1. EL PERFIL DEL SACERDOTE HOY EN LA IGLESIA
1.1. Un hombre integral.
El Presbítero para la nueva evangelización es un hombre de criterio equilibrado, efectivamente maduro, cristiano auténtico, capaz de comunión con sus hermanos en el presbiterio, con los religiosos y laicos. Camina delante de las ovejas como guía. Hombre recio, de vida austera, generoso en la renuncia y en el sacrificio, capaz de compartir lo que es y lo que posee (SD 72.).
Jesús cuando, al pasar por el lago, encontró a Simón y a Andrés, a Santiago y a Juan, los asumió como pescadores pero les ofreció un proceso formativo y transformador: “Vengan conmigo y haré que lleguen a ser pescadores de hombres (Mc 1, 17). Cuando la Iglesia acepta a unos candidatos para la formación al presbiterado parte de su contexto pero les ofrece todo un trabajo formativo que les permita realizarse humanamente y los vaya transformando en servidores de su pueblo (CIC 245, 1).
La Iglesia en Colombia busca ante todo formar un presbítero íntegro y capaz de ser pastor. Se inicia la formación con una historia personal, familiar, y social concretas. Corresponde a los responsables de la formación conocerlos seria y profundamente, y sobre todo ayudarles, en su proceso liberador, a conocerse, a aceptarse, y a asumir con certeza la construcción de su propia personalidad. Para esto es fundamental promover sus valores y habilidades, enfrentar maduramente sus limitaciones y trabajar en la tarea de construir la propia identidad: Buenos hábitos para forjar en su ser las virtudes humanas (OT 6ª; DMVP 34; PDV 12; LX AP CEC, 1995, 57).
1.2. Un fiel discípulo de Jesucristo:
El aspirante que llega al proceso formador ha tenido generalmente un encuentro personal con Jesucristo en su vida y en circunstancias concretas se ha sentido llamado y desea seguir al Señor. La Iglesia le ofrece una profundización en su experiencia cristiana de modo que, conociendo y amando cada vez más a Jesús y animado de su Espíritu, continúe y complete en todas sus acciones la vida de Jesús en la historia de los hombres (PDV 9-10).
Todo este proceso aparece en los evangelios como un seguimiento del Señor y se manifiesta en un ingreso a su escuela y en una vida de verdadero discípulo a la escucha del Maestro y al servicio de la misión (Mc.3,14-15; Jn. 1,39). Guiada por esta conciencia y esta experiencia, quiere la Iglesia que la formación inicial del presbítero, durante el tiempo de preparación al presbiterado, le permita al candidato asumir un trabajo personal de seguimiento fiel y decidido del Señor Jesucristo.
El presbítero es un hombre tomado de entre nuestro pueblo, llamado a vivir una profunda relación personal con Cristo y consagrado por el Espíritu Santo para ser enviado al mundo sin ser del mundo (Jn 17, 11. 14. 16). De este modo, podrá transparentar la alegría de seguir al Maestro como su discípulo, a través de una vida de santidad manifestada en la pobreza, la obediencia y el celibato por el Reino y la entrega total a sus hermanos (PO 3. 16).
1.3. Un Pastor según el corazón de Dios.
Esta expresión del profeta (Jr 3,15), asumida por el Papa Juan Pablo II como título de su Exhortación Apostólica sobre la formación presbiteral, es criterio de acción para el trabajo formador en los Seminarios (LX AP CEC, 1995, 58).
El pastor es un hombre orante, con profunda experiencia de Dios, entregado plenamente a la Palabra, con un compromiso, una manera de vivir, una configuración tal con Cristo que se pueda llegar a decir de él lo que se afirmó del mismo Jesús: «un profeta poderoso en hechos y palabras, delante de Dios y de todo el pueblo» (Lc 24,19; Cfr. PO 12).
Es, igualmente, el hombre de la misericordia, de la reconciliación y de la paz. Verdadero padre de la Comunidad Cristiana que le es confiada, evangelista y apóstol, presencia viva de Jesús en medio del dolor y la miseria de los destinatarios de su Evangelización. Un hombre que conoce, ama profundamente, conduce y Pastorea a su pueblo y también estima, venera y respeta a sus hermanos porque ve en ellos el rostro de Cristo (PO 18; Santo Domingo 67).
Es un hombre que con profunda fe, esperanza y caridad, preside la Eucaristía, celebra y sirve los Sacramentos de salvación y junto con su pueblo vive una experiencia intensa del Misterio de la Pascua liberadora de Cristo (Ibid 4-6.13).
El presbítero, hombre de fe, reconoce en Pedro la roca sobre la cual se edifica la Iglesia (Cfr. UR 2).
1.4. Un servidor solícito de la comunidad.
La vida en Cristo y la conciencia de la misión exigen Pastores totalmente entregados al servicio de sus hermanos. «No nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor, y a nosotros como siervos vuestros por Jesús» (2 Co. 4,5.). Tal es la síntesis propuesta por Pablo y la experiencia de todo verdadero presbítero (PO 9; LX Asamblea Plenaria. Conclusiones, 1995, 59).
Queremos lograr presbíteros que, en un mundo cambiante y dentro de una Iglesia que se renueva constantemente bajo la acción del Espíritu, prosigan su formación a lo largo de su existencia; renueven incesantemente su vida espiritual, sus conocimientos y su experiencia Pastoral y desarrollen lo mejor posible la calidad de sus relaciones fraternas y los dones recibidos de Dios para ponerlos a su servicio (Idem 14; LX Asamblea Plenaria. Conclusiones, 1995, 59).
El presbítero ama, busca, anuncia y defiende la verdad evangélica. Es interlocutor cualificado de las culturas, con ideas y criterios claros, capaz de discernir la doctrina de la Iglesia dentro del pluralismo de hoy. Reconoce el valor de las realidades humanas y desde el ámbito de la fe, hace vivir a los fieles tales realidades y su propia historia (PO 6).
1.5. Un Obrero de la Iglesia Diocesana.
El mismo Señor llama «obreros» a quienes El envía a trabajar en su viña, para sembrar y construir el Reino entre los hombres (Mt.9,38).
Procuramos que los candidatos al ministerio vayan adquiriendo durante la formación: un profundo sentido de la comunión con el Obispo y el presbiterio. Así mismo, de la colaboración con los laicos (PDV 28). Además, un conocimiento cada vez más profundo de la herencia histórica, de la realidad y problemas de su diócesis; conciencia cada vez más clara de pertenencia a ella; y amor y preocupación por su diócesis, que se expresa en oración constante, trabajo apostólico y formación para el futuro servicio Pastoral (CD 28). En efecto, la Iglesia Particular es la realización concreta de la Iglesia Universal y el contexto vital del ejercicio del ministerio pastoral.
Los carismas y ministerios son dones del Espíritu Santo para la edificación del Cuerpo de Cristo y para el cumplimiento de su acción salvadora en el mundo. La Iglesia, dirigida y guiada por el Espíritu, llama a todos los cristianos a ser activos y corresponsables de la misión que Cristo le ha confiado. Dentro de esta Iglesia ministerial el pastor personifica a Cristo Cabeza, que congrega a los fieles en el Espíritu Santo, por medio del Evangelio y los Sacramentos. Esta es la especificidad de su ministerio en la comunidad eclesial. Por la acción del Espíritu Santo, el ministro ordenado construye la unidad y armoniza las diversas vocaciones, carismas y servicios» (LX AP CEC 1995, 60).
Los religiosos hacen parte de la Iglesia Universal por su inserción en la Iglesia Particular a la cual enriquecen con los carismas específicos y ministerios especializados, con su presencia estimulan a la diócesis a vivir más intensamente su apertura universal (PDV 31).
1.6. Un hombre encarnado en la cultura de su pueblo.
«Puesto que estamos ante una crisis cultural de proporciones insospechadas (JUAN PABLO II, discurso inaugural) en la cual van desapareciendo los valores evangélicos y aún humanos fundamentales, se presenta a la Iglesia un desafío gigantesco para una Nueva Evangelización, al cual se propone responder con el esfuerzo de la inculturación del Evangelio» (Santo Domingo 230; Cfr. LX AP CEC 1995, 63).
Mediante la inculturación se busca que la sociedad descubra el carácter cristiano de los valores de su cultura, los aprecie y los mantenga como tales. Además, intenta la incorporación de valores evangélicos que están ausentes de la cultura, o porque se han oscurecido o porque han llegado a desaparecer (Santo Domingo 230).
La inserción conduce a una encarnación en la cultura, en los valores y en las posibilidades del pueblo, compartiendo las alegrías y las esperanzas, los sufrimientos y las angustias de todos y las expresiones populares de su fe. La participación lleva a asumir los anhelos y problemas, a prestar oído a sus gritos y ser la voz de los más pobres para construir un mundo más justo y más humano.
Sabiendo que «lo que no es asumido no es redimido» (San Ireneo), los candidatos al ministerio deben formarse en este proceso de conocimiento, renovación y transformación de la propia cultura para que el Evangelio penetre los valores y criterios que la inspiran, y logre la conversión de los hombres al amor salvador de Dios (EN 19-20; Puebla 349).
1.7. Defensor de la Vida y promotor de la paz.
La formación de los presbíteros en Colombia se realiza dentro de la característica de los cambios rápidos y profundos de nuestra sociedad y de nuestra Iglesia. En efecto, la situación del País es una interpelación a la comunidad eclesial que exige una respuesta dada de un modo especial por el presbítero, teniendo en cuenta las riquezas y limitaciones de la Iglesia en Colombia.
En su relación con los hombres, el presbítero se sitúa como el hombre de la comunión y del diálogo, con la misión de establecer entre los hombres «relaciones de fraternidad, de servicio, de búsqueda común de la verdad, de promoción de la justicia y la paz» (PDV 18; Cfr. LX AP CEC 1995, 62).
Como expresión de su esencial e irrenunciable dimensión eclesial, es el hombre de la comunión en medio de su pueblo, con exigencia de no ser «arrogante, ni polémico, sino afable, hospitalario, sincero en sus palabras y en su corazón, prudente y discreto, generoso y disponible para el servicio, capaz de ofrecer personalmente y de suscitar en todos relaciones leales y fraternas, dispuesto a comprender, perdonar y consolar» (PDV 43).
En una creciente anticultura de muerte, violencia, terrorismo y drogadicción, el presbítero tiene el ministerio profético de anunciar y promover el respeto a la vida cristiana integral, como parte de la Nueva Evangelización, hasta la búsqueda de la santidad (Santo Domingo 33).
1.8. Evangelizador en una Iglesia misionera.
«Siempre es el único e idéntico Espíritu el que convoca y une la Iglesia y el que la envía a predicar el Evangelio hasta los confines de la tierra... El pastor es evangelizador de una Iglesia misionera porque hace a la Comunidad anunciadora y testigo del Evangelio. El vela para que ella sea servidora y trabaje por la extensión del Reinado de Dios, aún fuera de sus fronteras. Así mismo, contribuye con sus obras y palabras para que en el mundo crezcan la justicia, la fraternidad y la paz» (LX AP CEC 1995, 61).