente debe haber espacios de contemplación de esa identidad pastoral que Dios nos regala. A veces simplemente recordando y agradeciendo las notas de esa identidad; otras veces pidiendo la gracia de identificarse más a fondo con esa misión. De este modo, uno puede llegar a reconocer poco a poco que la propia vida está marcada a fondo por esa misión, que no es un aspecto secundario o limitado de la propia existencia, y que si uno la asume a medias se priva de los gozos más altos que esa misión puede brindar.

Uno podría decir que la oración personal por sí sola alimenta la relación con Dios y nos lleva más y más al centro de nuestra identidad más profunda. Porque nos permite participar de la mirada de Dios y así conocernos mejor a nosotros mismos desde su amor fundante y desde su proyecto para nosotros. Pero en la práctica no podrá construirse la propia identidad en la oración y en la reflexión personal si no se integra la propia misión en esa oración, si no se dialoga con Dios sobre la misión, si no se llevan a su presencia las personas a las que se dirige la misión, si no se purifican en el fuego de Dios las mezquindades y las debilidades de la tarea, etc.

Una oración personal que integre la propia misión, si es fuente de una identificación cada vez mayor con esa misión, le otorga a las tareas un hondo sentido y un profundo fervor, unificando todas las energías de la persona en función del cumplimiento de esa misión.

La oración que profundiza la propia identidad pastoral tiene entonces un gran potencial unificador y armonizador de toda la existencia. Ya no decimos que es simplemente la relación personal con Dios lo que unifica todo, sino la misión para los demás, que no excluye a Dios, sino que es una misión religiosa, porque se la vive ante todo como respuesta al llamado amoroso de Dios.

Se trata de recoger las motivaciones que nos muestran la hermosura de la propia vocación y de las tareas que la expresan, y de profundizarlas, gustarlas y contemplarlas en la oración. Para eso es útil acudir a textos escritos por personas que se han apasionado por esa vocación, o dialogar con personas que se han identificado a fondo con esa vocación, y tomar nota de todo lo que encontremos al respecto. También sirven los testimonios de santos y de personas particularmente entregadas que podamos recordar. Igualmente pueden ser útiles algunos textos del Magisterio que se refieran a esa vocación.

Pero lo importante es que todo eso sea objeto de una contemplación detenida en un momento de oración personal, hasta que lleguemos a agradecer a Dios de corazón que nos haya regalado esa misma vocación.

A veces no se trata de detenerse en la propia misión, sino simplemente en el llamado a la vida cristiana que puede haberse desdibujado. Si el mundo nos está convenciendo de que entregarse por el Evangelio no vale la pena, entonces hay que volver a convencerse en la oración de que el mundo nos engaña y que no tiene nada mejor que proponernos.

Lo que podemos ofrecer a este mundo como testimonio es lo mismo que nos realiza a nosotros: salir de nosotros mismos, estrechar lazos, buscar la felicidad de los demás, desvivirnos por llevar a otros la luz del Evangelio, construir el Reino de justicia y de paz. Esa es la apuesta contra el individualismo cómodo, consumista y egoísta de nuestra época. La Palabra de Dios y el testimonio de vida de muchos santos y personas entregadas nos ofrecen estímulos que podemos recoger en una oración serena, hasta que volvamos a decir “sí” de corazón al Señor.

A veces sucede que uno valora en teoría la propia misión, pero el problema es que durante mucho tiempo se ha imaginado a sí mismo como un ser mundano, egoísta, preocupado sólo por sí mismo y su bienestar. Esa imagen de sí mismo tiene mucha fuerza para llevarnos en otra dirección y suele impedir que aceptemos a fondo ser transformados de acuerdo a lo que Dios nos propone. Por eso podemos hacer un proceso en la oración personal que nos lleve a mirarnos a nosotros mismos como plasmados, identificados, modificados a fondo con esa misión que Dios nos confía.

Es necesario todos los días detenerse un momento a invocar al Espíritu Santo y a pedirle: “Enséñame a reconocer este cambio que se ha producido en mí, ayúdame a descubrir cómo me has cambiado con este nuevo don.

Transfigura todo mi ser, mis pensamientos, mis deseos y mis reacciones para que reflejen esta nueva realidad que has hecho de mí”.

1. LLEVAR LAS TAREAS A LA ORACIÓN PRIVADA

La propia misión normalmente se expresa en una serie de tareas y compromisos. Puede suceder que uno llegue a aceptarse como configurado con una misión, pero no terminar de aceptar las tareas concretas, que pueden ser a veces pesadas o exigentes. Eso indica que la propia identificación pastoral todavía es débil o algo idealista. Para superar esa dificultad y lograr identificarse más concretamente con la propia misión, simplemente hay que tratar de practicar las diversas formas de oración “pastoral”: la intercesión, el agradecimiento pastoral, la oración que sana las propias resistencias e inconsistencias o enfermedades pastorales, etc.

Ahora es necesario que ahondemos más directamente en el sentido pastoral de los espacios de oración privada, de manera que no se trate de una mera soledad vivida con Dios, sino de que esa soledad esté poblada por las personas a las cuales el Señor nos envía y por las tareas que él nos ha confiado para mejorar el mundo. Quiero proponer una oración personal que no solamente esté conectada con los demás y con las tareas, sino que verdaderamente alimente la calidad espiritual de la actividad.

Cabe recordar, por otra parte, que la vida espiritual tiene dos columnas, o dos maneras diferentes de nutrirse y crecer: por un lado una actividad bien vivida, por otro lado la oración personal. Cuando insistimos en la necesidad de vivir el dinamismo espiritual y la oración en medio de las actividades, eso no significa que los espacios de oración solitaria fuera de las tareas se vuelvan superfluos. Porque si faltan esos momentos, la vida espiritual queda mutilada, recibe sólo una de sus fuentes de crecimiento. Es como si un organismo recibiera sólo alimentos sólidos y se lo privara de los líquidos. En realidad, es evidente que la oración personal es lo que en primer lugar nos permite encontrar los modos de vivir profundamente la actividad, nos aporta los recursos interiores para poder vivir con calidad espiritual las tareas y por eso es el punto de partida que inicia un modo nuevo de vivir.

Detengámonos entonces en este segundo modo –tan indispensable como el otro– de alimentar la vida espiritual.

a) El valor espiritual de la intercesión

Sin dudas la oración de intercesión es una clave sumamente importante para descubrir si una persona ha desarrollado tanto la fe en Dios como el amor al prójimo, y es indispensable para confirmar si las dos cosas están adecuadamente unidas en el corazón de la persona. Porque la oración de intercesión es al mismo tiempo un acto de confianza en Dios y un acto de amor al prójimo.

Por cierto dualismo que se nos mete adentro, a veces pensamos que la oración de una persona santa o entregada a Dios debe ser una contemplación pura de la gloria de Dios sin distracciones, como si pensar en otros seres humanos nos alejara de esa contemplación concentrada, y perjudicara nuestro encuentro con Dios. La Palabra de Dios nos dice más bien lo contrario, sobre todo en la primera carta de Juan, donde repetidamente nos indica que nuestra relación con Dios, por más mística que parezca, puede ser un engaño, ya que no es posible amar auténticamente a Dios si el corazón no está bien abierto a los hermanos, deseando y buscando su felicidad. Tenemos que llegar a convencernos de una ley básica de la vida espiritual, que es imprescindible para no errar el camino desde el principio: Si alguien no ama sinceramente a los demás no puede decir que tiene una experiencia de Dios, que llegado a conocer a Dios, porque según la Biblia “Dios es amor” (1 Jn 4, 8). Entonces, “quien no ama al hermano que ve no puede amar a Dios, a quien no ve”(1 Jn 4, 20).

Por eso mismo, si nos preguntamos cómo es posible saber si uno está realmente en la luz, la respuesta es clara: “Quien dice que está en la luz, pero aborrece a su hermano, está todavía en las tinieblas” (1 Jn 2, 9). Igualmente, si queremos tener algún indicio para discernir si tenemos en el corazón la vida de Dios, la respuesta bíblica es contundente: “Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos. Quien no ama permanece en la muerte” (1 Jn 3, 14).

¿Necesitamos orientaciones más claras, más firmes y seguras? Leyendo la Biblia podemos tener esta certeza: Nuestro supuesto encuentro con Dios no nos garantiza nada si no alimentamos la vida interior con actos generosos de amor al prójimo: de paciencia, de servicio, de escucha, de ayuda, de evangelización, etc. Cuando el amor a Dios es auténtico, cuando es una verdadera apertura del corazón al Otro, ese corazón no se cierra cuando se encuentra con un hijo de Dios, sino que sigue abierto para recibir a todos. Por eso, cuando esa persona se pone a orar, le brota espontáneamente una oración por los demás. La intercesión es un acto de amor al prójimo hecho en la presencia de Dios y confiando en Él. Él, que es Padre de todos, espera que tengamos un corazón de hermanos, y la mejor adoración que recibe es cuando nos preocupamos con amor por los demás. Por eso decía S. Tomás de Aquino que la misericordia con el prójimo es la más grande de todas las obras exteriores (ST II-II, 30, 4, ad 2), es la virtud que más nos hace parecidos a Dios (ad 3), ya que Dios “no necesita de nuestros sacrificios”, y prefiere el culto de la misericordia con el prójimo (ad 1).

Reconozcamos entonces que, si en la oración de un evangelizador, la intercesión ocupa poco espacio, eso es realmente una mala señal. Al mismo tiempo, digamos que, para alimentar un espíritu evangelizador, es necesario motivar y desarrollar el hábito de interceder detenidamente por los demás. Porque orando por ellos nos va brotando el deseo de que les vaya bien, de que sean felices, de que encuentren al Señor, y eso nos motiva para ayudarlos, para ser instrumentos de Dios, de manera que eso sea posible.

La Palabra de Dios nos muestra concretamente el valor de la intercesión cuando nos permite mirar por un momento el corazón del evangelizador. Por ejemplo, en Flp 1, 4-11. Allí descubrimos hasta qué punto la oración de San Pablo estaba llena de seres humanos: “En todas mis oraciones siempre pido con alegría por todos ustedes... porque los llevo dentro de mi corazón” (Flp 1, 4.7).

En ese texto vemos dos cosas importantes: primero, que la intercesión no es una oración que el Apóstol hace sólo algunas veces, para no distraerse de la adoración a Dios; al contrario, “en todas” sus oraciones y “siempre” que ora se detiene a pedir por los hermanos. En segundo lugar, no es una oración que él hace por obligación, sólo para cumplir con una norma divina, sino que brota de su corazón que ama, y por eso es una oración hecha “con alegría”.
También en Col 1, 9 los dirigentes dicen: “No dejamos de orar por ustedes”. No dicen que algunas veces los recuerdan en la oración, sino que constantemente los tienen presentes en su oración.
Hay que liberarse entonces de ese falso perfeccionismo espiritual que lleva a pensar que la intercesión es una oración de segunda calidad, que distrae de la contemplación, porque la contemplación que deja afuera de los demás es un engaño que no responde al deseo de Dios.

Pero no hay que pensar que la intercesión abarca sólo a nuestros seres queridos y más cercanos. Eso sería sólo una forma de amor muy interesada, porque nos encerramos en ese círculo cerrado y nos conviene que los que están cerca de nosotros vivan bien. Por eso, más adelante, la carta a los Efesios nos exhorta: “Oren por todo el pueblo santo de Dios” (6, 18). Cuando una persona es realmente generosa, le duele todo el pueblo de Dios y no sólo aquellos que están a su cargo. No se siente un profesional preocupado por los que han sido encomendados a su tarea, sino que le preocupa la Iglesia entera y ora por ella con el corazón abierto, porque es la esposa que Cristo ama y “cuida con cariño” (5, 29). Se trata de una oración confiada, porque cuando alguien trabaja en la Iglesia y por ella, le duelen verdaderamente los problemas eclesiales, le preocupa el crecimiento, la renovación y la fidelidad de la Iglesia al Evangelio. Pero en esa preocupación puede pretender imponer sus esquemas y deseos personales al futuro de la Iglesia, que no es propiedad suya. Una oración adecuada sería pedir al Señor que bendiga a su Iglesia para que pueda realizar el proyecto que tiene sobre ella, que en definitiva es el proyecto que quiere realizar a través de ella. Pero también puedo rogar al Señor que me ilumine para poder descubrir ese designio que el tiene sobre su Iglesia y que me de la fuerza para aceptarlo y asumirlo, renunciando si es necesario a mis propios proyectos.
No obstante, es cierto que tenemos una especial responsabilidad hacia las personas que tenemos más cerca y hacia las que tratamos en nuestras tareas, y es natural que las llevemos especialmente en el corazón. Por eso, cada vez que terminemos una tarea por los demás, es bueno que dediquemos al menos unos breves minutos a interceder por las personas que hemos tratado. Esta es una manera muy eficaz para evitar que la tarea se convierta en un profesionalismo que cumplimos por obligación. Porque, si al finalizar la tarea sentimos que nos hemos “liberado”, y corremos a buscar descanso en la televisión o en otros placeres personales, eso puede llevarnos a sentir que nuestra tarea es sólo un pesado deber que no nos llena la vida.

b) La acción de gracias pastoral

Esta presencia constante de los demás en la propia oración no es solamente la súplica. El amor a la gente, en el corazón del evangelizador, se convierte también en agradecimiento a Dios. Así lo vemos en la oración de San Pablo: “Ante todo, doy gracias a mi Dios por medio de Jesucristo por todos ustedes” (Rm 1, 8). Es un agradecimiento constante: “Doy gracias a Dios sin cesar por todos ustedes a causa de la gracia de Dios que les ha sido rogada en Cristo Jesús” (1 Co 1, 4). No es un agradecimiento que surge algunas veces cuando el apóstol se aparta a orar, sino que es una plegaria feliz que le brota cada vez que se acuerda de los hermanos: “Doy gracias a mi Dios todas las veces que me acuerdo de ustedes” (Flp 1, 3). Por lo tanto, también surge espontáneamente en los momentos de oración: “Damos gracias a Dios siempre por todos ustedes, recordándolos en nuestras oraciones sin cesar” (1 Tes 1, 2).

Pero precisemos algo: no se trata de olvidarse de Dios por pensar en los demás, sino de unir dos cosas estrechamente en la oración personal: el amor a Dios y el amor a los demás. Un modo especial de lograr esta unión es una oración poco común: dar gracias a Dios por lo que él hace en los demás. Cuando un sacerdote ha logrado desarrollar este modo de oración y se le ha vuelto espontáneo, creo que entonces no quedan dudas de que ha logrado identificarse a fondo con la misión que Dios le ha confiado en esta tierra. Su corazón se ha expandido verdaderamente para dar espacio a los demás. Pero advirtamos ahora que estamos hablando de una oración profundamente contemplativa, porque para poder dar gracias de esta manera, la persona debe estar muy atenta para descubrir lo que Dios hace en los demás, y para reconocerlo como una obra amorosa de Dios, que merece nuestro agradecimiento: “Como es justo, en todo tiempo tenemos que dar gracias a Dios por ustedes hermanos, porque la fe de ustedes está progresando mucho y va creciendo el amor mutuo” (2 Tes 1, 3). No es una mirada incrédula sobre los demás, no es una mirada negativa y desesperanzada. Es una mirada espiritual, de profunda fe. Al mismo tiempo, esta oración es bien fraterna y pastoral; es la gratitud que brota de un corazón verdaderamente preocupado por los demás.

Por otra parte, esta acción de gracias pastoral, es también un sentido agradecimiento personal por la misión que el Señor ha querido confiarnos para el servicio de los demás, y porque él nos capacita para cumplirla: “Doy gracias a aquel que me revistió de fortaleza, a Cristo Jesús, Señor nuestro, que me consideró digno de confianza al colocarme en el ministerio” (1 Tim 1, 12).

También es muy sano que, una vez terminada una tarea, nos detengamos un instante a dar gracias a Dios por haberla realizado, y por las cosas buenas que pudimos descubrir en los demás.

c) Reparación, purificación y sanación.

Por último, otra manera de llevar nuestro servicio a los demás a la oración personal, es dedicar un tiempo de esa oración a purificarse de todo lo que no ha sido bien vivido en esa tarea, después de atender o visitar personas, después de una reunión, al volver a casa después de cualquier trabajo, etc.

Esa purificación implica en primer lugar pedir perdón a Dios por lo que no ha sido bien realizado, por las intenciones torcidas que se han entremezclado en la tarea, por la falta de confianza, por no haber trabajado con alegría, fervor y humildad, porque me busqué a mí mismo, no me entregué entero, lo viví sin paz, no salí de mí, no bendije a los demás, etc.

Pero también puede ser un momento de sanación interior, con la gracia de Dios, por los sufrimientos vividos en la tarea, por los fracasos, por las desilusiones, por las agresiones recibidas, por los temores, y por cualquier sentimiento indeseable que haya quedado dando vueltas por el corazón, y que podría debilitar nuestro fervor y nuestro gozo. Se trata de sacar afuera, en la presencia de Dios, todo lo que nos ha dejado inquietos después de la tarea: “Confíenle todas sus preocupaciones, porque él cuida de ustedes” (1 Pe 5, 7).

A veces esta oración deberá llevarnos a tratar de perdonar a algunas personas que nos han enervado, de manera que ese mal sentimiento se debilite y no se arraigue en el corazón: “Que la puesta del sol no los encuentre enojados” (Ef 4, 26).

Si no acostumbramos realizar esta oración liberadora, es posible que las malas experiencias se vayan acumulando en el corazón, y que finalmente nos cansemos y escapemos de la tarea o la limitemos a lo mínimo indispensable, buscando refugio en otras cosas y debilitando la propia identidad.

Este es en definitiva el significado de Mt 10, 14, donde Jesús pide a los apóstoles que, cuando no los reciban en algún lugar, al salir de allí “sacudan el polvo de sus pies”. Es como decir: “No permitan que se les quede pegada la incredulidad, la duda, la indiferencia. Sacúdanse todo eso”.

Una vez que uno ha terminado una tarea, nunca debería pasar a otra cosa, o sentarse a descansar, si primero no ha hecho esta oración de liberación y purificación. Sólo de ese modo uno podrá mantener vivo el deseo de seguir entregándose a esa tarea sin bajar los brazos. Porque, aunque haya dificultades, si las llevamos a la presencia del Señor, él nos libera de la negatividad y puede darnos las fuerzas para que el desaliento no nos domine: “Todo lo puedo en Aquel que me fortalece” (Flp 4, 13).

Tampoco se trata de liberarse de toda angustia, porque a veces algunos sufrimientos son parte de nuestra misión, son una fuente de bendición para los demás y también nos santifican a nosotros y nos ayudan a ser humildes y desprendidos. Porque estamos llamados a las alturas de la unión con Dios, a las que no se llega sin la humildad y el desprendimiento que se aprenden en los malos momentos. Recordemos el consejo de San Juan de la Cruz:
“Mira que la flor más delicada más pronto se marchita y pierde su perfume. Por tanto, cuídate de querer caminar por espíritu de sabor, porque no serás constante. Elige para ti un espíritu robusto, no atado a nada, y encontrarás dulzura y paz en abundancia; porque la fruta sabrosa y durable se encuentra en la tierra fría y seca” (Avisos y sentencias, 39).

En la oración no simplemente nos lamentamos, sino que logramos aceptar algunos sufrimientos inevitables como parte de nuestra misión, y aceptándolos encontramos consuelo, pero este consuelo que recibimos del Señor en la oración no es para que nos quedemos tranquilos en nuestra casa o en el templo, sino todo lo contrario, para que así nos volvamos capaces de fortalecer y consolar a los demás, que también tienen que enfrentar muchas dificultades para cumplir su propia misión en la vida. Alabamos a Dios que nos consuela en nuestras angustias y perturbaciones “para poder nosotros consolar a los que están en toda tribulación con ese consuelo que nosotros hemos recibido” (2 Co 1, 4). Porque “si somos consolados, es para el consuelo de ustedes, que les de fuerzas para soportar los mismos sufrimientos que también nosotros soportamos” (2 Co 1, 6). Todo lo que Dios hace en nuestras vidas no se ordena sólo a nuestra felicidad, sino también a que cumplamos nuestra misión en esta vida. Por eso, si llevamos a la oración la misión que tenemos en la vida, eso siempre redunda en beneficio de la misma misión.

d) Una clave: No abortar la vida espiritual después de una tarea

Consideremos ahora un error muy frecuente que le hace daño a la vida espiritual y a la unidad interior de los evangelizadores. Se trata de ese corte brusco que realizamos a veces cuando terminamos una tarea, como si nos estuviéramos sacando un peso de encima. Eso nos lleva poco a poco a convencernos de que las tareas que realizamos no son nuestra vida, nuestra ilusión, nuestra felicidad, no son lo que nos hace bien, lo que nos realiza, lo que nos santifica. Parece que lo nuestro, lo que nos hace sentir vivos, lo que nos restaura, es ese momento en que terminamos la actividad. Entonces nos quitamos la sonrisa de la cara y tenemos la cara verdadera. Es como si comenzáramos a ser libres, como si fuéramos nosotros mismos, en ese momento liberador en que podemos volver a casa y dejar de pensar en Dios, en su Evangelio, en sus cosas sagradas.

La prioridad del ser por sobre el hacer nos invita a buscar algunas actitudes estables, actitudes de fondo que no se hagan presentes sólo cuando estamos haciendo algo o atendiendo a una persona, e inmediatamente desaparezcan cuando volvemos a nuestra intimidad y accedemos a un momento de libre esparcimiento, sino que se mantengan cuando cesa la actividad porque son verdaderamente personales, libres, espontáneas, porque no son pura apariencia en el cumplimiento meramente funcional de un rol. Así se evita arraigar lo que tan bien describe E. Drewermann, al decir que los sacerdotes, luego de haber compartido algunos momentos con otras personas, “cuando vuelven a casa, a su soledad de siempre, se depositan en su sillón y lanzan un suspiro de alivio” . Como si allí, en su sillón materno y acogedor, recuperaran el sentido real de sus vidas; como si en ese momento volvieran a tener la libertad que perdieron para “adaptarse” esforzadamente a una tarea y a una máscara profesional.
Algunos, más piadosos, hacen un momento de oración cuando vuelven a su soledad, pero en esa oración desaparece por completo su tarea y su misión. Es como si la tarea que realizaron los hubiera alejado de la presencia de Dios, y entonces necesitan rezar el Rosario o cualquier otra oración para “santificarse” o para sentir que no dejan de ser “espirituales”.

Esos cortes bruscos son verdaderamente dañinos, porque nos dividen en dos partes que no se unen. Para ser felices y plenos tenemos que lograr ser los mismos cuando trabajamos y cuando descansamos, cuando oramos y cuando paseamos.

Todo lo que atenta contra la unidad interior no es espiritual. Todo que establece una ruptura entre la tarea y la intimidad, aunque sea la oración personal, aborta el crecimiento espiritual.

Más adelante nos detendremos bastante en la cuestión de la propia identidad, que está detrás de todo esto. Pero ahora simplemente quiero proponer algo que evite esas rupturas negativas. Se trata de un sencillo y muy breve momento de oración “pastoral” realizado después de cada tarea, puede bastar para evitar esta esquizofrenia.
 Cualquiera de las formas de oración que vimos atrás puede servir para este pequeño momento: la intercesión, el agradecimiento, la liberación. Se trata simplemente de no perder la sonrisa, de agradecer a Dios el momento vivido, de reconocer que la misión que nos confía es preciosa y vale la pena aunque estemos cansados, aunque no seamos del todo auténticos, aunque todavía tengamos que aprender a vivirla bien.

También podemos entregarle al Señor lo que no estuvo bien, para no quedarnos insatisfechos y negativos, etc. Bastan unos minutos para que estemos en paz con nuestra misión, no olvidemos que es inseparable del sentido de nuestra vida en la tierra, y no nos sintamos felices de habernos “liberado” de ella.

2. PREPARAR EN LA ORACIÓN PRIVADA OTRO MODO DE VIVIR LA MISIÓN

No cualquier oración personal influye directamente en el modo de vivir las tareas. Sabemos que hay una forma de orar que nos vuelve huraños, antisociales, negativos. Por eso veremos ahora de qué maneras concretar una oración personal puede incidir en la calidad de las tareas y en la profundidad del encuentro con los demás. Esa calidad espiritual se prepara y comienza a ejercitarse en la oración solitaria, aunque luego deba arraigarse y hacerse carne en la actividad.

Por ejemplo, no será fácil contemplar la Palabra de Dios mientras la predico si antes no la contemplé en la soledad, en mi oración personal. No será fácil perdonar a otro que me hizo mucho daño cuando lo encuentre por la calle, si antes no me he detenido a perdonarlo o a motivar ese perdón en la soledad y en el silencio de mi corazón.

Si en la oración privada no preparamos detenidamente un modo más profundo de vivir y de actuar, será muy difícil adquirir los reflejos que nos permitan reaccionar descubriendo a Jesús y entregándonos en sus brazos en medio de una tarea. El hábito de vivir un dinamismo espiritual en la actividad y en el encuentro con los demás supone que uno lo ha alimentado en la oración solitaria, en la meditación, en la súplica, en la reflexión, en la lectura orante de su Palabra.

También es cierto que si eso que se ha bebido en la oración no se procura ejercitarlo luego en actos cotidianos, ese hábito tampoco se arraiga, no cambia de verdad el corazón y la vida. Pero no hay que saltear el punto de partida que está en el silencio del corazón, donde se toman las decisiones más importantes, y que crea las condiciones para vivir la actividad de otra manera.

Pero para evitar confusiones y desilusiones, ante todo hay que insistir en esto: lo que ha de ser vivido en la actividad debe ser “vivido” antes en la misma oración. Es decir, no se trata de “prepararlo” en la oración para vivirlo después. De alguna manera hay que lograr vivirlo ya en la oración misma. Si no es así, nos quedaremos sólo en los buenos propósitos y nada cambiará. Esta es una clave fundamental en el cambio de hábitos espirituales y pastorales. Pues bien ¿Cómo se logra “vivir” en la oración un nuevo modo de hacer las cosas, si el hecho es que no podemos hacerlas en la oración privada?

Veamos ahora cómo es concretamente esa oración que prepara un modo más espiritual de vivir las actividades y el encuentro con los demás.

a) Cuidar y preparar el corazón

La oración personal tiene la misión fundamental de “cuidar el corazón”.¿Qué es el corazón? Es mucho más que los sentimientos; es el conjunto de intenciones más profundas que mueven nuestras vidas, es el por qué y el para qué de todo lo que hacemos. En definitiva es lo que realmente estamos buscando cada día, aunque pretendamos ocultarlo detrás de las apariencias. Si estoy obsesionado por el dinero, hago todo pensando en el dinero, y le doy prioridad a las tareas que pueden darme más dinero, y busco a las personas que puedan ayudarme a obtener más dinero, y escapo de las personas que no puedan aportarme ningún beneficio económico. Pues bien, en ese caso mi corazón es el dinero, se ha identificado con el dinero, aunque por fuera diga que se ha entregado a Dios, o que busca el bien de los demás. Lo mismo sucede si estoy obsesionado por el placer, por la imagen o por el poder.

La oración tiene que llegar a transfigurar el mundo de los deseos. Si es sincera y verdadera, tiene que llegar a lo profundo del propio mundo vital, a las verdaderas intenciones y a los móviles más intensos de nuestras decisiones y búsquedas. Toda relación con Dios auténtica y bien llevada llega a transfigurar los deseos reales y su fuerza vital, de manera que se orienten eficazmente a otorgarle entusiasmo y ganas al cumplimiento de la propia misión y a las tareas concretas.

Lo que a Dios le interesa, más que lo que decimos o hacemos, es el corazón, es decir, nuestras intenciones profundas. Le interesa que hagamos las cosas por amor, buscando realmente su gloria y el bien de los hermanos por encima de todo lo demás. Entonces sí nuestro corazón será para Dios y para los hermanos.

La oración cuida el corazón, alimenta esas intenciones buenas y bellas que ennoblecen nuestra vida, y así todo lo que hacemos tiene un sentido profundo. Sólo así somos personas realmente espirituales. Si en nuestra oración personal adoramos a Dios, pero pretendemos esconder las intenciones torcidas que llevamos dentro, entonces no le estamos entregando a Dios el corazón y estamos lejos de una verdadera espiritualidad cristiana.

Una oración que cuide el corazón es una oración al servicio de una misión bien vivida, porque alimenta las intenciones que le dan valor y belleza a nuestras tareas. Ya decía san Juan de la Cruz: “No pienses que el agradar a Dios está tanto en obrar mucho, sino en hacerlo con buena voluntad” (Avisos y sentencias, 56).

Veamos ahora cómo es una oración personal que cuida el corazón:

1) En primer lugar, se trata de ser completamente sinceros con Dios y reconocer las motivaciones no adecuadas que tenemos para hacer las cosas. Reconocemos, por ejemplo, que hacemos las cosas sobre todo por vanidad, para obtener reconocimientos, para ser aprobados, para tener un lugar en la sociedad, para ser aceptados. Entonces sufrimos mucho cuando nos rechazan o nos contradicen. O reconocemos que en el fondo siempre estamos deseando algún placer oculto, y entonces tratamos mejor a las personas más atractivas o agradables, y dedicamos menos tiempo y amabilidad a las personas feas o menos interesantes.

Para reconocer esas motivaciones, debemos orar con la Palabra de Dios y dejar que la Palabra ilumine la propia vida, preguntando: ¿qué quieres decirme a mí, Señor, con esta Palabra?, ¿qué estás queriendo tocar y cambiar de mi vida?, ¿qué esperas que te entregue?.

Algunos textos muy útiles para esta oración pueden ser: Flp 2; Rm 12; 1 Co 3; Ga 5; Ef 4; 1 Tim 6, 3-10.
Una vez que reconozcamos las motivaciones inadecuadas que a veces o frecuentemente se apoderan de nosotros, hay que lograr lo más importante: abandonarlas, echarlas fuera. Le pedimos al Señor la gracia de reconocer la fealdad, la indignidad y la inconveniencia de esas motivaciones, y tratamos de dar el paso de renunciar a ellas.

2) En segundo lugar, cuidar el corazón en la oración es buscar y alimentar las motivaciones más bellas y adecuadas para nuestras tareas.

Veamos un listado de motivaciones nobles que podríamos trabajar en nuestra oración y pedirle a Dios, de manera que se vaya despertando el deseo profundo y encarnado de desarrollarlas y de vivirlas en medio de las tareas:

• La gloria de Dios. 
• La difusión del Evangelio. 
• La venida del Reino. 
• La felicidad de los demás.  
• El crecimiento de los hermanos. 
• El embellecimiento de la Iglesia. 
• El mejoramiento del mundo. 
• Que se cumpla la voluntad de Dios. 
• Realizar una misión que Dios me confía.  
• Ser instrumento del Espíritu.

3) Además de las grandes motivaciones que nos mueven a hacer las cosas, están las actitudes, los valores, las virtudes que ejercitamos en las tareas, pero que pueden ser alimentadas en la oración.

Algunos textos que podrían utilizarse para esta oración son: 1 Co 13; 2 Co 6, 1-10; 11, 24-33; 1 Tim 3, 2-3; 4, 13-15; 5, 1-2; 6, 11-15; 2 Tim 1, 8; 2, 3-5.9-10.22-24.

También es sumamente útil buscar testimonios atractivos, acudir a las vidas de algunos santos, leer libros, escuchar canciones o ver películas que exalten esos valores, etc.

Por ejemplo, a mí siempre me estimuló recordar a San Francisco Javier, porque me muestra la belleza de un corazón entregado a la misión con fervor, con una intensa pasión por evangelizar. El Papa lo nombró legado suyo para todo el extremo Oriente. Se embarcó, y en el viaje no perdió tiempo. Convirtió a toda la tripulación. Llegado a la india, comenzó una travesía marcada por permanentes gestos de heroísmo, de arrojo sin medidas y de sacrificada valentía. Cruzó ríos caudalosos, desiertos y ciénagas, miles de kilómetros descalzo y agobiado por el hambre y la sed. Predicaba sin pausa, convencía a los indígenas y los bautizaba. Dejó comunidades cristianas, que todavía hoy existen, en Ceylán, Malaca y las islas Molucas. Llegó al Japón y allí introdujo la fe. Cuando salió de Japón había dos mil cristianos, que posteriormente fueron perseguidos. Varios murieron mártires. Para los cómodos y desmotivados evangelizadores del siglo XXI, este testimonio no deja de ser movilizador.

4) Aprender a contemplar al hermano como un misterio sagrado

Ya dijimos que en medio de la actividad uno debe aprender a detenerse ante las personas y a orar en el encuentro con el otro, porque el otro es un misterio.

Pero para adquirir esa capacidad es necesario hacer un aprendizaje en la oración personal, en la cual, al mismo tiempo que contemplamos a Dios, contemplamos al hermano bajo otra luz. Es importante aprender a mirarlo así en la oración para no pretender aferrarlo, clasificarlo o controlarlo a partir de mis esquemas, y para permitir que sea el Espíritu quien lo configure con sus límites, su cultura, su historia.

En el fondo es dejar que en la oración Jesús nos vaya prestando su mirada, vaya transformando nuestros ojos interiores para contemplar a los demás de otra manera. A partir de una relación íntima y contemplativa con el Señor amante, aprendo a mirar a “la otra persona no ya sólo con mis ojos y sentimientos, sino desde la perspectiva de Jesucristo. Su amigo es mi amigo [...] Al verlo con los ojos de Cristo, puedo dar al otro mucho más que cosas externas necesarias. Puedo ofrecerle la mirada de amor que él necesita” (DCE 18). El Papa, citando a San Gregorio Magno, sostiene que cuando alguien está anclado en la contemplación “le será posible captar las necesidades de los demás en lo más profundo de su ser, para hacerlas suyas” (DCE 7).

Sin embargo, no se puede decir que la dimensión interna que alimenta los actos externos del amor fraterno sea sólo la relación personal con Dios. Hay algo más que es necesario reconocer en la oración personal.

Del amor fundante de Dios brota en el corazón del amado un impulso interior de amor hacia Él –la dilectio–. Pero cuando ese amor fundante toca nuestro mundo de relaciones con los demás, entonces surge, antes del acto externo de amor fraterno, un dinamismo amoroso interno orientado al hermano, y que es más importante que el movimiento emotivo de compasión por sus miserias. Se trata precisamente de lo siguiente: de una atención afectiva puesta en el otro “considerándolo como uno consigo” (ST II-II, 27, 2). Esta atención amante al otro es el inicio de una verdadera “inclinación” hacia su persona, a partir de la cual buscamos efectivamente su bien a través de obras externas. La aptitud para captar la belleza de los demás –ya que son imagen de Dios– y las distintas manifestaciones de esa belleza, es el sentido estético o contemplativo de la caridad, que nos permite servir al otro no por necesidad o por obligación, sino “porque él es bello”. Por eso, “del amor por el cual a uno le es grata la otra persona depende que le dé algo gratis” (ST I-II, 110, 1). La palabra “caridad” agrega algo a la palabra “amor”, porque expresa que el ser amado es “caro”: “es estimado como de alto valor” (ibid, 26, 3). Se trata de una profundidad contemplativa que ejercitamos en la oración y hace posible que luego, al encontrarnos con los demás, podamos mirarlos con la mirada de Cristo, no ya como objetos de nuestra actividad o como instrumentos para realizar nuestros proyectos, sino como seres sagrados, inmensamente valiosos.

Para que la oración verdaderamente alimente esta mirada, es necesario que nos detengamos, no sólo a interceder, no sólo a agradecer a Dios por esa persona, sino también a contemplar a esa persona, hasta que descubramos que nuestra forma de mirarla se ha transformado con la luminosidad, el amor, la valoración de la mirada del Señor.

b) La oración que prepara una tarea inmediata

Un modo práctico de incorporar nuestras tareas en la oración personal es pedir luz al Señor para discernir adecuadamente cuando estemos planificando o preparando algo, y pedirle fuerza, fervor, generosidad y guía cuando estemos por comenzar esa tarea. Dios, que nos ha dado esa misión, sabe mejor que nosotros lo que hace falta, y él sabe más que nadie lo que los demás necesitan de nosotros. Por eso es él quien puede iluminarnos y guiarnos. Esa acción de Dios no nos exime de usar nuestra capacidad, nuestra creatividad y nuestra astucia. Al contrario. Se trata de abrirse al Señor para que él bendiga, ilumine y potencie esas capacidades que él nos dio para que podamos utilizarlas lo mejor posible. Dentro de esta oración preparatoria ocupa un lugar importante el discernimiento, que es un proceso sincero y dócil que nos permite reconocer al proyecto de Dios y así descubrir qué debemos decir o hacer. Este discernimiento implica también una mirada espiritual sobre la realidad, nos exige orar con la cultura para reconocer los signos de los tiempos, las semillas que está sembrando el Espíritu, los llamados de Dios y su designio en esta situación histórica concreta.

Bajo la luz de Dios y suplicando su ayuda, utilizando todos los recursos que tengamos (y después de consultar a personas que puedan orientarnos) finalmente tomamos una decisión pastoral.

Se trata de pensar, leer, mirar, escuchar, consultar, imaginar, dialogar y discutir para descubrir qué es lo que conviene. Pero también oramos para que el Señor bendiga nuestras capacidades y nos guíe, de manera que usemos bien los dones que nos dio y nos orientemos adecuadamente en el trabajo de preparación y planificación.

En esta oración la Palabra de Dios ocupa un lugar relevante. Es verdad que la Biblia no nos da “recetas” para tomar las decisiones más prácticas, pero también es verdad que la Palabra de Dios no debe quedar lejos de nuestra vida concreta y de nuestro trabajo. Cuando leemos la Palabra de Dios en oración y le permitimos que nos hable, siempre encontramos sugerencias para discernir mejor. A veces nos permite recordar qué es lo que Dios espera de nuestra tarea, qué es lo que él quiere para su pueblo; otras veces nos ayuda a rectificar alguna intención torcida y a recuperar las motivaciones adecuadas, pero siempre nos ilumina de alguna manera para vivir mejor nuestra misión y tomar las decisiones adecuadas.

Luego, cuando llega el momento de ejecutar una tarea, nos detenemos nuevamente en la presencia del Señor para ofrecerle nuestro trabajo y para pedir luz, fuerza, fervor, de modo que podamos vivir la tarea con las mejores disposiciones y hacer lo que los demás necesitan.

Esta oración antes de cada tarea no es una mera formalidad religiosa. Es determinante para darle un profundo sentido de fe a esa tarea y recordar que es ante todo un proyecto del Padre que realiza Jesús resucitado con el poder del Espíritu. Nosotros somos los instrumentos.

Esta suele ser una frase repetida y algo gastada: “Yo soy simplemente un instrumento de Dios”. Aunque la digamos con los labios, quizás nos molesta que no nos agradezcan, nos duele que nos ignoren, nos angustia cuando no se cumplen nuestros propios planes. Seamos sinceros. Es mejor reconocer nuestras intenciones egocéntricas y tratar de alimentar un verdadero espíritu de “instrumentos”. Se trata de lograr que el hecho de ser instrumentos nos apasione, nos haga felices, se vuelva una mística de nuestra acción. Cuando hemos logrado despertar ese espíritu, entonces se vuelve espontáneo planificar y preparar las tareas invocando la luz del Espíritu. No vaya a ser que estemos planificando un proyecto meramente humano que termine en la nada. También se vuelve espontáneo pedir ayuda en la oración para poder llevarlo a cabo como Dios lo quiere. No vaya a ser que nos desviemos y nos alejemos del camino, y desgastemos nuestras pobres fuerzas en algo inútil.

c) La oración que sana las enfermedades de la actividad

Todos tenemos algunas perturbaciones en el ejercicio de nuestra misión. A algunos nos atormenta la ansiedad, la prisa, el nerviosismo, a otros la desconfianza, el escepticismo, el desánimo; otros tienden a la impaciencia y la negatividad con las personas. Si descubrimos cuáles son nuestros puntos débiles, no es suficiente hacer alguna oración ocasionalmente, cuando nos sentimos mal. Hay que realizar un paciente proceso espiritual que nos lleve a sanar las debilidades y enfermedades de nuestra manera de trabajar.

Una cosa es esa oración que realizamos después de cada tarea, donde tratamos de liberar nuestro interior de cualquier negatividad que haya quedado prendida en el corazón. Pero otra cosa es tomarse en serio las grandes inclinaciones que permanentemente nos acosan, y realizar un largo proceso de liberación. Este camino de oración podría ser una excelente medicina para ir curando poco a poco las enfermedades de la actividad que le quitan fuerza, gozo y fecundidad.

d) Las crisis y los retiros “salvadores”

A veces, cuando una persona ha perdido el fervor o ha entrado en crisis, se le sugiere que haga un retiro espiritual para “cargar la batería”. Quizás en el retiro logre hacer un camino espiritual y asuma un nuevo compromiso con Dios. Quizás se sienta bien y decida seguir adelante. Hasta el último día del retiro parece haber una luz de esperanza. Pero luego vuelve a sus tareas y pronto descubre que siente el mismo desagrado que sentía antes del retiro. No obstante, para cumplir sus buenos propósitos se empeña y persevera en el trabajo. Poco tiempo después las tareas se le vuelven insoportables y quiere llevar otro tipo de vida. La persona dice que en realidad está bien con Dios, que tiene su tiempo de oración, y que todo está bien, menos las tareas pastorales, que no le atraen y que vive con mucha tensión interna. Por eso no dicen que no quieren servir a Dios, sino que quieren servirlo de otra manera y en otro estado de vida.

Esto significa que la relación con Dios, la oración, y el modo de llevar los retiros espirituales no son del todo correctos, porque establecen una separación entre la vida espiritual y la misión. Las tareas no se integran en la oración y la oración no se realiza de tal manera que alimente la entrega generosa, feliz y convencida en las tareas. Esa oración quizás sana algunas perturbaciones del corazón, que ayudan a que la persona se sienta en paz con Dios, pero no llega a sanar la actividad.

¿Cómo vivir los retiros espirituales de manera que preparen una entrega más convencida y fervorosa? Hay dos caminos complementarios:

* Por una parte es necesario vivirlos integrando adecuadamente la misión en los momentos de oración personal dentro del retiro, en la Misa, etc. Si a uno verdaderamente “le duele” la misión que Dios mismo le ha encomendado, sería inconcebible que en un retiro esa misión se colocara entre paréntesis, se olvidara, se apartara. Eso sería negar que la misión es parte esencial de la propia vida. Por eso, necesariamente habrá que dialogar íntimamente con Dios acerca del modo de vivir las tareas, y alimentar en la oración las motivaciones espirituales que permitan darle más calidad al trabajo. En el retiro habrá que enfrentar las motivaciones torcidas que uno tiene en las tareas, el modo de asumir los fracasos y contrariedades, el modo de relacionarse con las personas, y en general el modo de vivir interiormente las tareas. Descubriendo los puntos débiles que causan amargura, tedio y tensión, habrá que penetrar en sus raíces y sanarlas en la oración, alimentando nuevas motivaciones, actitudes y reacciones.

* Pero esto no basta si no se busca un modo práctico de vivir esto en la experiencia concreta de trabajo. Lo que uno profundiza en la oración debe ser inmediatamente llevado a la vida cotidiana antes que se diluya en el olvido, porque inmediatamente recuperamos los mecanismos conscientes e inconscientes que nos llevan a obrar de determinada poco sana y feliz.

Por eso, si se hace un día de retiro, hace falta otro espacio equivalente (otro día) en el cual se intente explícitamente vivir lo que uno ha orado en medio de la actividad ordinaria y se termine con un discernimiento sincero. Si se ha hecho una semana de retiro, habrá que establecer una semana de trabajo ordinario donde se verifique el nuevo modo de trabajar y de realizar las diversas tareas. Posiblemente sea necesario que, finalizada esta semana, haya un espacio de diálogo y discernimiento con un guía espiritual.

Este segundo momento, donde uno intenta vivir la tarea del modo nuevo que ha surgido en la oración, es parte integrante esencial del retiro, porque permite arraigar en la vida cotidiana las convicciones espirituales profundizadas en la soledad. Esta verificación activa es indispensable para asegurar que verdaderamente se asuman profundamente nuevas convicciones interiores que transfiguren el cumplimiento de la propia misión. Recordemos que lo que se profundiza en la oración sólo se arraiga en la acción.

3. MEJORAR LA CALIDAD ESPIRITUAL DE LA ACTIVIDAD

La espiritualidad sacerdotal no queda encerrada en la oración personal. La espiritualidad es el dinamismo del amor que el Espíritu infunde en nosotros, que se expresa y se alimenta de dos maneras: por una parte en la oración personal privada, y por otra parte en las tareas, en el encuentro con los demás, en el servicio.

Podría decirse que la dimensión espiritual de la formación de un sacerdote es la más englobante, en cuanto alimenta las actitudes profundas que la persona vive en todas las demás dimensiones de la vida. Por otro lado, se afirma que la dimensión pastoral es la finalidad de toda la formación de un sacerdote, porque su misión es parte inseparable de la identidad cristiana y todo crecimiento personal debe orientarse a comunicar el bien que uno ha recibido. Hay que insistir que el discipulado es para la misión.

Pero hay que decir también que en realidad la dimensión pastoral debe impregnarlo todo, y que es igualmente englobante. Ambas dimensiones, la espiritual y la pastoral, deben compenetrarse entre sí y penetrarlo todo. La calidad espiritual de una tarea pastoral y la calidad pastoral de la vida espiritual están profundamente entrelazadas. Hemos visto que, más que las tareas, lo que nos cansa, nos perturba y debilita nuestro fervor son las actividades mal vividas. Por consiguiente, se vuelve necesario darle calidad a la actividad.

Vayamos directamente a este punto: ¿De qué manera una actividad puede cargarse de profundidad e intensidad espiritual?

a) Cierta entrega cotidiana

En primer lugar creo que se trata de aprender a encontrar sentido a la actividad cotidiana, a la tarea ordinaria, y de gustarla, no siempre por los detalles de la tarea sino por el lugar que tiene en el propio corazón. Esto puede lograrse motivándose a través de reflexiones, meditaciones y lecturas que permitan dar algunos pasos:

1) Reconocer con claridad el profundo valor de la entrega de cada día. A veces tenemos la tentación de pensar que, ya que no podemos resolver todos los problemas del mundo, no vale la pena sacrificarse para obtener sólo pequeños resultados. Así miramos el sentido de nuestra vida de un modo meramente empresarial. Hace falta revertir esa mentalidad venenosa y advertir que si bien la propia tarea no resuelve todos los problemas, dedicarse sinceramente a ayudar a algunos pocos a vivir con más dignidad, o a seguir mejor el camino del Evangelio ya justifica la entrega de la propia vida. Así se puede contrarrestar el escepticismo actual, que nos dice que todo es lo mismo, que no se puede cambiar nada, y por lo tanto que no vale la pena intentar algo.

2) Al mismo tiempo, desarrollar un “sentido de misterio” ante los fracasos y la ansiedad. La necesidad de medir y controlar permanentemente el resultado de nuestras tareas nos vuelve obsesivos por los éxitos, olvidando que la misión que Dios nos confía es también un misterio. Sólo Dios sabe cuáles son los efectos profundos que nuestra tarea produce en el corazón de este mundo. Y Dios no falla cuando sus elegidos son dóciles y se entregan con confianza. La tarea de una persona fiel y generosa siempre produce sus frutos más allá de lo constatable. Ningún esfuerzo ofrecido con amor y confianza en Dios se pierde. Todo le aporta algo al universo y somos fecundos de una manera o de otra. Pero tenemos que renunciar a saber con exactitud cómo, cuándo y dónde. Es cierto que cada tanto es necesario evaluar nuestra tarea para tratar de servir mejor a Dios y a los demás, pero sabiendo que siempre hay mucho más de lo que pueden ver nuestros ojos y escuchar nuestros oídos. Esto al mismo tiempo nos ayuda a no estar demasiado pendientes de lo que opinen de nosotros. Mejor “que tu mano izquierda ignore lo que hace la derecha… Y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará” (Mt 6, 3-4)

3) Discernir mejor las tareas necesarias, y seleccionarlas adecuadamente para poder centrarnos en lo esencial (EDE 31) y vivir más humanamente y más profundamente la propia misión. Porque “nadie duda entre nosotros de que el ejercicio del ministerio no nos santifica, no nos evangeliza internamente de manera matemática y automática, sino cuando es ejercido en condiciones saludables”. Cuando las tareas son excesivas o agotadoras, se vuelve muy difícil vivirlas con profundidad espiritual, perjudican la salud psíquica y física de la persona y ya no humanizan al ser humano. Una actividad desproporcionada no tiene “calidad”. De hecho, Juan Pablo II decía, por ejemplo, que el sacerdote debe estar dispuesto a “dejarse devorar” (PDV 28), pero también que “es verdad que estas exigencias han de ser seleccionadas y controladas” (ibid).

Una de las condiciones para evitar el estrés negativo, que destruye la salud física y mental, es ponerse sólo metas realistas y bien delimitadas, que permitan un espacio de opciones personales y la preparación cuidadosa para el trabajo. Entonces habrá que replantear algunas opciones y dialogar para establecer las verdaderas prioridades para hoy. Si una tarea sigue siendo parte importante de la propia misión, no queda más que asumirla y motivarse para encontrarle gusto y sentido.

4) Aceptar las tareas necesarias. La pregunta es: ¿qué es lo que nunca debo descuidar, qué es lo que efectivamente puedo hacer?. Entonces, busco motivaciones que le den sentido a esa tarea indispensable. Un modo puede ser leer cosas acerca de esa tarea, o buscar luces en la reflexión y la oración. También puede ser útil dialogar con otras personas que realicen esa tarea, para recoger sus motivaciones.

Sólo una vez que logre captar el sentido y la belleza de esa tarea, entonces siguen seis pasos necesarios:

• Acepto que esa tarea integre mi vida. 
• Tomo una decisión firme de dedicarme a esa tarea. 
• Le destino un tiempo y un horario determinado. 
• Renuncio a todas las otras cosas que podría hacer en ese tiempo. 
• Me preparo para realizarla lo mejor posible. 
• Me entrego a ella con todas las ganas.

b) Algunas claves de la calidad espiritual de las tareas

Supuestos todos estos caminos prácticos, lo más importante es que cada uno logre cargar de hondura y fuerza espiritual la actividad apostólica, uniendo mejor la vida espiritual y la misión concreta. Para ello, a través de la motivación y el ejercicio, hay que aprender dos cosas básicas:

1) A vivir un encuentro personal con Jesucristo en medio de las tareas. A recuperar la alegría de seguirlo en todo y en medio de cada cosa, a recuperar la conciencia feliz de que él camina conmigo, respira conmigo, vive conmigo, trabaja conmigo. Es volver a convertirse, a escuchar el “sígueme” que me cambió la vida, a declararlo una vez más Señor de la propia existencia y darle a él el centro también en el trabajo.

No todas las tareas pueden vivirse en diálogo con Jesús, porque a veces requieren una concentración que impide pensar en otra cosa. A veces podemos alimentar la unión con Jesús gracias a pequeñas oraciones o “jaculatorias” que repetimos mientras estamos realizando una tarea, como decir: “Señor, te necesito”. “Gracias por tu amor”. “Ten piedad de mí”. Pero hay una relación constante con Jesús que puede vivirse sin interrupción. Del mismo modo que uno puede realizar una tarea junto con otra persona sin conversar con ella ni mirarla, pero con la satisfacción de no estar solo, de compartir el esfuerzo con él, lo mismo sucede en nuestra relación con Jesús. Yo nunca estoy solo cuando trabajo, siempre estamos nosotros dos, juntos.

Sé con certeza interior que soy amado incondicionalmente por él, pase lo que pase, aunque fracase, aunque los demás me ignoren, me olviden o me agredan, aunque tenga que atravesar situaciones difíciles, más allá de todo y en medio de todo, él estará conmigo. Estaremos juntos.

En todo caso, habrá que reconocer los bloqueos interiores que no nos permiten dejarnos amar, habrá que hacer conscientes las resistencias que ponemos al amor de Dios y trabajarlas en la oración, en la dirección espiritual, y quizás en la terapia si fuere necesario. Así permitiremos que la obra de la gracia que ha tocado nuestra vida pueda explayarse mejor en nuestra emotividad herida y cerrada. Nunca es conveniente permitir que se prolongue indefinidamente una situación de aridez, de oscuridad o de acedia interior, que sólo puede tener una función pasajera en el camino espiritual. Dejar de enfrentar las causas de esta situación sería exponerse temerariamente a la infidelidad o a un cumplimiento meramente exterior y vacío de la propia misión.

Pero el objetivo de todo camino personal no será alcanzar un alto grado de experiencia espiritual sólo en los momentos de soledad, sino poder vivirla en medio del cumplimiento concreto y cotidiano de la propia misión.
Ni siquiera el discernimiento hecho en diálogo con el Señor es algo exclusivo de los momentos de oración solitaria, porque también en la misma actividad el pastor intenta vivir un constante, sereno y sincero discernimiento de sus actitudes, motivaciones y sentimientos. Esto no se puede negar si se reconoce que Jesús habla y ofrece su amor también en medio de la tarea a la cual él mismo nos envía. Hay “una llamada que Dios hace oír en una situación histórica determinada. En ella y por medio de ella Dios habla al creyente” (PDV 10). Hay cosas que él dice “en una determinada circunstancia” (EN 43), y que requieren una “sensibilidad espiritual” (ibid) vivida en la misma actividad mundana. El Espíritu otorga permanentemente luces e impulsos que hay que acoger con docilidad en medio del trajín y el vértigo de la acción; la presencia de Cristo resucitado es tan real en medio de la misión que cumplimos como en los momentos de silencio y quietud. Y si el Señor nos hace llegar sus mociones, llamados, impulsos y signos de amor en medio de la existencia mundana, nuestra respuesta amorosa y profundamente personal debería darse también en medio de esa misma existencia mundana, en la actividad y en el encuentro con los demás.

2) A detenerse con disponibilidad en cada tarea y en cada persona y a dejar de resistirse internamente ante las exigencias ajenas. Hay una serie de recursos tanto espirituales como psicológicos para aprender a detenerse, a vivir el presente, venciendo la ansiedad venenosa. También hay mecanismo para dejar de resistirse tanto, para “aflojarse” ante los requerimientos permanentes de la misión. No desarrollo aquí esos variados recursos porque ya lo hice abundantemente en otras dos obras: Claves para vivir en plenitud, Madrid, San Pablo, 2003; Teología espiritual encarnada, Buenos Aires, San Pablo, 2004, 84-97. Pero veamos a continuación algunas aplicaciones de dichas actitudes a las tareas cotidianas.

Quien ha caído en las redes de la ansiedad tampoco dedica toda su atención a las personas que trata, y esto perjudica la calidad de su acción evangelizadora. Escucha a las personas pensando en lo que tiene que decir o en lo que tendrá que hacer luego. Así se priva de la riqueza de las relaciones sanas y fraternas. Esa ansiedad no nos permite gozar de lo que hacemos, y provoca una permanente tensión interior. Esa tensión psicológica termina afectando al cuerpo, que no puede resistir esa prisa permanente del sistema nervioso.

Uno logra detenerse plenamente cuando un objeto o una persona ocupa todo el interés por un instante. Ese momento, cuando una sola realidad ocupa nuestra atención, es un tiempo vivido a pleno, con todo nuestro ser unificado en una sola dirección. Allí hemos alcanzado un verdadero encuentro, una fusión, una unión perfecta, aunque sea por un momento. No se trata necesariamente de una quietud física, porque esta experiencia puede producirse también en medio del entusiasmo de una actividad muy intensa.

Si hay alguna urgencia que me llena de tensiones, no podré prestar una atención serena y amorosa a esa persona o a esa cosa. Si hay alguna tarea, otras personas, otros proyectos que me parecen absolutos, estaré con mi mente ansiosa lejos de este presente, y no podré detenerme en él. Por lo tanto, para entregarme entero a una persona o a una tarea y dedicarle toda mi mente y mis energías interiores, tengo que hacer un acto de renuncia a todo lo demás por un momento.

Lo que me toca vivir, sobre todo si es parte de mi misión, merece ser vivido a pleno. Cuando lo logro, soy feliz, me realizo y maduro en mi actividad. Para ello es necesario aceptar y elegir eso que me toca realizar. Si no lo acepto y no lo elijo, quizás lo haré, pero no lo gozaré, estaré con la cabeza en otra parte y con el corazón angustiado, porque quiero hacer otra cosa.

Cuando alguien adquiere una verdadera habilidad que lo hace feliz, es porque ha dejado de preocuparse por lo que está alrededor, por el éxito, el fracaso, la mirada de los demás, el aplauso o los sentimientos de los demás. El artista ha logrado estar sólo en lo que hace, entregarse de lleno a eso. Es ese presente lo que cuenta, y nada más. Cuando es así, la persona confía en ese dinamismo que se ha apoderado de todo su ser y deja que todo suceda. Nunca terminaremos de desarrollar una habilidad si no llega el momento en que nos entregamos completamente a esa actividad porque sí, y nada más que porque sí. En ese caso uno se olvida de todo lo que hay alrededor, y también del reloj, como si el tiempo no pasara, y no interesara. Tampoco interesa si cometimos errores; eso no nos perturba, ya que sólo interesa lo que está aconteciendo, y no lo que podría ser o lo que debería haber sido. Las grandes obras, las genialidades del arte, las mejores creaciones del hombre, han surgido en momentos receptivos, cuando alguien se ha dejado tomar, se ha dejado poseer por algo o por alguien.

Hay personas que prefieren la ansiedad, el nerviosismo de miles de tareas. Quieren hacerlo todo porque creen que eso es vivir. Pero no hacen nada con verdadera calidad, con un sentido profundo, con verdadero gozo. Es como si vivieran escapando de algo, quizás escapando de sí mismos en ese desorden. Por eso, cuando se liberan de alguna dificultad, necesitan encontrar otra. Pero no advierten que no hay nada más aburrido que la prisa permanente, porque así no pueden gozar de ninguna tarea. La verdadera paz es una agradable calma que nos mantiene fuertes y saludables para poder disfrutar intensamente de todo lo que la vida nos ofrece, también del trabajo. Cuando uno aprende a valorar esa paz, no se hace esclavo de sus planes; puede seleccionar las tareas y dejar para después lo que puede esperar. Así, en su existencia reina un orden lleno de vida. La ansiedad, en cambio, nos convierte en personas superficiales, porque nos lleva a pasar rápidamente de una cosa a la otra, sin llegar a la profundidad de nada. El corazón ansioso no soporta la quietud; pero así no puede gustar del sabor más agradable de las cosas.
Aprender a detenerse en una tarea es también aprender a percibir el inmenso y sagrado valor de cualquier persona que tratemos en esa tarea. Ser contemplativo implica reconocer esa inmensa dignidad de todo ser humano y apreciar los destellos de Dios en cada persona. Eso sólo está logrado cuando somos capaces de ejercitarlo en medio de la acción, sobre todo cuando tenemos la tentación de pensar que los demás no son dignos de nuestra entrega. En ese caso, hace falta desarrollar un “reflejo espiritual” para poder reaccionar a tiempo diciéndonos a nosotros mismos: “Ellos sí que son dignos, lo merecen todo. No por sus méritos, no por sus logros personales o capacidades, no por sus obras, no por su belleza física. Son inmensamente dignos de que yo les de todo porque son creaturas de Dios, infinitamente amadas, creadas a su imagen, salvadas por la sangre de Jesucristo y llamadas a participar de la plenitud eterna de Dios en su gloria”.

Pero si sólo nos ejercitamos para detenernos ante lo que es armonioso y bello según los esquemas de la sociedad consumista, sólo seremos capaces de detenernos ante un cuerpo hermoso, proporcionado, limpio y sano. Nos convertiremos en seres selectivos, que pretendemos elegir a quién amar, y entonces seremos cada vez más egoístas, ciegos e insatisfechos. La liberación del individualismo consumista que nos ahoga se produce cuando yo puedo reconocer que además de mi cansancio está el cansancio de ellos, además de mis deseos están los deseos de ellos, además de mis necesidades están las necesidades de ellos, además de mi hambre y de mi ser están el hambre y la sed de ellos, que son infinitamente valiosos y dignos de vivir mejor. Cuando me abro así al reconocimiento de los otros yo puedo dejar de escapar de ellos, dejo de resistirme ante sus reclamos, puedo aflojarme cuando soy requerido, cuando me desinstalan, cuando me necesitan. De otro modo estaré tenso ante las personas que no me parezcan bellas y agradables, y seré incapaces de ayudarlas gratuitamente. Porque “el amor fiel no está sometido a los vaivenes del afecto. Su punto de partida no reside en el estado afectivo [...] sino en las necesidades de la comunidad, y en el compromiso que ante Jesucristo y ante la Iglesia he contraído con ella. Precisamente por esta inmunidad frente a las oscilaciones del afecto es un amor equilibrado: al abrigo de los grandes entusiasmos y de las grandes decepciones”.

Vemos así que, junto con el intento de “detenerse” ante cada persona, muchas veces es necesario el intento de “aflojarse” ante esas personas que despiertan un rechazo en nosotros. Hace falta un acto interior por el cual aceptemos a esas personas, las consideremos digna de nuestra atención, y nos “aflojemos” ante ellas por un instante.
Cuando mi riqueza espiritual se expresa y se proyecta en la actividad y en el encuentro no selectivo con los otros, recibo siempre algo nuevo de ese mundo y de esas personas donde explayo la actividad. Me enriquezco permanentemente, porque Dios me hace llegar nuevas luces y nueva vida a través de los demás.

Estamos hablando entonces de una verdadera profundidad contemplativa que se vive en el encuentro con los demás; no sólo en una suerte de observación recogida o intimista, sino en medio de la misma actividad de servicio al hermano. Es una acción en la cual la hermosura y la dignidad del otro son intensamente percibidas por el corazón amante, porque el hermano es contemplado como reflejo de la gloria de Dios. Esta mirada detenida ante el otro puede llegar a convertirse en una verdadera experiencia de altísima mística en medio del encuentro pastoral, otorgándole una calidad espiritual excepcional.

4. LA ORACIÓN EN MEDIO DE LA TAREA

Llegamos ahora a la culminación de identificación profunda con la propia misión, cuando la relación personalísima con Dios se hace presente en medio de la realización de las tareas.

Hasta ahora hemos hablado acerca de actitudes interiores y recursos que permitan vivir con más profundidad la actividad y el encuentro con los demás. Pero todavía hemos hablado poco de una oración propiamente dicha. Mencionamos la necesidad de vivir un encuentro personal con Jesucristo en medio de las tareas, de recuperar la alegría de seguirlo en todo y en medio de cada cosa. Pero no hemos dicho cómo se puede vivir concretamente ese encuentro orante sin dejar de prestar a la tarea toda la atención necesaria.

La necesidad de detenerse en cada tarea y ante cada ser humano requiere un doble movimiento:

Por una parte valorar lo que uno tiene delante, aceptando dejar otras tareas y otras cosas para entregarse a esa tarea o a esa persona, sin estar con la mente en otro lugar ni estar deseando hacer otra cosa.

Por otra parte, debilitar nuestras resistencias y esquemas mentales negativos que producen rechazo ante esa persona o esa tarea, de manera que podamos aceptarla sin tensiones dañinas.  ¿Cómo lograrlo percibiendo al mismo tiempo toda la densidad de un encuentro con Jesucristo y al mismo tiempo con los demás?.

Veamos algunos ejemplos:

a) Ante una persona que me necesita

Por ejemplo, cuando tengamos que estar quince minutos escuchando a una persona con problemas, que requiere nuestra atención, ese ser humano debe convertirse en lo único que existe en el mundo durante esos quince minutos, y para eso es indispensable entregar esos quince minutos, aceptar “perderlos” sólo con esa persona. Se trata de entrar a fondo en el misterio de ese ser humano, que merece ser atendido. En cambio, si durante esos quince minutos estamos pensando en otra cosa que desearíamos hacer y nos lamentamos por dentro por ese tiempo perdido, sólo viviremos una experiencia negativa, llena de tensión interna, altamente desgastante e inútil. Y no lograremos nada de lo que pretendamos planear con nuestra mente.

Para peor, la tensión interna nos lleva de alguna manera a detestar a la persona que tenemos delante, y a declararla culpable. Lo que nos diga se cargará de connotaciones negativas, y la persona nos parecerá tonta e insignificante. De ese modo, difícilmente se sentirá acogida y comprendida. Posiblemente, sintiéndose despreciado, ese ser humano nos dirá alguna palabra agresiva que nos molestará, y ese momento se volverá muy desagradable. ¿Para qué sirve una experiencia así?

Para lograr valorar y aceptar a esa persona, que puede parecer desagradable, resentida y agresiva, los cristianos tenemos un recurso muy valioso en nuestra relación con Jesucristo, y podemos llegar a reconocerlo a él presente en el hermano que sufre. De ese modo, lo que podría ser un momento desagradable, se convierte en una altísima experiencia espiritual.

Pero hay que advertir cómo esta oración implica tomarse en serio lo que le está sucediendo a la persona. No se trata de evadirse en la presencia de Dios olvidándonos de esa persona que tenemos delante, con su realidad histórica concreta. Es más bien un “encuentro encarnado” con Jesucristo; es decir, encarnado en esa situación particular, que puede ser la de un enfermo con todos sus dolores, miedos, angustias y lamentos. En ese caso concreto, el encuentro con Jesucristo no es una conversación con Jesús sobre mis propios asuntos, ni una alabanza profunda mientras finjo que estoy escuchando al enfermo. Más bien se trata de la oración que se realiza en ese mismo encuentro directo con el dolor, convirtiendo en oración lo que estamos viendo y escuchando con interés.
Así, la visita a un enfermo deja de ser una obligación protocolar, el cumplimiento de un compromiso para no quedar mal, o un gesto de lástima, y esa visita adquiere una intensidad espiritual que enriquece la vida y la lleva a sus mayores profundidades. Veamos un ejemplo de esta oración vivida en pleno contacto con una persona. En este caso se trata de alguien que viene a hablarme de los dolores y sufrimientos de su enfermedad:

“Aquí estás Jesús, prolongando el misterio de tu Pasión. En esta persona deprimida que está ante mis ojos, en este hermano destrozado por una autoestima profundamente dañada, seca por dentro y resentida por el amor que nunca tuvo, y en su cuerpo alterado por la falta de confianza en sí mismo. Aquí estás, Jesús, flagelado y coronado de espinas, sufriendo misteriosamente en la carne y en el corazón herido de esta criatura que se me vuelve inmensamente sagrado.

Por eso ya no deseo escapar de alguien detestable que no hace más que hablar de dolor y de miseria; ya no hay ante mis ojos alguien insoportable que se lamenta porque no tengo una respuesta para darle; ya no hay aquí un ser rencoroso que me irrita con su aparente egocentrismo.

En su queja que me interpela, en ese reclamo lacerante, en ese lamento resentido, puedo escuchar tu propio grito: “¡Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?”.  Aquí estamos Jesús, frente a frente, unidos místicamente los dos en esta cruz del hermano que pusiste en mi camino, para que ante él escuche, mire y reaccione como lo haría contigo coronado de espinas.

Estás aquí. Estamos juntos los dos una vez más en este espacio sagrado. Te ruego que te acerques ahora a esta persona enferma.  Se llama Laura.  Mira su cuerpo, que es semejante al tuyo.  

Cárgalo sobre tus hombros y venda sus heridas.  Mira con ternura a esta hermana enferma, que es obra de tus amorosas manos.  Mira sus enfermedades y sus debilidades. 

Escucha Jesús lo que está diciendo.  Me habla de sus miedos, de su familia, de su abandono, Me cuenta detalles precisos de su sufrimiento.  Compadécete de estos dolores y de esas angustias tan concretas.  Tú que estás lleno de misericordia, toma cada uno de los órganos de su cuerpo  y dale un poco más de tu aliento de vida.  Sana también cualquier mal interior que pueda provocar o agravar esta enfermedad.  Cura toda desilusión, todo miedo, todo recuerdo negativo.  Le preocupa su cuerpo enfermo.  Pasa Jesús por todo su organismo con tu soplo de amor.
Renueva sus tejidos y libéralos de toda impureza que los altere. Toca con una caricia divina todos sus órganos, que a veces se dañan por los nerviosismos y angustias.

Fortalece esos órganos que Tú creaste con amor.  Dice que todo su interior está enfermo por tantos nerviosismos y perturbaciones.  Sana su sistema nervioso, pacifica, calma, armonízalo todo, para que pueda vivir con serenidad, con lucidez, con gozo.  Me habla de sus órganos enfermos, de sus pulmones, de su corazón de su sangre.

Adorado Jesús, pasa por cada célula de su cuerpo restaurándolo, devuélvele vida y fortaleza, abrázalo y penétralo con tu cuerpo santísimo y lleno de salud.  Dice que tiene miedo.  Te pido que la liberes de todo temor a la enfermedad, para que pueda enfrentarla sin angustia.  Me cuenta que tiene dudas sobre su tratamiento.

Bendice a cada médico que la atienda, ilumínalo, y bendice también los remedios que deba tomar y a todas las personas que intervengan en su tratamiento. 

Reconoce que encuentra algún consuelo en la fe.  Te doy gracias Señor, porque comprendes su dolor y estás a su lado para darle fuerzas.  Me cuenta que a veces se cansa. Dale paciencia y resistencia interior, para que pueda soportar serenamente los dolores y contratiempos de su enfermedad.  Ayúdale a unir sus propios sufrimientos a los que Tú sufriste en tu pasión, y a ofrecer su enfermedad por las demás personas que están sufriendo.  Amén”.

b) En otras tareas sacerdotales

Un sacerdote puede vivir sus compromisos pastorales como una mera obligación, a veces muy pesada. Podría pensarse que la misión sacerdotal es tan espiritual que su actividad es una permanente oración. Pero eso no es necesariamente así, porque también las tareas más sagradas pueden realizarse mecánicamente. Por otra parte, aunque un sacerdote predique muy bien, porque prepara su predicación, utiliza un lenguaje agradable, una entonación dulce y unos ejemplos atractivos, podría tratarse de un mero profesionalismo y no de una verdadera convicción interior que él está transmitiendo. Pero una actividad vivida de esa manera no es verdaderamente satisfactoria, tarde o temprano se vuelve rutinaria y no alimenta interiormente a la persona. Veamos ahora tres ejemplos de modos concretos como un sacerdote podría darle un profundo sentido espiritual a algunas actividades, en las cuales se puede vivir una preciosa relación personal con el Señor:

• En la Misa

“¡Señor, cuánta riqueza se encierra en estas historias que están ocupando el templo, que han venido a buscarte en torno al altar! Todo eso Señor, se eleva con vos y penetra en el tabernáculo infinito de tu gloria, en el fuego ardiente y en la luz purificadora de tu amor. ¡Esta es la fiesta de la vida!”

• En un Bautismo

“Aquí estás, mi Dios, amando a este niño que has creado, tomándolo en tus brazos, haciéndolo entrar en tu intimidad divina, abriéndole las puertas de tu Reino de vida. Aquí estás, penetrando en sus venas con tu gracia, derramando tu propia sangre para hacerlo tu hijo. Aquí estás, abrazándolo con cariño sin límites mientras el agua que se derrama en su cabeza dice: “te amo, mi niño, te acaricio, te doy nueva vida, mi propia vida, soy tu Padre”.

• En el Sacramento del perdón

“Señor, en este hermano que ha confesado su pecado y recibe tu perdón, está naciendo un mundo mejor. Discretamente, un poco más de belleza y de bondad penetra en este mundo caído. Nace una esperanza mientras estoy trazando la señal de tu cruz y vos mismo estás diciendo con amor, como el padre que recibe a su hijo perdido: ‘Yo te absuelvo de tus pecados’. ¡Y hay fiesta en el cielo! Por eso sé que vale la pena ser instrumento tuyo, y estar juntos sembrando nueva vida”.

5. DE PRONTO SÓLO SE TRATA DE ESCUCHAR

A veces uno se encuentra de golpe ante un paisaje sorprendente, delante de un panorama encantador. Entonces quisiera decir algo, y quizás le gustaría expresarle algo a Dios, pero no le salen palabras. En realidad, no es necesario ni conveniente decir algo, porque está hablando Dios. Sólo hay que “escuchar”.  Lo mismo puede suceder en la oración. No tenemos palabras, no sabemos qué decir. Precisamente, quizás sólo se trata de callar para escuchar lo que él quiere transmitir, para acoger el don divino y dejarlo actuar.

Pues bien, exactamente lo mismo puede suceder en un encuentro con una persona que nos cuenta algo. De pronto no sabemos qué decirle a esa persona, y tampoco atinamos a decirle algo a Dios en ese momento. Porque en realidad tampoco hace falta. Está hablando Dios a través de esa persona, y entonces hay que callar y escuchar. La oración en medio de una tarea o de un encuentro humano no consiste siempre en decirle cosas a Dios, sino en recibir lo que él quiere transmitirnos. Porque la oración es un diálogo donde nosotros hablamos, pero donde lo más importante es escuchar a Dios. Esa persona que Dios me puso adelante es un instrumento de Dios, tiene una misión que cumplir interpelándome, trayendo una novedad a mi vida, depositando una pregunta en mi corazón. Dios espera que acoja ese don. 

La oración, el encuentro con Dios vivido en medio de una tarea, muchas veces se vive así, sin palabras.

Ordinariamente será una combinación de donación y de receptividad, de ofrenda y de acogida. Pero hay ocasiones en las que sólo se trata de permitirle a la otra persona cumplir su propia misión de instrumento del Señor para modelarme a mí. Y se lo permito vaciando el corazón y escuchando con confianza.

 




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CURSO DE ESPIRITUALIDAD SACERDOTAL - Por el Padre Jairo Ramírez
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  7 - EL SACRAMENTO DEL ORDEN
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